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La Canica de Borges

Autor:  Marco Antonio Rueda Becerril
             Xalapa – México

 

LA CANICA DE BORGES **

Stephen subió las escaleras malabareando con una pila de libros que cargaba con ambos brazos: eran unos bellos tomos de los ilustradores turcos del siglo XVI, encontrados en la Biblioteca de Babel, así como un par de ediciones especiales de El Jardín de los senderos que se bifurcan, y Pedro Páramo.
Al llegar a la puerta e intentar abrirla, por poco se le caen las preciadas obras. Ya dentro, recorrió la sala e ingresó a una amplia biblioteca. Se dirigió a una gran mesa de caoba primorosamente labrada, en la que descansaban un centenar de libros, de diversos tamaños. Sin darse cuenta pisó algo redondo y trastabilló, cayendo estruendosa e inevitablemente de espaldas, esparciendo su carga como pétalos recién deshojados por el viento.
¡¿Míster Dedalus, qué pasó?!, preguntó una voz asmática, grave y casi inaudible, desde alguna habitación de aquella casa. Sentado sobre el suelo, aún desorientado por el golpe, miró una pequeña esfera de cristal resplandeciente y contestó: ¡pisé una canica y caí!
La delgada y encorvada figura de un anciano se escurrió al gran salón, siguiendo la ruta de los muros y los muebles con sus manos. Caminaba inseguro.
Ordenó con cierta ansiedad: ¿Me podría pasar el objeto con el que resbaló?
El joven se arrastró para coger la luminosa joya, misma que depositó silenciosamente en los largos y huesudos dedos de su interlocutor, quien palpó con delicadeza y amor ese globo sólido y transparente.
Dejando escapar un gran suspiro de alivio, el viejo aseguró: ¡Qué bueno que lo encontró, pensé que lo había perdido!
Dedalus miró intrigado a Jorge Luis Borges y preguntó con azoro: ¿y qué fue lo que encontré, Maestro?
¡El Alpeh, querido Stephen!… ¡El Aleph!, mu

 

*** Nota: En la antigüedad fenicia, el Aleph,era representado por una esfera de cristal,donde confluía el conocimiento,era el vórtice de la sabiduría y de la luz.sitó acariciándolo como si fuese un cachorro desamparado.

Revista Dúnamis   Año 11   Número 19   Octubre 2017
                                   Páginas 3-4

La Partitura Mágica

Autor:  Alexander Anchía Vindas
             San José – Costa Rica

 

La partitura mágica

En el hueco de su guitarra encontró Segis una melodía, la cual comenzó a tocar. Primeramente creyó haber descubierto una super melodía estilo punk, pensó que pegaría un super éxito y que con ello podría cambiarse a un piso que estuviera sin insectos. Cuando su compañero Triclus el tecladista llegó, pensó que la melodía era otra y la interpretó como un rock alternativo que se oyó tan fuerte, que los vecinos llegaron a aplaudirles, faltaba Chilus el baterista de intentar interpretar la melodía, se miraron entre sí y exclamaron: ¿será que si llega y piensa que la partitura es heavy metal sonará mucho mejor?… ¡Esperemos que llegue Chilus! Sonrieron y le esperaron pensando en el éxito que tendrían, para acortar la espera decidieron brindar con una cerveza.

 

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 18  Julio 2017
                                   Página 21

Sin Escape

Autora:  Ana B. Bardales S.
               México D.F. – México

 

 Sin Escape

Era una tarde calurosa. Las hojas de los árboles se movían en armonía con el paso del viento y los sonidos de la selva envolvían todo a su alrededor, de pronto todo se volvió caos, persecución, prisa. Aquel vaivén de pasos que se ralentizaban, que se apresuraban, que se detenían mostraba la lucha de la vida contra la muerte.

El joven guerrero iba tras su rehén con arco y flechas al hombro, y aunque estaba cada vez más exhausto, no dejaba de correr, no debía, pues jamás se había visto que a un gran guerrero de la tribu se le escapara su prisionero. Con la respiración entrecortada y sintiéndose casi desfallecer, vio que el rastro de aquel hombre se perdía tras la cascada, así que se adentró en el túnel creado por la propia naturaleza. Cuando salió de él, se dirigió al búnker que llevaba años abandonado a mitad de la selva. Avanzó con paso firme, a pesar de sentir cierta intranquilidad en el corazón. Preparó su arco y su flecha y pasó al siguiente compartimento, donde apenas unos cuantos rayos de luz permitían ver dónde pisaba, y fue justo en ese momento que él se encontró frente a frente con su enemigo. Sin bajar el arco, sostuvo la mirada en la de aquel desventurado sin prever que en aquellos ojos negros se hallaba el insondable abismo.

   

Revista Dúnamis   Año 11   Número 18   Julio 2017
                                   Página 18

La mujer de los ojos de sapo

Autor:  “Juan Clamor”
             Villa Bisonó – R. Dominicana

 

La mujer de los ojos de sapo

Ante los gritos desesperados del niño, Tatica salió corriendo al patio. Lo ubicó con la mirada y avanzó hacia él brazos abiertos, envolviendo su cuerpecito de cobre en un abrazo maternal con el que procuró consolarlo. Era la segunda vez en menos de quince minutos que los llantos del pequeño la sustraían de sus quehaceres de rutina. El niño continuó llorando sin responder una jota al insistente interrogatorio de la adulta que trataba de indagar el origen de su histeria. Tatica lo llevó al interior de la vivienda. Como no paraba de llorar, le preparó un poco de leche y se la sirvió en biberón. El niño recibió con satisfacción aquella dádiva de consuelo, lo tomó consigo y se trepó en la cama. Allí, mientras chupaba la tetera, se quedó ligeramente dormido.

Oculta detrás de una palmera, en las proximidades de la vivienda, otra mujer había contemplado las escenas de auxilio. Cuando Tatica entró a la casa por segunda vez con el niño entre sus brazos, la forastera abandonó su posición y se acercó a la casa, pero no se atrevió a saludar ni a anunciar de algún modo su presencia. Era la viva imagen del dolor. Lloraba en silencio, como temerosa de ser oída. El ardiente sol de las once calentaba el entorno, provocando un calor insoportable que obligaba a las gallinas a refugiarse gorjeando en los aleros. La mujer buscó refugio bajo un samán plantado en el patio repleto de arbustos y yerbajos y se escondió allí, a esperar. El instinto maternal la dominaba.

Dando por sentado que el niño dormía, Tatica retornó a la cocina para continuar con sus trajines. La cocina era pequeña, con setos de yaguas atadas a las varas por bejucos y flecos de cabuya. Había en su interior una tinaja de barro, una barbacoa sobre la que descansaban los calderos y una despensa repleta de víveres y algunos enseres. En el centro del perímetro estaba el fogón, con patas y soportes de madera y plataforma de barro. Sobre él descansaban tres piedras y encima de ellas una olla de aluminio ennegrecida de hollín en la que hervía, al influjo del fuego generado por la combustión de la leña, una porción de frijoles que Tatica ablandaba para el almuerzo. Tatica la destapó para inspeccionarla y se percató de que era preciso agregarle un poco de agua. Se acercó a la tinaja y extrajo de ésta una porción del referido líquido. Se disponía a verterlo en la olla cuando escuchó de nuevo los gritos del niño. Apremiada de apuro, echó el agua en el recipiente y lo dejó destapado. “¡Qué muchacho este!”, se dijo en voz alta mientras acudía de nuevo en su auxilio. Cuando la sintió acercarse, el niño paró de llorar. Tatica lo arrulló con ternura mientras percibía extinguirse aquel llanto entre suspiros y resuellos emitidos a intervalos irregulares. El niño posó su cabecita sobre el hombro derecho de la mujer y mantuvo cerrados sus ojitos, en una pose serena que denunciaba su profunda satisfacción por la amorosa asistencia de la dama. Era de cuerpo robusto y no más de dieciocho meses de nacido. Eliseo y Tatica lo habían adoptado directamente de manos de su madre, aquella mujer sufrida a quien la naturaleza le había negado uno de los rasgos femeninos más atractivos. Cierto que su fisonomía no tenía nada que envidiar a otra criatura de su género y especie, pero tenía unos ojos grandes y desorbitados que parecían de sapo. Nadie en Aminilla conoció su procedencia ni la identidad del padre del infante. Se presentó una tarde bebé entre brazos, cuando este apenas contaba con algunos días de vida. Lo traía arropado de pies a cabeza, envuelto en un pañal con el que intentaba protegerlo de las inclemencias del ambiente. Se paró frente a la puerta y saludó en tono quedo y melancólico:

—Adelante, señora —la invitó Eliseo—. ¿En qué podemos servirle?
La mujer vaciló unos instantes antes de trasponer el umbral y ocupar el asiento que Eliseo le ofreció. Colocó el bebé en su regazo y le descubrió el rostro brillante y húmedo. El niño dormía. Tatica entró apresurada desde el patio, intrigada por la presencia de los recién llegados, y posó su mirada en el bebé. La observó con ternura, le echó una bendición y preguntó a la extraña:
—¿Cómo se llama?
—Todavía no sé cómo —respondió la madre.

Tatica se sorprendió. Era la primera vez en su vida que tenía ante sí a un ser humano a quien no podía llamar por su nombre, y tuvo la peculiar curiosidad de imaginarse un mundo en donde nadie lo poseía. Se llenó de pánico. —Póngale Ismael —reaccionó con premura, como para escapar de aquel desagradable entorno imaginario. Claudia no objetó la propuesta y desde aquel entonces el niño se llamó Ismael.

Apenas media hora después, Eliseo y Tatica ya habían indagado lo suficiente como para saber que la madre respondía al nombre de Claudia y que había quedado embarazada de su anterior empleador, un comerciante capitalino formalmente casado y con varios hijos, un maniático sexual que la había obligado a acostarse con él en varias ocasiones y la había amenazado con borrarla del mapa en caso de que se atreviera a delatarlo. Les confesó Claudia que ella había decidido huir al interior para salvar su vida y la del hijo aún antes de que éste naciera y que tenía la esperanza de encontrar a quien darlo en adopción y que en eso andaba y que por casualidad y tal vez hasta por obra divina había ido a parar a Aminilla luego de muchos días de andar errante. Después de escuchar la triste historia, Eliseo y Tatica se miraron mutuamente como en una especie de concertación. Después Eliseo dijo a la extraña:

—Si usted así lo dispone, Claudia, nosotros nos quedamos con el niño; pero con dos condiciones.
Intrigada, Claudia se expresó:
—Díganmelas de una vez, por favor.
—La primera es que debe ser con papeles; quisiéramos evitar posibles inconvenientes en el futuro.
—Comprendo —le dijo—. ¿Y cuál es la segunda?
—Que desaparezca usted y no vuelva más por aquí. El niño jamás debería saber que su verdadera madre es otra y vive.

Claudia no dijo nada. Una ola de sentimientos confusos y contradictorios se elevó desde lo más recóndito de su ser para hacerla sentir la más miserable de todas las madres. En esa impetuosa ola se mezclaba la alegría de poder hallar un hogar para el pequeño con la pena de saberse eventualmente despojada del fruto de su vientre. Ensimismada, atrapada entre ambos sentimientos, permaneció callada por buen rato, imaginando cosas amargas. Eliseo y Tatica la miraban con expectación mientras esperaban su respuesta. Ambos cónyuges llevaban más de siete años juntos. Ansiaban tener un hijo que Dios no le había dado el privilegio de engendrar al hombre ni de concebir a la mujer. Tatica incluso tenía reservado aquel nombre, Ismael, para un eventual fruto masculino de sus entrañas mucho antes de que ella y Eliseo se casaran. De pronto se incorporó Claudia. Había en su cara un aire inconfundible de resolución. Levantó en brazos al infante y lo extendió hacia Tatica mientras decía:

—Tómelo, es suyo.
—No —exclamó Eliseo—. No es así de fácil. Tenemos que hablar con el encargado de la fiscalía. Usted tiene que firmarnos los papeles.
—No importa, don; haré lo que ustedes me pidan con tal de que el niño tenga un hogar.
Y salieron…

Después de casi dos horas de espera consiguieron entrar a la oficina del funcionario, hombre maduro y regordete, con la frente amplia y un brillo estupendo en el cráneo despojado por completo de cabellos. Los recibió con gentileza, les explicó los requisitos legales, que figuraban explícitos en una hoja de papel de oficio escrita a máquina por ambos lados, y los invitó a pasar a una oficina contigua en donde el juez y el abogado de oficio, en audiencia breve, con no más formalidades que la lectura del documento, la toma del juramento y las respuestas positivas de las partes, dieron paso a la firma del acuerdo que dejaba sin hijo a Claudia y con uno como caído del cielo a la pareja.

Cuando abandonaron la fiscalía Claudia dio al hijo su último adiós con un tierno beso en la frente y de sus ojos brotaron lágrimas que humedecieron la mejilla izquierda del infante. Después dio media vuelta y se marchó sin despedirse de los adultos. A sus espaldas dejaba una estela opresiva de llanto sin consuelo, y Tatica no pudo evitar expresarle su solidaridad con un poco del suyo.

Fue así como Ismael pasó a formar parte integrante de aquella familia de apenas tres miembros. La mañana en que él lloró de miedo en tres ocasiones, Eliseo estaba ausente. Había salido temprano a sus labores de rigor. Tatica repartía su tiempo entre los preparativos para el almuerzo, la atención a los demás quehaceres del hogar y el cuidado del hijo adoptivo. Volvió a entrar a la vivienda, tomó a Ismael entre sus brazos, se sentó en una de las mecedoras de la sala y empezó a mecerlo, dándole palmaditas en los glúteos. En escasos minutos Ismael quedó plenamente dormido. Entonces Tatica se paró del asiento para ir a acostarlo y, por puro hábito, tiró la mirada hacia afuera por la puerta lateral que daba al patio. Allá, por la vuelta del camino, alcanzó a ver al esposo haciendo ademanes, como conversando con alguien. La curiosidad la indujo a acostar al niño tan pronto como pudo. Necesitaba averiguar con quién conversaba su marido. Salió del dormitorio, se paró en medio de la sala, lanzó otra vez la vista hacia afuera.

Una mujer se perdía entre los matojos que camuflaban el camino.
Eliseo entró con disimulo, procurando no exhibir el desconcierto que lo embargaba. Se notaba agobiado. Tatica lo abordó resuelta y sin rodeos:
—¿Con quién hablabas allá afuera?
—Con nadie.
—¡No me mientas! Vi perfectamente que hablabas con una mujer.
Elíseo inclinó a tierra la cabeza. Estaba acorralado. Comprendió que le sería imposible negar lo sucedido. Exhaló un suspiro, y dijo:
—Era ella.
—¿Quien?
—La mujer de los ojos de sapo.
Tatica lo miró con visos de asombro y luego, con voz firme, cual jefe que emite ante subalterno una explícita orden, le espetó:
—Vete a alcanzarla. Dile que no se atreva a entrar de nuevo a nuestro patio. Háblale claro, Eliseo. Dile que recuerde y respete el trato que hicimos.
Elíseo obedeció como mero soldado. Alcanzó a Claudia más allá del primer recodo. La encontró arrimada al tronco de un árbol, con sus grandes y desorbitados ojos repletos de angustia. Ya junto a ella no encontraba cómo decirle. Claudia lo observó con mirada de cachorro asustado. Eliseo introdujo sus manos en los bolsillos delanteros del pantalón, sacó de ellos unas pocas monedas y, mostrándolas a la mujer, le dijo:
—Tómelas, son para usted. Y no vuelva más por aquí, por favor. Recuerde que hemos hecho un trato.
—No señor, muchas gracias —objetó la mujer—. Y, por favor, perdóneme. Yo solo quería ver a mi hijo aunque fuese una vez más en mi vida.
Y, dando la espalda, continuó el trayecto rumbo a las afueras del poblado. Caminaba despacio, como buey cansado, arrastrando su inusitada carga de dolor. Se perdía ya en el siguiente recodo del camino cuando sonó la voz de Tatica:
—¡Oiga, no vuelva a asustar al muchacho porque si vuelve la mataré!
Pero Claudia no la oía, la ensordecía el dolor.

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 18   Julio 2017
                                   Páginas 10-15

¡Denso, muy denso!

Autor:  Rubem Leite
             Belo Horizonte – Brasil

 

¡DENSO, MUY DENSO!

 

“El timbre seguía sonando, el enmascarado no salía e yo desnudo, dentro de casa, lívido de miedo, sin saber qué hacer. Me acordé de que en la cocina había un machete. Abrí la puerta empuñando de forma amenazadora el cuchillo, pero era una monja vieja quién estaba allí de piel, con aquella cosa negra que ellas usan en la cabeza”.
(FONSECA, 1989).

 

La tarde está nublada, abochornada, cargada de relámpagos. La ventana está inquieta. El tiempo y la ventana están meramente reflejando a Miranda. La cerveza se acabó, las palomitas de maíz se acabaron, el tabaco se acabó, la película se acabó. Solo le resta dormir para no ver el paso del tiempo. Se acuesta como está, sin los calzoncillos sucios que se había quitado para lavar y que se quedaron esperándole todo lo día en lavabo del baño. Cierra los ojos, su ronquido ronronea y suena el timbre. El hombre lo ignora. Suena otra vez. Se gira a la derecha. Suena una vez más. Abre los ojos. ¡Suena! ¡Se levanta! Abre la puerta. Una vieja monja enseña los ojos, mira al medio-blando-medio-duro de quien acaba de levantarse de la cama, se atraganta, grita y se precipita por el pasillo. Debido al desánimo no sonríe ni se molesta. Va a la nevera y sigue vacía. Vuelve a su cama, cierra los ojos, su ronquido ronronea y suena el timbre. Suena otra vez. Se gira a la izquierda. Suena una vez más. Abre los ojos. ¡Suena! ¡Se levanta! Abre la puerta. Marisa, su vecina, enseña los ojos, mira al medio-blando-medio-duro, se atraganta, sonríe y adentra. Lo que viene a continuación no es difícil de imaginar. Lo que viene después lo digo yo. Ella duerme fatigada, acalorada, sin fuerzas, desgastada, pero sonriendo. Miranda se levanta, va a la cocina y vuelve con su cuchillo de placer. Finalmente el ánimo y, con él, el tener que hacer. ¡Y lo hace! Suena el timbre. Lo ignora. Suena otra vez. Levanta la cabeza. Suena otra vez. Se vuelve hacia el sonido. Suena una vez más. Se lava las manos. ¡Suena! Abre la puerta. De una acusación de exposición indecente a un flagrante de asesinato. Un año después el primer juicio.
¡Me despierto! El día no pasa, me acuesto y me duermo.
La tarde está nublada, abochornada, con pocos relámpagos. La ventana golpea, se abre, golpea. Las dos reflejan su estado de ánimo. No hay nada en la nevera, en los armarios. Duerme para no notar el paso del tiempo. Se acuesta de la misma manera que estuvo durante el día: sucio y desnudo. Cierra los ojos, ronca y suena el timbre. El hombre lo ignora. Suena otra vez. Se gira a la derecha. Suena una vez más. Abre sus ojos. ¡Suena! ¡Se levanta! Abre la puerta. Dueña Muerte, personaje de Mauricio de Souza¹, enseña sus ojos, mira al medio-blando-medio-duro de quién acaba de levantarse de la cama, se atraganta, grita y se precipita por el pasillo. Cierra la puerta y va a la nevera vacía. Entonces vuelve a su cama, cierra los ojos, ronca y suena el timbre. Lo ignora. Suena otra vez. Se gira a la izquierda. Suena una vez más. Abre los ojos. ¡Suena! ¡Se levanta! Abre la puerta. Marisa, la vecina, enseña los ojos, mira al medio-blando-medio-duro, se atraganta, sonríe y entra. Lo que viene después ya lo sabes, incluso su muerte. Mientras ella dormía, tomó su cuchillo, la mató y la descuartizó alegremente con su cuchillo de placer. Suena el timbre. ¡Lo ignora! Suena otra vez. Levanta la cabeza. Suena otra vez. Se vuelve hacía al sonido. Suena una vez más. Se lava las manos. ¡Suena! Abre la puerta. De una acusación de exposición indecente a flagrante por asesinato. Dos años después otro juicio.

¡Me despierto! El día no pasa, me acuesto y me duermo.
La tarde… La ventana… Su estado de ánimo. Todo se acabó. No hay nada. Duerme para no ver el paso del tiempo. Suena el timbre. Se levanta. Abre la puerta. El negro de toga le recuerda a Batman casi haciéndole sonreír. El Desembargador Joaquim Barbosa² enseña los ojos, mira al medio-blando-medio-duro de quién acaba de levantarse de la cama, se atraganta, grita y sale precipitado por el pasillo. Regresa a la cama. El timbre. Marisa enseña los ojos, mira al medio-blando-medio-duro, se atraganta, sonríe, adentra, goza, muere. Suena el timbre. De una acusación de exposición indecente a un flagrante de asesinato. Largo tiempo después el tan esperado juicio.
¡Entonces me despierto! El día no pasa, me acuesto y me duermo.
La tarde… La ventana… El estado de ánimo… ¡La muerte!

Versión castellana de la obra en portugués “Do Pudor ao Flagrante”, de Rubem Leite. 
Revisión de Lilian Ferreira 

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 18   Julio 2017
                                   Páginas 5-7

Luna Sangrante

Autor:  Emanuel Silva Bringas
             Lima – Perú

 

LUNA SANGRANTE

 

    Azorado y confundido, viendo todas sus esperanzas de repentino aplastadas, supo que su fin le había llegado. Jactanciosa su Reina, encumbrada en medio del corro, decretaba su sentencia. No, jamás se le acusó de crimen alguno, jamás se le encontró culpable de nada. Tan solo, y sin anticipo alguno de nada, lo arrastraron hasta allí, para que la Reina le pronuncie el decreto mediante el cual quedaba del todo desterrado. Echarlo al bosque aquel, era igual que lanzarlo al olvido. Ese lugar tan tétrico del cual, si algún prodigio lograba traer a alguno de vuelta, jamás lo hacía en sus cabales. Nadie volvió a saber de él, en pocas semanas se esfumó del todo la memoria de su nombre, muchas lunas trascurrieron, y jamás el corazón de aquella reina sintió el más mínimo remordimiento por lo acontecido en aquel día.

    Pero no fue lo perpetrado por la Reina lo más inusitado que llegó a ver aquella próspera comarca. Una noche, de aquellas con máximo esplendor lunar, todo en el horizonte se llenó de una marcha solemne. No eran trompetas como se hacía cuando ella salía por las calles, eran ululatos para muchos desconocidos. Un sonido que causó una confusa histeria entre la mayoría. La realeza, no obstante, bien sabía de dónde procedían tales sonidos, y no se sabría decir cual desconcierto era mayor: si el de aquellos cuya zozobra residía en lo ignoto, o el de aquellos que jamás habían oído llevando compás y solemne ritmo, algo tan salvaje como los tales alaridos.

    La plaza principal atestiguó, siendo que por curiosos o medrosos todos estaban fuera de sus aposentos, la llegada de un galante caballero, gracia y garbo desbordando. Un traje de sastre, magistral corte y confección, tela tan fina como nadie conocía, de un negro azabache acariciado por la luz de la luna. En su siniestra portaba un gran anillo, cuyo lujo se confundía con la majestuosa cabeza de su bastón, la cual conferíale apariencia de cetro. Su sombrero de copa era algo alto e impedía mirarle de lejos a los ojos, fue para todos perplejidad. Difícil decir qué cautivaba más su vista, si la finura del traje, o del aun más delicado pelaje que cubríale por debajo.

    Con tremenda soltura, aquel personaje se trepó a lo alto de la suntuosa pileta sin mojarse, y desde allí quitándose el sombrero, hizo a todos una venia. Vieron entonces por unos instantes la plenitud de su rostro: ojos, puntiagudas orejas y hocico, con el cual también empezó a enunciar, con una voz tan grácil que el más elocuente orador envidiaría, y dejando entrever el brillo del marfil en sus fauces:

    – Palma pesada es la gloria regia.
     ¡Ay de aquel!
     que sus caprichos no quiera ovacionar.
     Allá afuera el olvido es eterno.
     Rige todo el frío y la hostilidad.
     Nada importan la probidad de tus hechos
     ni la más acérrima integridad
     acumulada en el alma.
     En esta comarca nada rige
     sino tan solo el antojo,
     veleidad de corazón.

    Y así, en tanto estaban todos atónitos, todas sus bestias se habían desplegado por el lugar, escrudiñando muy de cerca a todos los villanos, mas sin llegar hasta al cortejo. Ella oteaba de lejos, aún sin dar crédito a sus ojos y oídos, preguntándose si acaso esa insólita y extravagante criatura sería el infeliz aquel del cual se cansó, como de tantos otros, mostrándose a la postre indómito ante sus designios. Después de haber sido contemplado largo rato en tensión incierta, proclamó:

    – ¡Vedme aquí!
     Al cual lanzaron cual bazofia
     ¡A mí! que hicieron morar en las sombras
     Mirad lo que el Bosque me ha hecho
     ¡Vedme aquí!
     El olvido no me ha vencido
     De su inclemencia y abuso
     he conseguido retornar.
     Demando ahora justicia
     Traed ante mí su corona
     Atadla de pies y manos
     Dejad indefensa su vida ante mis zarpas
     Ponedme a la inconmovible por pedestal.

    En estupor petrificados continuaron. La Reina no obstante, reaccionó de súbito, ordenando su presta huída. Entonces él se mostró ante todos boqui… con el hocico abierto, como si no esperase lo sucedido. Acto seguido olvidó a los mirones en derredor y danzando presumido por todo el borde de la pileta, empezó a cantar melodías primaverales. Conforme su canto se desplegaba, detrás, apenas perceptible, se desataban las estrepitosas estridencias del juicio. Feraces criaturas, alaridos de terror, colmillos que no se ablandaban ni ante el gimoteo más suplicante y lastimero. A mayor desborde de sangre, más coqueto su contorneo, y con mayor elegancia y rapidez bamboleaba su cola. En medio del crescendo alzó su nariz, captó un vaho a la distancia. Sí, el humor de hombres contra hombres. Unos cuantos villanos escaparon y echándose furiosos sobre el cortejo, intentaban derribar las andas. Sabiendo que ella podía ver ya su hora llegar sobre sí, extasiado, no pudo contener su nota más salvaje, una vez más todo se detuvo por completo, bestias y hombres; se alzó rayente hasta el cielo, irrumpiendo hasta el último rincón de cada casa, retumbando en la médula de cada corazón, hombres y bestias, su más gutural y luengo aullido.

   Llegado lo más oscuro de la noche, él no estaba más en la pileta. La trajeron ante su presencia, sujetándola por los brazos. O habían olvidado sus especificaciones, o nadie consiguió amarras. Su cabeza gacha empero, daba cuenta de que su peso reposaba sobre su cerviz cual cepo. Y así, como si de cierto hubiese un yugo macizo sobre ella, con abrumador esfuerzo alzó su rostro, apenas lo suficiente para mirarle con un solo ojo. Se bajó del trono sobre el cual estaba parado, se agachó acercando su húmeda nariz a la suya, para escuchar de inmediato la pregunta, débil como un suspiro:

     – ¿Eres tú, Rico?
   Soltó una risilla condescendiente, puso a volar su sombrero, despojose de sus finas telas, dejándolas caer dobladas sobre sus edecanes. Con una reverencia ofreciole, su bastón.
     – Contempla pues el fruto de tu infame tropelía. Yo, lealtad eterna para ti, hasta que sin razón me entregaste al olvido.

    Con un grácil brinco volvió a treparse al regio asiento, y con brazos extendidos y blanca lumbre en derredor, triunfante proclamó:

       – Luna Sangrante
        para siempre memorada
        me arrojaron a los lobos, cual maleante
        y hoy por ti volví, liderando la manada.

   Múltiples aullidos prorrumpieron, ovación saturando la sala, bestial jolgorio. Acercó a ella ávido sus nacaradas fauces; devoró sus carnes por completo.

              

Revista Dúnamis   Año 11   Número 17   Mayo 2017
                                   Páginas 28-31

Flor Amarilla

Autora:  Gina Barrios M.
               Ciudad de Guatemala – Guatemala

 

 

Flor amarilla

Es que me encanta tomar flores casi al azar, mientras salgo a caminar por los mismos lugares. Pretendiendo quizás en dejar a la suerte si el chico a quien quiero me quiere. Le arranco los pétalos a las mismas flores, pensando que el último que me quedé en la mano, sea de un destino que me favorezca. No importa que tanto camine, ni cuantas flores deshoje, el resultado es el mismo. Tan fácil como hacer que las flores no sufran una diminuta tortura, tan simple como simular que domino las matemáticas. A veces me pregunto que si yo pudiera contar muy bien mentalmente, podría deducir el resultado final, sin tener que quitarle los pétalos a las pobres flores. Son las mismas flores con la misma cantidad de pétalos, en espera de encontrar una que tenga más o menos. Pero es así que entonces, me dejo llevar por la simulada sorpresa que la respuesta final es “no me quiere”. 

 

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 17   Mayo 2017
                                   Página 27

Súbdito de la Libertad

Autor:  Francisco T. González Cabañas
             Corrientes – Argentina

 

 

Súbdito de la Libertad

 

Detesto saber que todo tiene que tener una explicación. Aborrezco de tal indagación permanente que hacemos de la realidad y que nos hacemos de nosotros mismos. Claudio se despidió con tal frase que me condujo a extraer una serie de conclusiones.

Soberbia de por medio me puse a pensar, puesto que no soy muy afín a la actividad reflexiva que no solo no retribuye grandes beneficios además es agotadora. Con los textos de la universidad tengo suficiente lectura, por algo nos lo dan los profesores con experiencia y trayectoria. Claudio sin embargo prefiere manejarse con libertad, diría anarquía, él escoge por su cuenta los libros y los analiza sin prerrogativas ajenas, en realidad debe ser un profundo temor a verse puesto a prueba en un examen, un mecanismo de defensa infantil y mañoso por un excesivo miedo al fracaso.

Mi novia suele absorberme bastante, de todas maneras es inconmensurable la alegría que me abraza cada vez que nos vemos. Claudio sin embargo habla acerca de la ilusión del amor, cree que en verdad que la mente inventa artilugios como perpetuar el instante físico del orgasmo, manifiesta su duda ante la posibilidad de conocer a alguien por el sólo hecho de ser como es, sin parámetros sociales, económicos, ideológicos y sin las trabas inoportunas de la vestimenta, de los lugares que uno frecuenta para divertirse y hasta de la edad.

Mis amigos hablan mucho de fútbol, pero no hay nada como juntarse un día a la semana, comer una pizza y sentirse acompañado y protegido por un grupo de muchachos con preocupaciones y vidas semejantes. Claudio, sin embargo utiliza el término utilitarismo, está convencido que todos actuamos socialmente movilizados por algún tipo de interés de alguna índole, que en determinados momentos nos ponen bajo el manto protector de algún objetivo en común.

Yo voté en las últimas elecciones, sé que hoy por hoy que las cosas no funcionan muy bien, considero de todas maneras que la única solución es continuar depositando la confianza en las personas que más conocen del tema. Claudio habla de constituir un nuevo orden, puesto que a este, según él ya lo estamos enterrando. Cree que en verdad las superestructuras del poder se ríen de la democracia y que hasta un acérrimo opositor luego de un tiempo se puede transformar en un valiente oficialista. En mis ratos libres suelo mirar televisión o escuchar radio, no hay demasiadas cosas interesantes, pero siempre me cuelgo con alguno que me termina gustando. Claudio no tiene televisión, según él los medios son grandes grupos monopólicos que nos ofrecen una supuesta libertad de elección, pero que en realidad ocultan una pérfida estrategia para instalar tendencias ideológicas.

Los domingos concurro a la iglesia, escucho al padre, mucho no entiendo pero igual considero que algo tan maravilloso y tan inabordable como el mundo y el cosmos sólo pudo haber sido creado por algún Dios. Claudio sin embargo, cree que la iglesia es un factor de poder, cuenta de algunos papas que realizaban orgías, de otros que dependían a genocidas y en cuanto a Dios, según él, para su explicación del mundo no necesita de tal hipótesis, dado que los que así lo hacemos carecemos de capacidad y de valor para afrontarnos a la nada del más allá.

Siempre al mediodía almuerzo con mi familia, a veces discutimos pero nada es más gratificante que el calor de los consanguíneos. Claudio, sin embargo considera que la familia es una mera institución familiar construida para fortalecer un sistema de vida y habla de padres golpeadores, de madres alcohólicas y de interminables tragedias exclusivas del yugo familiar.

Cada uno hace lo que quiere de su vida. Pero me parece que eso de no ir a la facultad, es en realidad un miedo a exponerse, un terror a ser juzgado una actitud propia de cagones. Lo de no creer en el amor, debe esconder algún tipo de perversión sexual, quizá sea homosexual o misógino y tenga vergüenza de decirlo abiertamente. Lo de no tener amigos me parece sumamente egoísta, soberbio y hasta asqueroso. No puede ser que no deposite su confianza en personas con quien comparta cosas. Siempre dudé de su simpatía con el fascismo, aunque también crítica al orden, a la violencia y no cree en ninguna patria, zurdo no puede ser, seguramente hable de cambiar las cosas para tomar una actitud rebelde, propia de los desenfrenos de la juventud. Eso de no creer en los medios puedo llegar a entender, claro que con tantas cosas que de él escuché, estoy llegando a pensar que es en realidad una marcada acentuación de una gran paranoia.

Lo  de la iglesia….y si todos cometemos errores, pero no para generalizar y rechazar a Dios. Yo no creo en el por temor, jamás lo vi, ni lo sentí, pero cuando pienso en lo muerte se me hace la imagen de un ser bondadoso. Bueno y la coronación es el tema de la familia, que puedo decir al respecto, en fin.

Claudio es para tenerlo un rato y reírse de sus planteos alocados, todo bien. Sin embargo hay algo que me molesta de él, una tontería quizá. Siempre sabe a qué hora encontrarme cuando llama por teléfono, conoce todos los lugares que frecuento, la gente con la cual me rodeo, hasta casi adivina lo que comemos en los almuerzos familiares, y lo que el padre va a decir en su sermón.

No sé no lo veo mucho, pero lo siento, como un vigía que predice mis movimientos, como un observador permanente.

Yo en cambio no sé ni cuando duerme, ni con quien está, ni sí llora, ni lo que come, ni sé si se baña, ni en realidad cuanto lee y en qué momento, y hasta a veces por tantos misterios no sé si existe.

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 17   Mayo 2017
                                   Páginas 23-25

Las Voces

Autor:  Victor Liberato
             Sta. Cruz de Mao – R. Dominicana

 

LAS VOCES

      Muertos en la tierra todos ascendimos a lo que creímos era el cielo. Éramos espíritus. Vi gente que pensé no debería estar acá, pero si estábamos juntos. Hombres y mujeres, ancianos y niños. El lugar era inmenso y limpio. Parados en silencio ninguno hablaba con el que estaba a su lado. Una voz femenina decía un nombre y el afortunado levantaba su mano derecha y subía hasta perderse de nuestra vista. No sé decir a qué otro lugar. Aplaudíamos pero no se hacía ruido. Todos teníamos (eso pensé yo) el dibujo de una pequeña espada en la mano derecha. Vi como ascendió cada uno cuando la voz pronunciaba su nombre. Me quedé solo y asustado. Miré a todos lados y ya nadie más estaba. De repente sentí calor en mi espalda. Cuando di la vuelta encontré dos figuras: la de la izquierda llevaba una espada roja y el de la derecha un garrote. Sus ojos eran oscuros y sus bocas estaban sin dientes. Movían sus asquerosas lenguas, no como cuando comemos algo sabroso más bien como cuando sentimos el placer de una maldad. Sus cuerpos calientes hedían a carne podrida. El más fuerte y perverso dijo — éste tonto está tatuado en su antebrazo y no recibió la marca del ascenso.

     El otro movía con ansias la espada. Yo no podía hablar y fue cuando recordé aquella vieja advertencia en el libro de levítico: y no deben ponerse marcas de tatuaje. A pesar de no tener cuerpo sentí el hierro enterrarse en mi estómago y el garrotazo en mi cabeza. Entonces la oscuridad me arropó.

                                

Revista Dúnamis   Año 11   Número 17   Mayo 2017
                                   Página 21

Cuando el viento te habla

Autora:  Ana B. Bardales S.
               México D.F. – México

 

Cuando el viento te habla

Estaba allí parado en medio de la calle desértica. Era él ante sí mismo, sin alguien que le estorbara en el camino o le hiciera moverse. De pronto, el viento le habló, muy quedo, en el oído y sus palabras le traspasaron el alma. Sí, era un ser despreciable, y él lo sabía muy bien. Cuando se inició en esa vida de odio y maldad, nunca pensó que podría llegar tan lejos, sobrevivir al propio repudio, pero habían ya pasado veinte años y al parecer lo había logrado. Para ese entonces, habría matado a más de cincuenta a sangre fría y de frente, porque eso sí, ser cobarde no era propio de él. Además de que prefería ver los rostros de sus víctimas mientras morían. Ah, pero esas personas a quienes entregaba a la muerte no eran cualquier persona. Él jamás habría matado a un niño, por ejemplo, porque en ellos sólo se podía hallar pureza y bondad. No, matar porque sí no era su estilo. Él sólo mataba cuando sus víctimas eran vivos que llevaban la señal de la muerte, cuando eran asesinos como él, cuando sus corazones se habían podrido en medio de actos viles contra inocentes. A esos era a quienes él atacaba con su más profundo sentido de justicia, a esos que no merecían ni una lágrima ni el perdón. Él tenía muy presente que algún día sería su turno, que la vida le reclamaría tantas muertes y que cuando eso pasara él lo arrostraría sin miedo, con la impavidez que lo caracterizaba. Qué más podía hacer, era su destino, era el destino de todos aquellos que se dejaban envolver en el manto de la oscuridad, de los que tomaban la decisión de ser perversos hasta tocar fondo y conocer su lado más oscuro, la cara que no se muestra al mundo a menos que algo nos arroje a ello, a menos que pidamos justicia y no la obtengamos y tengamos que ir tras ella con nuestras propias manos… Sí, ese hombre envejecido y corrompido era él, el que se había quedado sin una pizca de misericordia y que había vendido su alma pura a cambio de venganza. Su pasado lo seguiría adondequiera que fuera, la sangre en sus manos jamás se borraría, porque había traspasado los poros de su piel y se había metido muy hondo en él. Ahora él era un asesino más, un hombre lleno de rencor y de furia, un ser vengativo viviendo por y para la venganza, un muerto en vida que temía cada vez más de sí mismo, que no encontraba paz en ningún lado, que huía siempre de él mismo y siempre se encontraba frente a sí, mirándose fijamente a los ojos sin reconocerse en ese cuerpo, en ese rostro, en esa mirada… De nuevo estaba frente a frente, ante su propio yo, en esa calle desértica donde el viento habla en voz baja mientras la Muerte se va acercando lentamente hasta quedar a unos centímetros de su víctima y dar el golpe final, porque Ella como él nunca deja de ser un asesino.

   

Revista Dúnamis   Año 11   Número 17   Mayo 2017
                                   Páginas 19-20