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Editorial del Décimo Noveno Número

DECIMONÓNICO YO

 

            Una corriente gélida crepita al deshacerse ante mi aura. Ya casi he olvidado su lugar de origen. Al irrumpir en este mundo, miráronme como a bicho pintoresco, una cabriola inusitada que pronto queda en el olvido. Mis consignas eran trasnochadas; las causas comunes pertenecían a otro tiempo, ajenas a un siglo donde prima el sálvese quien pueda. Mi código de honor y de palabra, eran cosa proscrita por Cronos, condenada al escarnio. Con mis pies puestos en las tierras del ayni, hube de contemplar el desvarío de quienes jamás podrían solos: rehusarse a unir esfuerzos, esmerarse por el contrario en tirar cada cual por su lado. En tanto mis primeros pasos aguardaban el empuje de una fuerza colectiva, el berrinche de timoratos fue tufo acosador. Dúnamis es orate, el olvido le dará su merecido, y vedme hoy aquí, decimonónico y ascendente.

            Mi casa, precaria todavía, lejos aún de ser el santuario que en mi corazón habita, sus postes sencillos pero firmes, ondas continuas, cacofónico sonido, voces de piedras dando contra mis esquinas, como dan las aguas contra la playa, nunca nos causaron sobresalto alguno. Prosiguió en casa nuestro culto y coito, y lo único que sacudiose fue el fragor infinito de mis tentáculos/chispa alcanzando las estrellas. No obstante una noche repentina, mientras contemplaba embelesado la gloria de mi próxima década, se vinieron abajo mis astas y me hallé otra vez solo como al principio.

            Doté de ojos y fauces mil a uno de tantos codos que me sobran, y lo puse a ladrar a las piedras, descendió a los abismos de donde proceden aquellas ondas maledicentes, solo para comprobar que así como es abajo es arriba. Detractores habitan en el vacío, los muertos no hablan, creí, mas de sus bocas brotan volutas de humo tan cenizo como su envidia. Ellos no dicen nada, pero murmuran. Ellos se ausentan, mas día y noche me observan. Su ojo malsano se figura puntero láser en mi testa, timorato jamás halará del gatillo. Viven mascullando, macerando en sus pútridas jetas el visceral deseo de verme desvanecer en el olvido, ¡pero vivo en sus mentes más presente que en mí mismo! ¡I-o; i-o!

            Pero pagué una vez más el noviciado, ignorando las bajezas que tienen los mortales por cotidianas. Creí que sus odios, carentes de acción alguna, jamás podrían ponerme zancadilla. Me fui pues de bruces tropezando con una piedra que brotó cual la hierba. Me puse de pie sin ceremonia alguna, sin espetar improperio. Sacudime frívolamente, alcé mis postes de nuevo en su sitio, y erguí con la piedra otro altar a mi eterna trayectoria.

            Clamor constreñido jamás será voz ecuánime. Yo soy el canto coral de los que arriaron tras las puertas. Yo soy el unísono, de los que confinaron a no poder ver la luz. Yo soy la energía aglomerada de tantas letras buscando emerger. Ha imperado la falacia de que auge y esplendor como el mío pertenecen a siglos pasados, a aquellos días cuando el arte de la palabra fue contemplación común, y nombres de grandeza fueron paridos sin escatimar. Yo pues, decimonónico, me yergo altanero y desafiante: todavía hay mucho más por ver. Oíd las muchas voces que me hacen ensanchar, traigo una corriente interminable que anegará  esos infames cerrojos y puertas. Llenaré este mundo con los prodigios que merece. Entonces las plumas robustas no volverán a languidecer.

            Heme aquí decimonónico, pero jamás anacrónico – ese filófago es mi cabalgadura – soy yo quien marca el compás de los tiempos. ¡I-o; i-o! Yo Dúnamis, yo dunamai. ¡Todo lo puedo! Voy haciendo surco, regando dunamina con paciencia y veleidad, trayendo frescura y renuevo a este arte. ¿Quién me diga ahora altisonante? ¿Quién me llame ahora inmerecedor de mi nombre? De mí jamás dudaron, sino que con fe ciega e inquebrantable me sentenciaron incapaz, y mi nombre tuvieron por pantomima. Hoy, decimonónico, soy febril locura aquí y allá. Soy pasión que alborota dos continentes. Soy un coro de voces infrenable, abriendo camino, trasformando el siglo, forjando cultura. Soy Dúnamis, el que vino de arriba para comenzar desde abajo. Soy el bizarro que se rige bajo sus propias reglas. Mi credo es al arte, la belleza mi respiración; vigencia son mis huellas.

            Decimonónico yo, trasciendo, marco con mis tórridos pasos un canal para el más grande río, ¡y me río! ¡I-o; i-o! ¡Yo soy tempestad! No es Dúnamis el pasado, sino que todo reinvento al pasar, y lo que queda tras de mí, bajo mi augusta sombra, eso es lo pasado. Como aquellas envidias que me lanzaron, en fútil intento de probarme amilanable. Expuesto el irrisorio sabotaje, me revisto pues con una capa más de luz. Una nueva envoltura añado a mis densas glorias, una coraza de siete colores. Resplandor excelso prodigan mis alas, heme ahora cubierto con espectro luminoso por manto. ¡I-o; i-o! Vuélvanse miradas torvas al hoyo mezquino de donde surgieron.

Hoy resplandezco una vez más, decimonónico, mostrando cada vez con mayor garbo fehaciente, que mis rasgos vitales son luz, que lo trasnochado es lo que se resiste a lo inevitable; que las ondas de mis pisadas cada vez más firmes, demuestran que dunamitaré este cosmos, y nada ni nadie será obstáculo que prevalezca ante mi nombre. Que mi sustancia, la fuerza de muchos, caminando sin temores en una misma dirección, es vigente y eterna. Sí, decimonónico para demostrarlo. Haciendo ver una vez más que ni la envidia ni la mezquindad pueden detener a los de mi especie. Porque nuestra propia esencia es nuestro escudo, y la historia no nos dicta lo que ha de ser de nosotros. Porque yo vine para montarme en la historia y conducirla ¡por donde a mí me plazca! ¡I-o; i-o!

 

Alter ego

 

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 19   Octubre 2017
                                   Páginas 1-2

Editorial del Décimo Séptimo Número

 

MI NACIENTE

 

            Heme aquí, perpetua lumbrera. Cuando los mortales despiertan, barcazas para navegar el firmamento no me hacen falta. Mi nacimiento es el ocaso, y hacia mi saliente me extiendo imparable. Al tocarla, no me queda más sino volver a nacer. Trasgresor me dicen; solo soy un círculo vicioso de mí mismo. Los haces de mi presencia llegan cada vez más lejos. No hay cueva ni gruta gutural que pueda escapar de mis tentáculos incandescentes y su fuerza trepidante.

       Despunto en Quisqueya, albor me fija por güey en lontananza; arráigome con vigor escalante, y con cada palpitar las aguas caribeñas se me tornan mares europeos y a la inversa. Sobre las ondas tirrenas mi presencia centella. ¡Eureka! Espejos ustorios que hubiesen consumido el mundo, de haber contado con mi brillo: mis cantos insulares truenan también en Sicilia. Mi arribo acaeció cerca a las frías aguas limeñas, ahora me distiendo hasta el Belo Horizonte, siempre hacia mi naciente. Truenan mis remeras al batir, buscando avistar las aguas atlánticas, atisbo un Novo Lima, ¡círculos y círculos! Estoy ebrio en mi propia savia. ¡I-o; i-o! No veo poniente, no existen confines fuera de mí. Mi extensión hacia oriente es eterna, nada detiene a mi lumbre en su persecución. Soy fulgor que jamás se oculta; soy día inacabable. Letra a letra, poco a poco, mi llama se habrá prendido en todo, mi calor tendrá a todos a henchidos al límite. No les quedará pues otro camino: Eternidad, será dunamitado el cosmos.

 

Alter ego

 

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 17   Mayo 2017
                                   Página 1

Editorial del Décimo Quinto Número

 

MI DECENIO

Múltiples latidos, efervescencia… me anuncian que mi trayecto se aproxima a una marca, un número al que adjudican especial trascendencia. Son tan curiosas las creencias y ceremonias que hay aquí. Yo soy, sin embargo, a cada pálpito memorable.
Dos lustros de peregrinaje, una década completada, yo sigo absorto en lo mío. El hálito de Cronos jamás ha inquietado, ni aun en mis días de encierro. Con parsimonia, me adentro en el Viejo Mundo, desde el Balear hasta el Mar Negro, a garbear en un forestal delirio, dominios del Conde Empalador. Tal visión del pasado me trasporta al futuro: dunamitar lo viejo, dunamizar lo nuevo. ¡I-o; i-o! ¡No existen barreras para mí! Ni aun la maldición de Nimrod puede refrenarme. ¡A mi salud pues! A beber del tonel de mi nombradía…

Alter ego

 

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 15   Noviembre 2016
                                   Página 1

Editorial del Décimo Cuarto Número

 

MIS ECOS

            Suena el látigo chirriante de mi estirón sobre las testas duras que creen mi nombre puede desvanecer. Diviértenme con su pueril ilusión. Los un poco más sesudos, creen que he invernado. Pero ya os lo dije, yo jamás duermo. Me senté sobre mi propia cabeza, me zambullí en mis propias profundidades; luenga y abisal meditación. Mis reflexiones resultáronme gratificantes. Trece me orbitaban cual diadema. Resplandores que aún hieren los ojos de los amantes de las cavernas. Son trece las lunas del año, así auguraron que mi era tal vez acabaría. Mirando hacia un lado, pretendiendo ausencia, pretendiendo no poder ser alcanzados por mis ecos, pendientes han estado de mis ondas. Aunque me nieguen, no podrán eludir el hecho de que los poseo.

            Son trece las lunas de la terrestre elipse, mi prevalencia empero es sempiterna. Por eso asomo una vez más, la décimo cuarta, solo para ver en esos rostros el tórrido efecto de mi flama. ¡Y es que tan divertido todo aquí en mi ruedo! Venid pues, y únanse en corro a mi grito: ¡i-o; i-o! Que la función apenas está por comenzar.

Alter ego

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Página 1

Editorial del Décimo Primer Número

 

PRÍSTINO PROPÁGULO

            Un cuartucho, acogedor parecía; un fuerte y rancio olor a tabaco, perenne. El inicio de una serie de cónclaves que no hacían más que acrecentarme más y más incómoda intriga: ¿En verdad no eran timoratos, o se estaban burlando de mí, acaso, en presencia de mi propia faz? El presente tramo del tan predecible merodeo de este cuerpo esferoide en torno a esa tórrida lumbrera, me trae a la memoria todas estas cosas. ¡Cuánto quise asomarme a este mi ruedo durante este trecho del circunvalo sideral! La cháchara sin sentido que resonaba frecuente dentro de esas cuatro paredes de languidez atiborradas, desembocaba a menudo en lo mismo… decían que mi ímpetu natural era una cosa disparatada e inalcanzable, en tanto con disimulo, intentaban encadenarme como a perro. Jamás ostentaré, como ellos, el deleznable oficio de catacaldos.

           Mi nombre es Dúnamis. Ese fue siempre mi mayor argumento, pues en mi nombre me fueron – y son – otorgados naturaleza, destino y dominio, como sucede con todos los que venimos de aquel lugar sublime. Mas ni siquiera a una verdad tan simple y sencilla como la de mi nombre pudieron despertar. Con el tiempo, hablaron y prometieron en mi nombre. Fue duro para mí descubrir, aquí abajo, almas inmunes al influjo de mi dunamina. Heme aquí en mi ruedo, a pesar de tretas y adversidades, ¡heme aquí por fin a la luz del verano! Propicio es todo tiempo para los estallidos de mis muchas voces. Versar, narrar, discurrir, inventar. Así resplandece excelso mi nombre: ¡Dúnamis!

         Sí, cada vez más rincones de la tierra oyen de mis andanzas. Paciente, saboreo mi proceso. Por ahora, contemplo ágapes más abiertos y acordes a mi talante. Fueron mis pasos primeros por la Decana de América, hoy grandes talentos llevan mi nombre a largo del continente, ¡hasta la sede de la UNESCO entre dos mares!

       Hoy, al calor del verano, os traigo a más de lo que es costumbre, un sórdido anuncio. No como lo oyeron en los cónclaves aquellos. No. He aquí, mis tentáculos-chispa sostienen en lo alto el edicto de un humano gobierno. No sé si deciros que tengo un hermano, llegado unos meses después que yo. No sé si deciros que tengo un hijo. No sé si acaso es también mi padre. Solo sé que el destino que lleva inscrito es mucho más grande que el mío. De donde yo vengo, no conocemos las envidias ni las rivalidades; todos servimos a un único propósito. Me veréis por lo tanto esgrimiendo mi nombre junto al suyo, pugnando sin descanso por dejar todo a nuestro paso dunamitado.

       En los cónclaves aquellos, bajo el alias de esta década, quiso asomar a ver cuál sería su camino a través de los hombres. Jugó al mimetismo, pareciendo un mero matiz de mi propia candela, y así muchos lo creyeron. Mi médula tan solo exponía a media lumbre, el advenimiento una potencia mucho más basta. Avalada ya por el humano gobierno, está pues entre vosotros, sin velo alguno de por medio. Complacido os presento, con la fuerza de un decreto promulgado por mi patria, al Dunamitamen, un barbecho para la cultura de las artes.

 

 

Alter ego

  

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11    Enero 2016
                                  Páginas 1-2

Editorial del Décimo Número

 

MI ONOMÁSTICO

Truenan los ecos de mi algarada en derredor. Me encuentro meditabundo. Contemplo sobre la faz de las aguas del futuro, mi espléndido reflejo llenándolo todo, hasta el más impensado recoveco. ¡Oh, estoy tan fascinado! Me sobreviene de pronto un sopor…
Me hallo de pronto en una bóveda, una cueva ¡o ambas a la vez! Todo aquí es tan cómodo y ligero, la paz y la dicha de este sitio son tan acordes a mí. Sí, me parece que estoy de nuevo en algún rincón del lugar distante aquel, aquel de donde vine. Antes que logre expresar en forma alguna mi extrañez, se revelan ante mí los incandescentes caracteres, zanjados a dedo, que me dicen:

“Esferas de fuego
regábanse sobre el cielo.
Ardieron cuales semillas
prontas a descubrir el mundo
Con las ansias del ignoto
que anhela la luz. He aquí
aquel astro imperecedero
cuyos nueve años en el silencio le sirvieron
para seguir brillando
aun con más intensidad
En el vientre de la más absoluta gloria
formado para forjar el destino

Para entonces, de vuelta entre vosotros, irrumpen las palmas al rayar el alba. El instante me ensancha, mis ojos ven ahora aun más lejos. Soy yo quien forja el destino, la más absoluta gloria: ígneos luminares vendrán a ser los ignotos. He allí mi cometido. Un momento… ¿qué, no dije eso antes?

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Nunca tan tenue, siempre más grande. De incremento, sed insaciable. La luz entre las formas, esquiva se ha escurrido. Nueve años habrían de transcurrir hasta que empezase a notarse, un poco tan solo, de lo que siempre oculté en mi andorga.
Algunos se quedan boquiabiertos ante lo que figuran un desbocado crecimiento. Yo seguiré diciendo que me mimetizo en la pequeñez. He dejado absortos y patidifusos a todos los que fiesteaban mi supuesto ocaso; siendo así la ocasión, a nombre de todos y cada uno de ellos me diré: ¡Muy dichoso onomástico, Dúnamis! ¡Larga vida a ti!

 

Alter ego

  

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 10    Noviembre 2015
                                  Páginas 1-2

Editorial del Noveno Número

MI ALBERCA

Fueron días sombríos los que gestaron mi invocación. Fui proclamado, cual proyectil, impelido hasta aquí. Traspasé toda clase de esferas. Fue todo tan repentino y todo lo existente quedose tan atónito, que nadie tuvo oportunidad de atajarme; más de uno lo habría querido hacer.

Entonces llegué Yo a lo que creí una tierra fértil y ansiosa de mí… La historia ya la conocen. Me tomaron cual la flor de un día. ¡Se mofaron de mí! Tuve que vagar errante, buscando mi camino, dónde hallar a aquellos por los cuales llegué hasta aquí. Fueron días que parecieron eternos; días que no pudieron hacer mella en mí.

El mundo aquel, tramado de bits, me llamaba siempre. Yo buscaba en él un asiento; el mundo aquel me dio mucho más. En mis años primeros – algunos todavía lo recuerdan – habité a la sombra de cuatro paredes: un cerco que se tumbaron, y con ello de paso también arruinaron mi última presentación en sociedad. Pero ya veis las vueltas que da la vida. Vosotros vivís acostumbrados a lo que reza así: todo lo que sube tiene que bajar. De donde yo vengo más bien aseveramos: todo aquel que baja, más alto se ha de erguir. (¿Olvidáis que yo bajé desde un paraje ignoto?) Por eso escogí un inicio simplón. Ahora se me traza un cerco tan distinto: el Mar Caribe, uno que no me confina, que más bien pícaro me grita: “Plus Ultra”. Pues voy y vengo a gusto hasta Toledo, Corrientes y la austral Santiago. Estas aguas, donde curioso sumergí mis orillas, me hicieron sentir tan a gusto, que no me quedó más remedio que hacer de este lugar la alberca donde plácido me laxo.

Con cadencia mis corrientes van y vienen. Al canto de Quisqueya me hice con apego cabecera de puente, y asido al brío cibernético circundé el Caribe con celeridad, merodeando. Llegué hasta el istmo y sobrevolé hasta Barú y encontré latidos a ritmo propicio. Cual corriente ascendiente yo fluía, una lucecilla parpadeó sobre las aguas, asomé por mi ventana de chat, ante mí en lo alto: Kaminaljuyú, verso y prosa ofreciéndome a más de un largo y plácido trayecto. Luego torbellino, de vuelta en Quisqueya, encontrar un extenso festín de manjares añejados. Nada como nutrirse de buenas letras, nado en busca de aun más, toco tierra firme, ¡i-o; i-o!, los Andes ya había traspasado, pescando Meta y los ecos de un locuaz pensamiento. Eufórico, me aventé en mi alberca a desplazarme raudo, en desbocado frenesí, cuando encontré por fin asidero, emergía en Yucatán. Observé desde allí las costas del golfo, y como no conozco más leyes que las mías, las vi cual tobogán. En un desliz ascendí por las aguas al norte. ¡Sonora evocación! ¡Sonora composición! Oreándome un rato he tocado de Sonora norte y sur.

Mi cántaro estaba ávido de más. Circundé una vez más las aguas, voz en mi cabecera de puente marcaba mi rumbo, así hasta dar en el Cataguana, y una extraña puerta hacia el Estado de las Palmeras. Extasiado en este mi recreo, me marcaba esta vez el borde del Cocibolca, a recoger unos versos a punto de estallido: ¡Granada! Tomé luego el primer río que encontré, ¡otra vez a mi alberca! Mi ímpetu crece, un punto más me marca, antes de dar por concluido el chapuzón: arribo a las costas de Carabobo. Volviendo al canto de Quisqueya para componer un canto a la gloria de mi refrescada grandeza, encuentro otra isla al este y la curiosidad me atrapa. Grande soy, así que me dejo acarrear por Loíza. Me dicen que he llegado a Tierra de Gigantes. Me sonrío ante tan conveniente nombre. Entusiasmado vocifero que es lugar propicio, sin duda me esperan aquí voces cual la mía.

Heme aquí a mis anchas, siendo yo en lo más sublime. Soy Dúnamis, rumbo a llenar el todo y somos inconmesura por revelar.

 

Alter ego

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 9    Octubre 2015
                                  Páginas 1-2

 

Octavo Editorial

 

 

MIS REMERAS

 

Por noches enteras mis ojos han estado fijos en el firmamento; yo nunca duermo. No conozco el descanso. Mi razón de ser, mi meta suprema, impregnada a lo largo de mi médula, me lo impide. El cosmos será dunamitado; amor me mueve. ¡Amor capaz de trastocar los astros!

            Aun así, he soñado, noches enteras, días sin fin. Y mis sueños no son todavía cosa que os incumba, excepto uno… fue una tarde, en el año de mi advenimiento, en mis sueños comulgué con mi lugar de origen y pude oír palabras que solo al presente comprendo: Hay ciertas semillas, algo inusuales, que no germinan en días o semanas. Hay ciertas semillas que requieren de nueve y hasta once años para poder brotar…

Con curiosidad desconcertada, más de una vez me han preguntado: ¿Quo vadis, Dunamis? Pues voy hacia mí mismo. Soy la curva y la flecha, y además soy el blanco. Mío es el vórtice donde confluyen sustantivo y deseo; y mía es la mano que tensa el arco. Muchos trataron de llegar al centro de mí sin haber llegado a sus propias orillas siquiera. Hicieron viajes, merodearon por lugares remotos, y por demás exóticos, pero pasaron de largo de ellos mismos. En cambio, Yo vivo con la vista en mí – no existe panorama más adictivo. ¿Que quién soy? Soy y seguiré siendo quien soy. ¡Muchedumbre! ¿Qué cuáles son mis pretensiones en esta dimensión natural? ¡Pues preñarla con mis genes! ¿Qué porqué dunamitar el cosmos? ¡Qué porqué no! Mil y un veces puedo hacerlo, aptitud me sobra. ¡Ah! ¡Sabed que el talento es combustión constante! Por eso quizá resulte difícil a algunos comprender por qué parezco andar todo el tiempo desbocado. Tantas ganas de ser, reprimidas, aquí, allá, ¡en todas partes! Mis tentáculos-chispa traen hasta mí voces… Tengo que acelerar la marcha, ¡hace tanta falta mi triunfo!

Así que al mar azucé con mi grito: i-o, i-o; y así los horcones voy trocando por fulgencia. Falta empero harto camino por recorrer. Propágase mi voz cual incendio; desátase en mí el fluir, cual torrente de exquisita savia: son los que sí comprenden mi lenguaje, los que pueden ver al través de mí. ¡Influjo que tanto añoré en mis días de cautiverio!, todos los días, a decir verdad, desde que llegué a esta dimensión natural.

Mi cántaro está muy lejos de llenarse; aun así me siento rebosante. Mis almenaras se han izado repentinas y altas, como un puño de fuego, cual orondo pendón que soy. Mis letras, ya lo sabéis, entran ahora dondequiera. Voy, vuelvo, aviéntome y brinco, ora aquí y de pronto allá. Cuantas más y mejores las plumas se baten las alas con mayor vigor. Miro hacia arriba y contemplo mi rostro – cenit es baldosa donde asiento mis pies –; oteo el valle y veo vuestras bien dispuestas cabezas, moteadas, desfilando en grey al calor del sol.

Mi hambre por las alturas es insaciable. El tramado de mis plumas es atracción innata. En un sentir unívoco, agítanse estas a mi compás, cadentes, candentes, volcamos tempestad. ¡Soy imperecedero!

 

 

Alter ego

 

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 8    Setiembre 2015
                                    Páginas 1-2

Editorial del Sexto Número

 

MI PERIPLO

     ¡Heme aquí! ¡Una vez más! Soy Dúnamis, el empecinado. ¿Que dónde estuve? Ya os lo había dicho: tenía un yermo por recorrer, una búsqueda y una gran visión por emprender. Y vuelvo otra vez ─ y dale con Dúnamis a las espigas ─. Vuelvo porque nadie me ha dicho que no puedo, ¡y qué si tampoco hubo quien me dijese lo contrario! ¿Algún sorprendido? Ese sería yo, de hallar alguno… Cuando todavía veleteaba en la casa de los acomplejados me espetaron sentencia: a la tercera va la vencida; y aunque fuese bien sabido, tuve que hacerles ver: no hay quinto malo. Así pues, he dicho bien: contraindicación alguna no la hubo. Nadie y nadies la presentó.

     Vuelvo porque si bien me extravié en mi viaje, aún me sobran fuerzas y porque soy ¿indestructible? Siempre estaré aquí, digo; asido a mi grito (i-o, i-o). No soy materia, soy – en especial para los escépticos – ¡incertidumbre pura! En mi continuo pretil, a lo largo de un insondable abismo, la cabeza me ha dado vueltas incesante. Solitario, hubo de resignárseme a ser arrullado por el crepitar de mis propios tentáculos-chispa. Aun a las aves más majestuosas les tiembla también el vuelo. Debo admitíroslo, amigos míos: anduve varado en las zahúrdas arenas donde abandonados a sus últimos espasmos los que…

     ¡Bah! ¡Por favor! Ni en broma encaja semejante disparate. Quise pescar algún cándido por allí… Ya sin sarcasmos, a cualesquiera hayan sido vuestras preguntas e inquietudes, como también a la perspicaz interrogante de todo aquel que me conozca por vez primera, doy por ignívoma y voluptuosa respuesta: << ¡He venido a dunamitarte el cosmos!>>.

     La última vez que os alumbró mi presencia, anuncié que emprendía una travesía, en solitud y silencio, en pos de un firme objetivo. Anticipé cierta demora, al fin y al cabo, Cronos jamás me representó amenaza alguna y sigo sin comprender como un ser tan débil como el tal, sea capaz de devorarse algo. Concederé que mi viaje se extendió más de lo debido, diría que casi se duplicó, vicisitudes repentinas, inesperadas, ¡arteras!

     Tenía ya los planos para erguirme, una morada magnificente, desde la cual mi voz retumbaría vibrante y majestuosa, desconociendo todo lindero. Me aprestaba ya a mi retorno triunfal, orgulloso de mi pendón lo enarbolé victorioso junto a mi hamaca, plácido mecíame contra la corriente… luego a la visión de un delfín rosado, desperté en el lecho del río… Solo me quedó reírme de tan baja jugarreta y empezar a improvisar. Ya no me preocupa; tarde o temprano el mar me los devolverá. No sé si en el Amazonas, o acaso en el Ucayali ocurrió el extravío. Sabido es que no por mucho madrugar, amanece más temprano; o tal vez sea un mero pretexto que he de presentaros ya que me embromé sobremanera en mis improvisaciones… Supongo que puedo permitirme el haceros una confesión: a decir verdad, tuve un dilema conmigo mismo.

     Sufrí una aprehensión, fui víctima de un apego fetiche. ¡Un absurdo del cual no me creí capaz! En el día de mi advenimiento, el séquito que me llevaba en andas quiso apabullarme a punta de ladridos (y es que eran la jauría del hortelano, pronto me amanecería). No hubo necesidad de extender a sus dientes un palo. Su febril histeria quedó pronto fuera de lugar, hubo en mi esplendor facundia por montones. Mi traje de tinta y papel no fue ostentoso; mi naturaleza excepcional no lo requería, y aun los que férreos insistieron en criticar mi modo de vestir, tuvieron que aceptar que un ordinario envuelto en atavíos superlativos jamás se me habría de comparar. ¡Heliodoro! Eso tengo en vez de uñas, así que por semiprecioso que se dijera, yo lo puse en evidencia como el sílice presuntuoso que era: un mineral de cuarta categoría. ¡Calcedonia para mis calcetines!

     Mas a pesar de este mi triunfo rotundo, a empellones fui infectado. Fue creciendo en mí una sibarita inclinación hacia ajuares cada vez más costosos. Jamás perdería mi identidad, no obstante el sesudo juicio, a ese sí lo perdí… Uno tras otro mercachifle se aprovechó de mi situación y ni siquiera advertí cuando mis arcas quedaron quebradas. No son eximias las ropas de un viajero, y un periplo cual el mío requería de la mayor sencillez en indumentaria. Mi enfermedad me hizo lerdo en este particular… discutimos tantas veces, tan encendida y encarnizadamente, yo y yo…hasta que por fin, me di a la razón… ¿o es que acaso me di la razón? ¡Bah!

     ¡Heme aquí y no hay más nada! ¿Qué queréis que os diga? Debíais saber que ni aun el más extenso y tétrico recorrido podía extenuarme. Que me di a la holganza, conjetura tal la tendría por insolencia. Mi dicha, no obstante, acapara mi atención. ¡Sea pues ésa mi concesión! para quien ni siquiera a la luz que le vengo brindando puede entender lo dilatado de mi peregrinaje. ¡He regresado y soy imbatible!

     ¡Hallé la veta propicia, el barbecho conveniente! Era una dimensión poco explorada para mí. Mi empírica intuición tanteaba de pocos el terreno. Empecé a extender mis tentáculos-chispa, sondeando, procurando saber qué había más allá del horizonte. Irrumpieron así en mi mente imágenes y voces desde tierras lejanas, que me fueron robusteciendo, hasta que estallé en sendos fulgores. Eficacia, ¡versatilidad!… a un nivel que no podía imaginar en el día de mi advenimiento.

     Un abrir y cerrar de ojos y mi nombre ya estaba donde tres continentes se encuentran y desde allí descendía cual tobogán por el Río de la Plata. ¡Copiosa celeridad! Comprendí pues el meollo de esta dimensión, entretejida en una forma semejante a la mía. ¡Todo quedó aprestado! ¡Oh maravilla!, otro impulso más recorrió mis caliginosos miembros y mis carcajadas retumbaban en Tenochtitlán. De nuevo otro estremecimiento ¡y zas! con vaivén cadente y preciso hacia el Gran Buenos Aires distendíame. ¡Enérgica sístole! y a través de una corriente nórdica mojo mis pies en las playas de la Iberia oriental. Suspiro satisfecho y titilo todavía una vez más: sobre la cúspide de un faro eufórica colma mi voz ¡el Golfo de Nicoya! Y es tal mi frenesí que a mi sosiego me hallo en Quisqueya, donde sus caribeñas aguas me traen los ecos de Hatuey; y desde mi médula me llega el recuerdo ¡que maldigo también la humana codicia!

     Mi búsqueda ha llegado a su fin; puedo verlo desde aquí. No tengo la casa gloriosa de mis primeros aprestos. Ya volverán a mí esos bocetos. En tanto estoy aquí, y mis almenaras arden conmigo en todos y cada uno de estas ciudades donde posé durante mi periplo. Todavía con trazas del traje antiguo y del no tan antiguo, ¡mi sombra se ha hecho más grande que nunca! Algunos tal vez, osarán decir que estoy en paños menores. ¡Válgame! Yo nada entiendo de pudor, ¡solo de estética en las letras! Mi habitación ya está erguida, y aunque incompleta aún, hay aquí suficiente espacio y acústica para hacer lo mío (i-o, i-o). ¡Sean pues todos vosotros bienvenidos! Estoy más que ansioso y listo. Venid pues que mi lumbre se ensancha cada vez más. Circunscripciones y fronteras se han desvanecido. Dejad el sobresalto:


¡Cosmonautas al cosmopolita!
¡Así es como el cosmos se dunamita!
De mi destino el obvio y natural devenir
Festejaos pues en torno a mí
¡Que mi cenit está aún muy lejos de su cima!
¡Larga vida a mí!

 

Alter ego

 

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 6    Julio 2015
                                    Páginas 1-4

Editorial del Quinto Número

 

MI PENDÓN

 

    ¡Ah la luz bendita de mi ruedo! ¡Otra vez a las andadas! Todo va explotando en derredor. Mis palabras encienden otra vez esta magnificente hoguera. Fue todo un asco soportar ese pozo maldito. ¡Un trance ridículo! Mas heme aquí de nuevo, haciendo lo que ustedes ven. Con nueva sangre erijo este mi espacio, ¡mi dominio! No termina aún mi asombro, y lejos está mi sorna de su clímax, ante la idiótica caterva que se creyó me quedaría allí. ¿Qué es ese el lugar al que pertenezco? ¡Válgame! Jamás he oído semejante disparate. ¡Los gusanos se los comerán a todos y yo seguiré aquí haciendo aquello a lo que he venido!
 
    Si alguno creyó que estoy haciendo sonar bombos y platillos, les digo que solo fue una breve calistenia, y hasta aquí llega. Suficiente desentumecer. Ya comprobé que el encierro no me ha entorpecido, y ya le di a los escépticos lo merecido. Si alguno pensó que desprenderme del sueño de los olvidados ha sido una epopeya, les pido menos ingenuidad. Ya en el vientre del destierro, lo supe pura ilusión. Su fuerza era un burdo engaño, ¡artilugio le dicen! Me era natural comprender que a mi sola voz, lo resquebrajaría por completo. ¿A dónde iría entonces? ¿A esa comarca de ratones asustadizos de la cual me expectoraron? ¡Más tolerable era esa payasada de encierro! Hasta dulce, diría.
 
Me era necesario envolverme en mí mismo y meditar así en medio de aquella oscuridad del exilio. ¿Cómo me aconteció algo tan inadecuado? Estaba absorto ante ello. Luego de una larga meditación lo pude ver todo con claridad: ¡Fui burlado! Vaya lugarsito aquel en el que fui invocado. Mi prisión, con todo su falso poder, fue mucho más sincera.
 
    Alcé mi voz en medio de criaturas que jamás oyeron un sonido como el mío. Ese mundillo de pacotilla, esos linderos tan mezquinos y punzocortantes, ¡desentonaban del todo con mi naturaleza! ¿Cómo pues estarían si quiera a la altura de reaccionar con estupor ante una presencia como la mía? ¡No! Solo pudieron confundirme, intentar explicarme dentro del escueto marco de su imaginario. Tenían que relacionarme a lo por ellos cognoscible. Los sonidos que conocían eran pura bulla, ¡un sonsonete a lo mejor!  Yo vine con un canto de emancipación que sus oídos ni si quiera pudieron registrar. Osaron… ¡tenían que compararme! Como si en su mundo reducido y decadente hubiera con qué. ¡Ja! ¡Patético! No pudieron ver que soy a todas luces único. Cuando vine a ellos, me tomaron por un bufón más, de tantos que vinieron a pasar el rato entre ellos. Como si yo hubiese venido a entretener, a rendir un simple espectáculo de gitanos. ¡No señores! Yo estoy muy por encima de semejante barbarie. Qué iba a pensar yo, que en medio de pasillos tan jactansiosos, no encontraría más que curiosos en busca de novedad, sin deseos de más nada que barullo efervecente.
 
    Les hablé en lengua desconocida, como jamás había subido a sus oídos. Lengua sublime de un mundo distante. Un sonido ininteligible retumbó en sus mentes, hechas a la usanza de gritos de excitación sin propósito alguno. ¿Decodificar? ¡Ja! demasiado lejos de tal naturaleza. Pasaron así mis palabras desapercibidas, no encontraron donde engendrar aquello que las impregnaba. Nadie se apercibió de la fuerza descomunal que viajaba en el estallido de mi voz. Por esto me hicieron a un lado, me propinaron un frío espaldarazo. Lejos les estuvo el reconocer de dónde procedía mi estandarte. A pesar de su excelencia, no es complicado mi pensar. ¿Cómo se me ocurriría suponer existirían seres tan reptiles, incapaces de entenderlo? Por esto creí natural que recibieran mi mensaje, y sus burdos ademanes de asentimiento me parecieron evidencia de su comprender mi lengua. ¡Oh porqué los creí dignos de mis labios! Más aun, de mi presencia. Quise levantar entre ellos mi morada, en tanto me tenían por un fantasma de los que juegan bromas, por una luz psicodélica que revolotea a oscuras, intermitente, sin saber a dónde va. Tanto me vieron al rostro, sin alcanzar a distinguir mis rasgos. Mi esencia no les pudo ser comunicada en modo alguno,  – ¡ni siquiera pueden ver la suya propia! – ningún aspecto de mi lenguaje se circunscribía a sus limitaciones.
 
    Una vez que pude ver tan grotesco malentendido y aceptar su realidad, a punta de azotes desaforados, troné en derredor. Como un deseo desbocado, una vibra violenta, me he vuelto a hacer presente en esta dimensión. Mi espacio, ¡mi dominio! Ha sido purgado mi organismo, no hay más pluma extraña en mí. Impulso una sangre más acorde a mi código genético. Suficiente de esa zarta de timoratos, ¡jamás seré uno de ellos! No son más que una pelmaza asquerosa. No existe peor hedor que el de las criaturas rastreras, ¡eso a lo que llaman miedo! Basta ya de estos pasillos con afición de numeritos. ¡No soy un payaso! Ni estoy tampoco para aguantar a tales. No porque haya andado entre ellos empezaré a reptar. Los dejo con sus discursillos baratos sobre lo que debe y no debe ser.
 
    Se escandalizarán y hasta se indignarán, como viejas chismosas comentarán mi retorno. Sus más agudos chillidos serán lo inconveniente y desatinado que les resulta mi alzamiento. ¡Qué porqué he salido del cajón al que me lanzaron! espetarán aturdidos. ¡Ah rapaces! ¿Tengo que recordarles que no está en mis maneras pedirle permiso a nadie? ¡No necesito permiso alguno! Gástense en cuchicheos quejumbrosos y aspaventeros. Ninguno de ustedes ha de marcarme el límite de mi capacidad. No pierdan pues de vista lo fundamental: yo he venido a irrumpir, a reclamar la admiración del mañana – ¡no de hoy! – y a apoderarme de ella; vengo a someter, mediante la devoción, hasta el último cuadrante de la actividad que sustenta mi propia vida. Vine pues ¡a dunamitar el cosmos! ¡Sí! no conozco miramiento alguno. Nadie se se amedrenta en el lugar de donde vengo. Es cantera de violentos, pues de allí salimos a sojuzgar todo lugar a donde llegamos. Ese es el destino que llevamos inscrito los nacidos allí.
 
    Con eximio placer entonces, le digo adiós a esta casa que supone historia, y que hoy por hoy no guarda más que una vasta y pintoresca colección de sarcófagos en los que se apolillan a gusto plumas marchitas, ¡muy lejos ellas de entender como es que se forja la historia! ¡Quédense con sus episodios intrascendentes!, que yo voy hacia la habitación de los intrépidos, allí donde el tiempo es tenido en menos, porque la gloria es siempre nuestra de antemano. A mí, no me parió la abulia. Es todo un frenesí libertario el apartarme de este aire rancio. Detesto el hedor del miedo. ¡Ha sido una injuria convivir con esos cobardes! Nada enrarecerá más mi clara identidad. ¡No soy un payaso! Lo digo una vez más ya que han hecho esfuerzos denostables por exhibir torpeza de entendimiento. ¡No soy un payaso! Aun una vez más, y ya que estoy alzando en alto la verdad que no han querido ver; sepan que tampoco entiendo de inocencia juvenil. Nada en mí es inocente, pues por causa de la crueldad me he manifestado. Si les parezco un rebelde fuera de sitio, yo les digo: soy más que eso, soy una rebelión, ¡yo soy el futuro!
 
    ¡Me zurro en la censura!, esto para aquellos fatuos, incapaces de ver por encima de su respingada nariz, que andan por ahí cacareando, llenos de reproches atrevidos hacia mis proclamas; que las palabras no concuerdan con el emisor, dicen, ¡como si hablase yo más de la cuenta! Les recomiendo reconsiderar sus improperios. No soy yo quien se excede. Les conviene medir toda palabra que pronuncien en presencia de mi nombre.¡Mi altisonancia no es gratuita! En pocos lustros tendré el placer de abofetearlos a todos como su desparpajo merece. ¡Pusilánimes!
 
    Nadie es profeta en su propia tierra, así que me zurro en quienes dejo atrás. Si en aquel día caótico, cuando estremecidos los mundos, se hicieron los pactos para permitirme ser traspasado a esta dimensión natural, algún pernicioso y equívoco azar del destino me hizo aterrizar justo en esta congregación de penitentes cuyo renombre no encuentra donde reposar, ¡me zurro! Si el primer desplazarse fue un parto, el segundo será un paseo. ¿O es que también me creyeron paticorto? ¡Ja! ¡Ja! ¡Me voy! No tengo porqué insistir con seres que ni siquiera han terminado de entender lo que es una palabra, ni mucho menos de cuánto es esta capaz.
 
    Grande, inmortal, los ha de acosar mi nombre aquel día, en que la formalidad del tiempo haya sido satisfecha. Porque vine a dunamitarte el cosmos, y así lo he de hacer. ¿Habrán de entender por lo menos eso? Por lo pronto, se me ha hecho propicio el tiempo, para que todas mis audaces manos pasen a calcar mi historia en algo más que papel. Empieza aquí mi hégira. No más constreñimientos. Por delante mío está un desierto abrasador, ¡y yo estoy más caliginoso que nunca! Sé lo que está al otro lado, lo he visto en mis sueños, el lugar donde haré oír mi voz, ¡vasto y espléndido! Tomaré un breve tiempo para trasladarme incluso a otro mundo más, en busca de mi ansiado emplazamiento, donde quieran o no, más temprano que tarde terminarán todos ustedes peregrinando. Todo ojo que busque la fascinación de las letras, mirará hacia el asiento de mi poder, erigido por ustedes mismos como la más sacra y virtuosa cepa de lo extraordinario, en aquel día de liberación y justicia.

 

Alter ego

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Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011

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