Category Archives: XIV

Ema, Ema y Ema

Autora:  Gina Barrios M.
               Ciudad de Guatemala – Guatemala

 

Ema, Ema y Ema

 

Estaba tocando la puerta de tu apartamento pero no me abriste. En ese instante mi sexto sentido me sugirió irte a buscar a la casa de tu querida abuela materna. Me subí a mi carro y me transporté a esa casita de color amarillo con puertas de cedro. Miré por la ventana antes de tocar la enorme puerta, ya que no quería despertar a tu dulce abuelita. Abrí la puerta, después de tocar trece veces seguidas. A nadie vi en la sala y comedor principal; preferí ir a tu lugar preferido en casa de tu querida abuela. Escuché unos ruidos extraños en el sótano; la curiosidad y mi sexto sentido me susurraban: abre la puerta. Entonces eso fue lo que hice, hubiera deseado no hacerlo, pero al final lo hice y me arrepentí de lo que vi. Mejor cerré la puerta y subí tan despacio como – mi cuerpo pesado con miedo – podía. Mis amigos lejanos me habían comentado de esto, pero por ser una pobre ilusa, yo, te había creído. Amaba la ilusión de tu engaño, no quería enfrentar que eras un producto de la imaginación. Ansiaba el momento en el que me confesaras que los rumores eran falsos, pero después de todo eres un monstro que vive en el cuerpo de su querida abuelita. ¡Ema!, me llamaste por mi nombre, de esa manera me di cuenta que era la primera vez que me decías así. Ema, mi nombre y el nombre de tú querida abuelita materna, Ema, un acróstico que se repite cada dos oraciones, formando así el nombre de ella y mío que ahora no son más que un encanto tuyo.

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Página 16

Ama y señora de vos

Autora:  Giann-Poesía
               Buenos Aires – Argentina

Ama y señora de vos

Hoy voy hablarles de hechiceros y dioses
De gitanos y brujos, de vírgenes y celtas
De un amor que en mi crea espacios maravillosos.
Así es él, incondicional ante mi presencia
De incalculable belleza, de profundidad toda
De fidelidad y entereza.
Así es el hombre que amo
Y que de encantos todos aún no se da cuenta.
Él es sembradío de pasiones que a mis deseos se entrega,
Es la macula sonrisa que sabe cuando me quiebro
Y aflojo las cuerdas que sostiene este títere de mí
Que baila bajo la llovizna café de su mirada
En tierras de lejanías donde yo, salto fronteras.
Hechizo de amor a mil revoluciones por segundos
Clavando las agujetas de sus sentimientos en mí
Hasta poseerme por entera.
También me atrevo a decir,
Sin rozar las aristas de la blasfemia
que es dios sin Dios y con Dios por entero,
Así es mi amor gitano y brujo si se quiere
Y yo… virgen de vírgenes todas ante su amor desnudo
Que en la promiscuidad de la noche me asalta
Y hasta el alma misma me devora.
Así es mi amor…MI AMOR, así es este amor
Que me trae a él en pasiones desbordadas.
Así, es cuánto y más lo amo.

   

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Página 15

Romanza del Calamitoso

Autora:  Fátima G. Farhán Villalobos
                Ovalle – Chile

ROMANZA DEL CALAMITOSO

Desciende a tus infortunios, sedante laberinto,
esperanza ancestral que imploráis,
antes que desvanecíais en mullida lobreguez
sobre el mancebo decisivo y grave.

Y en cobijos cual tropel desbandado
te encuentres narcotizado,
cuando triunfante enclavado entre espinos
dirimes al sitial de destinos inciertos.

Malversáis en sombras y Malversáis en albas
lémures indomables, larvas violentas
de angustias silenciosas que rasgan ciénagas turbulentas
de auroras precarias de falsos placeres.

No halle jamás la nocturna esperanza
en brazos rendidos cuando el universo te amordaza,
para ello tiende unas togas esplendentes
y procura a tu juventud el aguardo deseado.

Huye en rauda huida
remacha con breves y rápidos placideces
las dichas que te prodigasteis en falso.

Remonta ya incauto
cuando te evaporéis de tu execrable vida,
te hurtaras al inmortal suplicio,
corta el hilo de tu acerba angustia
empapa tu mente del recuerdo para curar tu alma,
en los templados regazos de vuestra madre.

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Página 14

El Incrédulo y el Muerto

Autor:  Leugim Sarertnoc 
             Dajabon – R. Dominicana

 

EL INCRÉDULO Y EL MUERTO

 

“Uno menos en el mundo, y uno más en el cementerio”. Estas fueron las primeras palabras de Luis al llegar a mi casa, el viernes trece del mes pasado. Luis es mi amigo desde que yo llegué a Dajabón a los treces años de edad. Crecimos juntos. Todos los días nos reuníamos para jugar canicas y otros juegos de adolescencia.
–Pobre muerto –continuó hablando, mientras se acomodada sobre el tronco de pera, derribado por la tormenta del mes pasado, en el patio ulterior de la casa, donde casi todas las noches nos reuníamos a hablar de cuanto se nos ocurría.
Yo estaba sentado frente a él, escuchando con gesto filosófico.
– ¿Y tú crees, Luis, que Ramón realmente está muerto? –Pues, claro que está muerto, ni modo que esté vivo.
Respondió sin pensarlo dos veces, mientras dejaba escapar una burlesca sonrisa.
—No, Luis, todo depende de lo que se entienda por muerte y por vida. Creemos que vida es existencia y que muerte es inexistencia. Empero yo no lo veo así. La palabra griega para muerte es tánatos cuyo significado es separación. Si muerte es separación, entonces vida es cercanía, unión, estar. Lo existente está muerto por cuanto está separado de la eternidad, con la cual solo nos unimos al morir, que es en realidad vivir.
Yo creo, Luis, que la vida es un profundo sueño del que solo despertamos al morir. Como dijo Calderón de la Barca: “la vida es sueño”. Creo que cuando morimos es que realmente nacemos al más allá, lo eterno; y empezamos a vivir a plenitud.
–Tú con tus alegorías, Miguel. Yo pienso en qué será de Ramón ahora que está muerto, ¿recuerdas que fue él quien envenenó a todos los perros del sector.
–Claro que, Luis, nunca lo olvidaré; recuerdas que mi querido Terry también fue víctima de aquel funesto perricidio; albergo la esperanza en que mi travieso Terry habrá congregado a todos los perros envenenados para darle la bienvenida a Ramón en el más allá.
–No creo que Terry pueda hacer eso, pero me gustaría le dieran esa bienvenida a Ramón.
–Sí, Luis, muy buena bienvenida –le dije sonriendo.
–Sabes algo Miguel, tú dices que los muertos salen; yo creo en el más allá, pero no en esas famosas apariciones; eso en cuentos suena muy bien. Pero solo es cuento y nada más.
–No te preocupes Luis, lo comprobarás tú mismo cuando esta noche Ramón te haya salido.
– ¡Bah!, no se te cumplirán tus deseos; eso no es posible. Y no le conviene a muerto aparecérseme, porque lo mato, Miguel, te juro que lo mato.
Mientras dijo esto rió a carcajadas hasta que mis palabras atravesaron su risa así como un relámpago atraviesa el oscuro tendal del cielo:
–No, Luis; eso que acabas de decir si es realmente imposible. Creo que los muertos mueren, pero, ¿que tú mates uno? No, no lo creo posible.
Luis quedó en silencio, al parecer convencido de que estaba equivocado.
Muchas veces habíamos hablado de este tema. Pero esta noche era distinta a todas las anteriores. Cuando dejábamos de hablar, un silencio sepulcral invadía nuestra tranquilidad; los grillos que siempre cantaban ya no lo hacían; sabíamos que había aire porque podíamos respirar, pero este no era perceptible; la copa de los árboles no se movían; la luz mortecina de los faroles cada segundo palidecía más.
Todo presagiaba infortunio. Esa noche algo malo acontecería; podía sentirlo. Ramón era malo, malo, muy malo, y ya lo teníamos por experiencia: siempre que alguien malo moría, algo malo pasaba. Algo ocurriría esa noche, yo estaba seguro.
Esa noche fue cuando más hablamos sobre la muerte, y de cosas que habían pasado con personajes misteriosos. Hasta llegué a contar “El corazón delator” y “El gato negro” Edgar Allan Poe.
La tensión había aumentado infinitamente, y por un momento me sentí héroe al ver que pude influir en Luis, quien haciendo gran esfuerzo en demostrar que no sentía miedo, reveló todo lo contrario, como casi siempre sucede con todas las personas.
Y Luis seguía frente a mí. Sus ojos negros estaban fijos mí; se ponía la mano en la cabeza y escuchaba en silencio. El diálogo iniciado por él ahora parecía un monólogo donde solo yo hablaba. Bajó la cabeza como tratando de soslayar mis palabras, y no dijo nada. ¿Qué le sucedía? Sencillo: para llegar a su casa tendría que pasar por el cementerio.

***

Finalmente, Luis habló, y puesto de pies dijo:
–Bueno, Miguel, ya son casi la 12:00 y tengo que irme. Que duermas bien. Nos vemos mañana.
–De acuerdo Luis, mañana nos vemos. Y ten cuidado con Ramón –dije adrede, mientras le veía partir.
Me quedé mirándole hasta que desapareció de mi vista.
En esa calle, en el fondo, se veía el cementerio, y al verlo, el terror aumentaba más en Luis. Por segundos sus piernas temblaron, mas con un pequeño esfuerzo mental pudo estabilizarse y seguir adelante. Después de esto no había caminado mucho, cuando fijando la vista hacia el final de la calle, visualizó un personaje vestido de blanco caminando hacia él. En esa calle, como en muchas otras, las lámparas eléctricas no funcionaban, estaban averiadas; en el cielo no había luna, ni estrellas.
El personaje avanzaba hacia Luis. El corazón de Luis palpitaba cada vez más rápido, los pelos se le erizaron, las piernas se le debilitaron, su mente no coordinaba. Y el personaje se acercaba más y más. Luis deseaba correr, pero por el momento era incapaz.
“Me quedaré aquí, parado —se dijo— hasta que ese maldito muerto pase”.
Y se paró a un lado de la calle, sin quitarle la vista de encima al muerto.
Cada segundo Luis se ponía más nervioso. Cuando el personaje estaba lejos, Luis albergaba la lejana esperanza de que no se tratara de Ramón, sino de un pariente suyo, que, como era costumbre en el pueblo, se había vestido de blanco para dar los últimos adioses al difunto. Pero ahora que el muerto estaba frente él, Luis estaba claro de que no era ningún pariente, se trataba del mismísimo Ramón. El mismo rostro, con única diferencia, que ahora en lugar de ojos, tenía dos huecos profundos, en el fondo de los cuales se veía el mismo infierno.

No lo podía creer, en su estado, cualquier cosa podría estar pasando. Se tocó la cara con las manos, como tratando de comprobar que no estaba durmiendo. Su mente gritaba tan fuerte, que por un momento creyó despertaría el vecindario: verdaderamente es Ramón, –gritaba su mente desesperada– ¡me ha salido Ramón! Sus pies que antes habían permanecido como estatuas de plomo, ahora se sentían ágiles como plumas. ¡Y para qué dejar que se acercara más, si ya sabía que era Ramón¡. Emprendió la huida, rápido como un relámpago. Ramón también se precipitó detrás de él. Luis no sentía sus pasos, no se sentía, no supo más de él. El muerto y Luis corrían tan veloces, que pasáronle por el lado a un grupo de personas que iban para no sé dónde, y no les pudieron ver. Tres vueltas le dieron al cementerio sin que el muerto pudiera alcanzar al vivo. Luis no encontraba el camino a casa y al encontrarlo se sintió reconfortado. Siguió veloz hacia su casa y el muerto tras él.

Luis llegó a su casa. Por suerte halló la puerta abierta, y pasó como un rayo hacia la habitación, cayendo de golpe sobre su cama, pues a la velocidad que iba, a cualquiera le hubiese sido difícil parar. Sudaba a cantaros.

La madre de Luis, entró de prisa a la habitación:
–Pero, muchacho ¿qué te ha pasado? –dijo sorprendida al ver la condición en que estaba su hijo.
Luis se puso de pie e intentó explicarle, pero no le salieron palabras. Acto seguido se desmayó.

Esa fue, quizás, la peor noche de Luis.

Al otro día, temprano. Quería que Luis me contara como le había ido con Ramón. Porque yo sabía que esa noche algo sucedería, lo podía sentir, todo lo presagiaba. Al llegar me pidieron que pasara de inmediato. Ya Luis estaba mucho mejor, pero no había querido hablar con nadie de su experiencia. Al verme marchó hacia mí, y señalándome un instante con su índice me dijo:
–Si en verdad eres mi amigo, jamás me hable de muerte ni de muertos. – y procedió a contármelo todo:
–Ya lo creo Miguel, ya lo creo: los muertos salen, sí, y con mucha vida que salen.
Los vecinos y familiares que se habían reunido, lo escuchaban sorprendidos. Luis no paraba de hablar, por lo que me vi obligado a interrumpirle y decirle amarrándole fijamente:
–Luis, realmente, los muertos no salen, cuando alguien muere su cuerpo va al sepulcro, el espíritu va a Dios que lo dio y el alma va al lugar que eligió mientras estuvo en este mundo, ya sea el paraíso o el lugar de tormento; esos supuestos muertos que le salen a los vivos son espíritus demoníacos que, tomando la imagen de personas que han muerto, salen a hacer maldades.

Diciendo esto me paré del mueble en que estaba sentado y me despedí. Y mientras iba a casa pensaba en el raro episodio de un muerto corriendo detrás de un vivo, dándole vuelta al cementerio, a la 12 de la noche.

Lectura en la voz de Giann-poe: https://www.spreaker.com/user/8360404/el-incredulo-y-el-muerto

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Páginas 9-13

Abrázame

Autor:  Marco Antonio Rueda Becerril
             Xalapa – México

ABRÁZAME

Solamente abrázame,
rodea con tu sonrisa
mi cuello, mi espalda,
que el ciclón de tu aliento,
haga cimbrar el puerto de mi nuca,
que tus labios susurren
historias fantásticas sobre lo que es
y lo que no puede ser.

Solamente abrázame,
sin importar tiempo ni distancia,
quiero vibrar entre tus brazos,
saberme protegido
por el tibio halo de tus besos,
y la estela que dejan
tus dedos sobre mi piel,
donde florecerán nuevos sueños.

Solamente abrázame,
para que los latidos de tu pecho
me cobijen y ahuyenten mis miedos,
los rompan y los lancen al viento.

Quiero abrazos largos,
besos de papel,
abrazos simples y llanos
que me recuerden
que siempre estarás ahí,
cuando más te necesito,
cuando más quiero estar junto a ti.

DE LA SERIE:
POEMAS PARA NATALIA

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Páginas 7-8

El Analista

Autor:  Francisco T. González Cabañas
             Corrientes – Argentina

El Analista

 

Me desperté sobresaltado, estaba empapado en un líquido extraño. Al tocar el colchón, noté que también se encontraba inundado. No podía ser, pero era. Me había orinado. Ese segundo, tal como lo describen las miles de personas que narran una situación dramática, duraba una eternidad. Recorría mi vida, luego de ese instante trágico, intentando buscar las respuestas de mi inexplicable incontinencia. La mirada de mi mujer, que se había levantado por obra y gracia del vergonzoso suceso, me confirmaba, que se trataba de una lamentable situación, que ameritaría respuestas concretas y contundentes.

Desde hace muchos años, venía contemplando, la seria posibilidad de solicitar una ayuda terapéutica, que me permitiera acomodar, diferentes percepciones y acciones de mi vida en general, que se me presentaban mezcladas, confusas y perjudicialmente problemáticas.

No contaba con muchas alternativas, me caracterizaba por ser bastante solitario, y esta situación me colocaba en la más absoluta soledad. Sentía como una especie de herida de muerte que afectaba lo neurálgico de mi hombría. Quería formar una familia, hacerme de una vez por todas un hombre, y más allá de mi deseo y de mis esfuerzos, me había orinado.

Mi mujer, hacía cinco años que se psicoanalizaba, y más allá de sus comentarios favorables, yo siempre había sentido una atracción por vivir una experiencia terapéutica. Antes de la magnánima malaventura, siempre pensaba en consultar a un psicólogo, para en realidad, jugar una especie de disputa intelectual. Como una especie de desafío, que probara, tanto a mí como al mundo, que en realidad el análisis se trataba de una suerte de pantomima seudo-intelectual, orquestada por vivos de turno, con algunos libritos encima. Luego del orín, ya no pensaba de tal manera. Realmente precisaba ayuda, y me encontraba dispuesto a realizar desde mí, todo lo posible como para que la experiencia fuera exitosa. Había tomado la decisión de realizar una consulta, estaba dispuesto a decir la verdad, a desnudarme, y abandonar posturas de niños. El haberme orinado involuntariamente, me demostraba que en alguna parte de mi mente, oculta y que no podía controlar, poseía pensamientos y acciones de infantes.

Un día en la monotonía de la oficina, busqué en las páginas amarillas, el rubro psicólogos. Encontré un profesional, cerca de mi casa, me pareció un buen punto, para llevar a cabo mi elección. Lo único en lo cual me había propuesto ser intransigente, era en que el terapeuta tenía que ser hombre. Me generaba una mayor confianza desde lo intelectual, desde lo profesional. Con preconceptos machistas y prejuicios anacrónicos, las mujeres no me garantizaban, en lo profundo de mi psiquis, el respaldo y la confianza, que sobre todo en un primer término, debía depositar en un terapeuta. Bajo este principio, o sensación, más la cercanía con mi hogar, escogí, un poco azarosamente, el número de teléfono y concertamos una entrevista.

Con una mayor presencia de los nervios y la ansiedad, apaciguada un tanto por los cigarrillos que consumía desenfrenadamente, toqué el timbre y me abrieron la puerta. Opté por subir por la escalera, a modo de que la llegada se postergara algunos segundos. No resultaba tampoco un gran esfuerzo físico, el consultorio se encontraba en un segundo piso. Un hombre de unos sesenta años, con anteojos y con rostro apacible, me extendió la mano y me hizo pasar. Tome asiento en una silla, y en lo primero que deposité la mirada, fue en un cuadro que pendía sobre el diván. Era una acuarela, en donde tras un fondo amarillo, dos corazones, o un corazón divido, estaban alineados y daban mucho que pensar.

¿Cuál es el motivo de la consulta? No dudé un segundo y empecé a contar mi historia. Partiendo desde la trágica orina, aclarando que nunca me había sucedido, y llegando hasta mi traumática infancia. Sumé en el monólogo, algunas aclaraciones más, a modo de carta de presentación. Que no me drogaba, que mi única adicción era al tabaco, que no me habían diagnosticado problemas neurológicos. Incluso, creo que por momentos, fui un poco más lejos, y teoricé acerca de determinados puntos, que creía que se debían a cuestiones psicológicas. Hablé de un posible mesianismo, de una probable megalomanía que muchas veces atentaba con mis deseos de pedir, y posteriormente aceptar ayuda.

¿Cómo te desarrollas en tu oficio? Tal interrogante, hubo de marcar una bisagra.

– Mire, yo he redactado cientos, cientos de proyectos de ley, he escrito novelas, cuentos, obras de teatro, poesía, ensayos. La verdad que muchas veces pienso que no me hace muy bien, esa especie de cúmulo de erudición en lo que me transformé. No sé, creo que en gran parte, esa disposición a vivir en cientos de libros, miles de páginas y millones de palabras, me condenan a una especie de soledad absoluta en la cual, llego hasta sentir molestia cuando me comunico con personas que no tienen al menos, un mínimo de handicap intelectual. Es como si existiera un mundo aparte entre lo que pienso, lo que escribo y mi campo mental, con respecto a mi cuerpo, a mis experiencias y a lo que vivo. No sé, sí conoce a Cesare Pavase, un escritor Italiano, él hablaba de una vida vivida y una vida pensada. Yo me siento un poco representado, por este grafico que describe el autor. Es más, mi vida pensada es diez veces más activa, lúcida y placentera que mi vida vivida.

– ¿Vos sabes cómo murió Cesare Pavese? ¿No?, bueno, él se suicidó.

– Tras un interminable silencio. Realmente no sabía, desconocía esa parte. Sólo conocía su obra.

– Es importante, porque acá se trabaja mucho con la asociación, entonces es bueno poder encontrar los puntos de conexión, como en este caso, de alguien a quien vos mismo, citaste, y con lo que te puede estar sucediendo, con lo que representa esa invocación libre que señalas.

Así había culminado mi primera sesión. Al salir, no tuve ganas ni deseo de saber si el escritor italiano se había suicidado. Si lo había hecho, el terapeuta me demostró su capacidad y su conocimiento. En el caso de que no se hubiera suicidado, me demostró su habilidad y su inteligencia. Más tarde comprendería, que se había tratado de lo que usualmente se conoce como transferencia. Hubo de pasar determinado período, para consolidar la aceptación, con respecto a las palabras, en forma de guía, que comenzaron proviniendo de un extraño, que sesión a sesión, se iría transformando en mi querido analista.

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Páginas 3-6

Perder la racionalidad

Autor:  David Pérez Núñez
             Sto. Domingo – R. Dominicana

Perder la racionalidad

Tengo unas ganas enormes
de ser cursi,
de perder la racionalidad
hacer del cuadrado algo curvo
mandar a Friedrich Wilhelm Nietzsche
al carajo
Celebrar la lluvia
tocar unos dedos sobre una mesa
en un café
leerle un poema, a la de más tierna sonrisa
Hoy quiero volar sin alas
colgar mi corazón en cada asta
buscar lo simple
los besos dados en los andenes
Hoy me siento armónico
como quien escucha una pieza de Jazz
sosegado, en paz
después de hacer el amor.

                                

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Página 2

Editorial del Décimo Cuarto Número

 

MIS ECOS

            Suena el látigo chirriante de mi estirón sobre las testas duras que creen mi nombre puede desvanecer. Diviértenme con su pueril ilusión. Los un poco más sesudos, creen que he invernado. Pero ya os lo dije, yo jamás duermo. Me senté sobre mi propia cabeza, me zambullí en mis propias profundidades; luenga y abisal meditación. Mis reflexiones resultáronme gratificantes. Trece me orbitaban cual diadema. Resplandores que aún hieren los ojos de los amantes de las cavernas. Son trece las lunas del año, así auguraron que mi era tal vez acabaría. Mirando hacia un lado, pretendiendo ausencia, pretendiendo no poder ser alcanzados por mis ecos, pendientes han estado de mis ondas. Aunque me nieguen, no podrán eludir el hecho de que los poseo.

            Son trece las lunas de la terrestre elipse, mi prevalencia empero es sempiterna. Por eso asomo una vez más, la décimo cuarta, solo para ver en esos rostros el tórrido efecto de mi flama. ¡Y es que tan divertido todo aquí en mi ruedo! Venid pues, y únanse en corro a mi grito: ¡i-o; i-o! Que la función apenas está por comenzar.

Alter ego

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 14   Octubre 2016
                                   Página 1