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La Suicida

 

La Suicida

Y por un minuto apartó la vista de su brazo fragmentado para entender  que  mejor era el placer de comprender el brillo de sus ojos, que dejaban ver en su reflejo a esa chica que frente a los problemas, utilizaba como mejor anestesia,  una situación de auto extinción. En otros casos cualquier objeto punzante que satisficiera su necesidad por calmar todas esas voces que a gritos rogaban no la abandones cuando aun sigues presente. O tal vez tu mente confusa solo buscaba separarte de la realidad, buscaba distraerte de ese punto en donde el alcohol perdió su efecto, en el que el humo de los cigarrillos no llegaba a ahogar el aire de tu respiración, al igual que el gas del grifo de la cocina, en el mundo en donde de las pastillas siempre despertabas y como las sogas no te gustaban, optabas por elegir el objeto de filo a menor distancia…
Tijera, gillette, cuchillos de todos los tipos, alambre vidrio, clavos, todo al alcance de tu mano y en la comodidad de tu “hogar” Fuera de él, el sacapuntas era un objeto imprescindible en tu rutina necesaria de generar esos cortes, condicionada a hundirte el filo en la piel y ver circular la sangre en gotas hasta el suelo, teniendo al silencio como único testigo, apreciabas entre lágrimas esa sonrisa delineada en tu cara.
Solo por un instante, en el que sus miradas se cruzaron comprendiste que el alivio de tus angustias podía basarse en algo más que en flagelaciones.

Sin culpa elegantemente se presentaba. Maniático, desequilibrado, y manipulador, inclemente despiadado tan frío como hielo, pero no puede negarse a estos sentimientos.
Quizá el necesitaba de esa niña, alguien desatendida, en busca de cariño que a gritos disimulados pedía un poco de cuidado.
Persistentemente, tratando de hallar su bienestar.
Hace falta una sonrisa burlona para sacarlo de lugar.

A pesar de su oscuro pasado tú decides confiar en él ya que no tienes nada que perder.

Al escuchar su voz, pudo notar como sus males se adormecían poco a poco. Cada tarde de charlas inconexas, sentir su respiración, su corazón latiendo, sus dulces manos envolviéndote y esos ojos que solo dejan de mirarse con los tuyos para rogar en susurros ese beso desesperado.
Tú y yo sabemos más que nadie sobre todo esto y nuestra historia. Dos personas opuestas ligadas por un gran pasado incomprendido. Él la guía en el camino y ella le cuida los pasos. Capaz ninguno es lo que cree ser, y todo son falsas ilusiones.

Tal vez no sea necesidad, ni comodidad, solo felicidad, al poder compartir el tiempo con alguien que te entienda de verdad.

 

                      Florencia De Vita Araujo
                San Miguel, Bs. As. – Argentina

 

                     

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Páginas 13-14

La Confusión de la Psique

 

La confusión de la psique

Resulta un poco engañoso. Sí, engañoso. Que alguien pretenda ser tu todo, que pretendan ser amigos, que se quiera empezar una vida diferente. Quizás idiota, al parecer de muchos, sentirse omnipotente, creer manejarlo todo, y sentirse invencibles. ¿Es posible? ¿Creer que aún estamos ahí, intentando pensar qué hacemos bien y qué mal? Es creerse Dios, en muchos sentidos, cuando tenemos la ligera idea de pensar que hacemos bien.

La luna está hermosa esta noche. Y no está de más mencionarlo porque suele ser ella quien inspira a la gran mayoría de personas. Desde el verdadero enamorado hasta la más vil de las traiciones. Ella, en todos los sentidos, es quien guía nuestra existencia. ¿Pero qué hace ella para que nos veamos a nosotros mismos estúpidamente idealizados en sueños descorazonados, en, quizás, la más burda de las ensoñaciones humanas que pretenden figurar en una histeria colectiva por quererlo y pretender tenerlo todo? ¿Somos felices? Desde sus alturas, jamás podrá brindarnos respuestas. Se mantendrá a sí misma distante del todo.

Realmente es absurdo. Que existan personas que creen poder solucionar la vida de otros cuando están cayendo en picada a un abismo, a un mar de pensamientos e ideas. Es así como podemos vernos algunos, cayendo sin chocar con nada. El mundo es duro para aquellos que percibimos la realidad de este de maneras diferentes. Tal es así que una simple iluminación de rayos solares puede significar una arenga para el espíritu decaído o la más melancólica de las tardes de verano que nos remonten a la niñez o juventud.

Es ilógico. Consentirnos en la necesidad de parecer grandes. De creer que estamos bien, pero ¿lo estamos? Desde un punto de vista particular, no lo estoy. No lo estoy desde que mi alma hiende a cada pisada su propia tumba en la oscuridad. ¿Eso es lo que quiere lograr el mundo? ¿Hundirnos en la inseguridad?, ¿en la necedad de una persistencia o en lo vano que es sentirse Dios?

              

               Avril Biziak
(Andrea Barrionuevo Javier)
               Lima-Perú

                                    

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Página 12

El Caso de David Cohen

 

El caso de David Cohen

 

He decidido tomar el caso. Al principio dudé mucho de tomar este caso, ya que de este juicio depende mi carrera y mi valiosa reputación. No me gradué en Harvard después de haber estudiado abogacía 5 años para tirarlo todo por la borda en un día. Tengo que reconocer que el ser abogada defensora de David Cohen es un gran reto para mí. Pero mi ambición es más grande que cualquier reto y sé que puedo lograrlo. Mañana es mi primera cita con el acusado. Elisa, su madre, no deja de llamar; y aunque sea molesto, no me importa cuando la veo abrir su chequera y agregar otro cero al cheque que me da como pago por representar a su hijo. Son las 10:00 a.m. recién pasé la revisión física y ahora espero por la autorización para poder encontrarme con mi cliente.

Había leído algo de él en el pasado y he visto algún que otro documental acerca de él. Yo también tenía esa pregunta, ¿por qué? ¿Por qué David hizo lo que hizo? ¿Por qué a los 15 años matar a una niña de 7 años? ¿Qué nos puede llevar a matar a esa edad? Estoy entrando al cuarto donde está él, él está vestido con su traje de presidario gris, gafas pelo corto y unos grandes ojos de color azul. Me mira y baja su mirada mientras estrecha mi mano y se presenta. Hablamos horas y horas gracias a que el director de la cárcel comprendió que me era necesario hablar con el acusado continuamente para poder planear una buena apelación. Tengo en frente mío a un hombre de 31 años que solo se limita a contestar mis preguntas, ningún acto de simpatía o que me haga sentir que es posible ganar este caso. Es su última apelación ya que en el Estado de California solo se puede apelar 3 veces. Estoy aquí con mi pollera gris y mi blusa amarilla mientras sostengo con una mano mi taza de café y en otra tengo mi pluma y tomo nota de todo lo que este cuenta. El último abogado defensor alegó situación emocional límite. Elegí apelar bajo la misma alegación solo que la estrategia sería otra. Sin duda fue un acto emocional límite y sin duda David actuó por pánico, no era relevante si era inocente o no, solo me interesaba saber más, para armar bien mi estrategia y facilitar las cosas para los dos.

Le pregunté cómo se hizo amigo de Jessy, cómo es que jugó con ella en el patio y después apareció en su cuarto sin ropa, porqué la ocultó en su placard por 15 días, y porqué ayudó en la búsqueda de su cuerpo fingiendo querer ayudar. Primero me contó que Jessy era su vecina, cosa que hizo que exista una relación de “amistad” entre los dos. David estaba jugando con Jessy en el patio después de un rato subieron al cuarto de él y él intentó tocar a la niña; en esto esta se pone a gritar, él del susto y del pánico la golpeó hasta matarla. David tenía miedo de ser descubierto como un degenerado, tenía 15 años y había tocado en partes íntimas a su vecina. Estaba en riesgo de ser tachado de por vida como un abusador, entre tanto pánico no supo a quién recurrir y solo la golpeó hasta estar seguro que esta ya no vivía. David tenía tanto miedo y arrepentimiento, que fingía en cada una de las búsquedas por Jessy. Pasaron 3 días y mañana será la primera sesión de este juicio. Elisa aun llama todo el tiempo y llora mientras me da las gracias por haber tomado el caso. Estoy juntando todo el material y aún sigo pensando en la estrategia perfecta que me ayude a ganar este caso. Es de noche y solo planeo dormir, he tenido mucho hoy con Elisa y David. Falta una hora para la sesión tengo una hora para reunirme con mi cliente y cuadrar que diré, pero sobre todo que dirá. Otra vez ahí está él con sus gafas y sus ojos de color azul mirándome. Hoy no tiene su uniforme de presidario, hoy está vestido de traje y corbata gris. Me es imposible no distraerme, y si bien todo se basa en ser profesional, este hombre no deja de hacerme suspirar. En un momento me agarra de la mano y me pide con lágrimas que lo libere, que su madre ya era una mujer adulta y que no deseaba que muera sola.

Continuará…

                  Julieta Yael Gutman
             Buenos Aires – Argentina

                                    

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Páginas 10-11

A propósito de James Dean

 

 

 

A PROPÓSITO DE JAMES DEAN

Desde la planta 52,
desde este hermético y majestuoso edificio
te contemplo.
Envuelta en una felicidad sin márgenes
persigo tus ebrios pasos
por un pasillo dorado.

Casi puedo tocarte, ¿sabes?

De pronto te alcanzo,
mi gravedad en el alambre.
Soporto tus embestidas
mientras me conduces a
una habitación sin pasado.

Allí lo contemplo
en tanto que tú te desnudas.
Tan grande como un cielo,
tan excelso que, al verlo ahí
(diáfano y solitario) me da por llorar.

¿Qué ocurre?
Preguntas con tu sexo al descubierto.
Y aunque podría engañarte
permanezco quedo
ocultando el rostro entre mis manos,
anhelando la juventud que
hoy siento tan distante.

 

 

            Sergi la Nuit
(Sergio Rodríguez López)
      Barcelona – España

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Página 9

  

Julieta

 

 

      JULIETA

 

El reloj se desangra

                         a las seis,

el cuervo blanco

                        le habla al oído,

el sol la toma de la mano

            y se la lleva

                         a la casa del viento,

            se la va a llevar

                                    el viento,

            se la llevara

                        y no la regresara,

                                    el viento.

 

 

Marco Antonio Rueda B.
      Xalapa – México

                                    

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Página 8

Las Estampillas

 

Las Estampillas

Sucedió, en una tarde lluviosa de octubre, esas que se recuerdan por obra y gracia de las benditas baldosas rotas, que se transforman en trampas letales para la elegancia, dado que al pisar la parte floja, el chorro de agua embarrada se dispara con vehemencia, adhiriéndose a la ropa. Luego de desayunar en el café Oviedo, propiedad de un español, que pese a sus más de setenta abriles, aún conservaba el tono castizo en su voz, salí presuroso a la parada de colectivo. La rapidez no se debía a que estuviera apremiado de responsabilidades laborales, más bien tenían que ver con las enormes gotas de agua, que castigaban el asfalto y todo lo que se interpusiera en su camino. Una vez guarecido de tamaño diluvio, encendí, con inimaginable dificultad un cigarrillo, para acompasar la espera del ómnibus. Al promediar la mitad de la longitud del tabaco prendido, el micro se estacionaba casi en el medio de la calle, debido a las complicaciones del tránsito en días de lluvia y, porque no, a la torpeza del conductor. Hube de dejar pasar a dos mujeres de mediana edad, que se encontraban detrás de mí en la cola para el ascenso, luego de la gentileza caballeresca, milagrosamente, encontré una silla vacía, en donde ocurriría lo inesperado.

El lapso de mi viaje se reducía a menos de treinta cuadras, un viaje corto, para el trayecto que llevaba el colectivo que se extendía bastante entre las dimensiones contrapuestas de la ciudad. Las gotas que se agolpaban, irrefrenablemente en el techo y las ventanas de la unidad, brindaban un raro sonido, que podría ser tomado por un optimista como una especie de música funcional.

Tras dos paradas luego de mi ascenso, ella se sentó. El colectivo volvía a avanzar sobre la avenida, mientras la llamativa mujer, ataviada con un elegante traje color crema, y bañada en un empalagoso perfume, se acercaba frugalmente al asiento de a lado. Sigilosamente, hubo de mirarme de arriba a abajo, para finalmente depositar su mirada en el horizonte, que se perdía entre tanta agua y tantos automóviles maniobrando. Miró su reloj, de un amarillo opaco que semejaba a oro. Yo también lo observé. Eran como las tres de la tarde. Cruzaba y descruzaba las piernas con cierta ansiedad e incomodidad, en tal momento las cuadras no transcurrían, la parada en donde tenía estipulado bajar, parecía cada vez más lejana. Meneó su cobriza y encrespada cabellera, su labio carmesí amenazaba teñir lo gris del día, tomó con fuerza su cartera y estirando su grácil pierna, sorpresivamente, se paró y tocó el timbre para bajarse.

Justo en el mismo momento en el que descendía por las escaleras y abría su paraguas ganando la calle, me detuve a observar el asiento que la sugestiva mujer dejaba abandonado, un sobre de color blanco había quedado librado a su suerte, en el pliegue, símil a una zanja, entre los dos asientos. Sin pestañear, sin pensar y sin respirar, tomé presurosamente el sobre. Me hubo de embargar la sensación de que estaba cometiendo un delito, si bien mi acción no revestía, ni una finalidad, ni un proceder delictivo, sentía en tal momento que todos los pasajeros del ómnibus depositaban sus miradas en mis desesperadas manos que se hacían del sobre de la mujer.

Bajé repentinamente del colectivo, la lluvia no cesaba. Los automóviles coreaban una detestable melodía de bocinas, la gente trotaba pegada a lado de la pared y los paraguas se chocaban unos con otros. Pese a los escasos segundos que me llevó encontrar un bar para reparar en el contenido del sobre, mi cabeza chorreaba un torrente de agua proveniente del cielo. Ingresé en la confitería Ucase, la concurrencia hubo de levantar la mirada ante mi ingreso desprovisto de elementos textiles que combatieran la lluvia. Nada me importó, en lo único en que pensaba era en el sobre. Mi corazón latía al borde de la taquicardia. Antes de tomar asiento, en una mesa próxima a la ventana, le realicé una señal al mozo, como para que me alcanzara un cortado americano. Prendí un cigarrillo, la llama del encendedor me indicaba que precisaba una recarga de bencina, tras la primera pitada, coloqué el sobre por encima de la mesa.

Al abrirlo me encontré con una fina lámina de plástico, casi del mismo tamaño que el sobre, dentro de la cual, se encolumnaban una serie de estampillas, que por el aspecto que poseían, parecían datar de un lejano pasado. Por influencia de mi condición de cinéfilo, desde el momento en que hube de ver el sobre, en el colectivo, habría presentido que se trataba de dinero. Nada menos cinematográfico que un par de sellos postales, que seguramente no poseían valor material alguno. De todas maneras mi mente, dentro de ese lejano espacio conocido como inconsciente, se esperanzaba con la utópica posibilidad que las estampillas pertenecieran a una serie extinta, que cotizara alto en el mundo de la filatelia. Al llegar el mozo, un hombre caucásico, entrado en años, e intentar dejar mi pedido, torpemente y sin explicación, derramó el café por encima de la mesa. Con rapidez de felino, pude salvar a los sellos antes de que tomaran un inesperado baño de cafeína. Los pedidos reiterativos de disculpas por parte del torpe trabajador me molestaban más que la situación en sí. Mi reprimenda fue feroz, anulé el pedido y comparé el error del mozo con la paupérrima situación que vivíamos en el país. Estamos como estamos por gente como usted, hube de exclamar, ante la sorpresa del destinatario y la concurrencia. No estaba a más de cinco cuadras del trabajo. Partí raudamente, sin amedrentarme ni por el aguacero ni por la fortuna que no había sido tal.

Empapado e indignado, para completar un día que no se presentaba como de los mejores, casi resbalé en la entrada del edificio. Realmente no podía imaginar, y carecía de voluntad para hacerlo, quién podría ser el destacado cerebro que tuviera como ocurrencia encerar lustrosos pisos un día de lluvia. Al borde de la abnegación, atravesé los molinetes de seguridad, que desde su instalación no funcionaban bien, y me paré frente al ascensor, al que le faltaba bajar trece pisos, para que yo pudiera subir. Tiempo para prender un cigarrillo, pensé. No hube de tener en cuenta que la bencina del encendedor había expirado en el bar.

Desafiando las inclemencias climáticas, volví sobre mis pasos y me dirigí hacia el quiosco. Debía cruzar la esquina y seguir absorbiendo agua, no me importaba mucho, tenía ganas de fumar y la lluvia no me lo iba a impedir. Los autos violando el principio legal y moral de dejar el paso a los transeúntes, se agolpaban, al no poder doblar con velocidad, y arremetían mediante bocinazos, por sobre la humanidad de los caminantes, que debíamos hacer malabares entre el agua, los paraguas, los coches y los ancianos de andar lento, para ganar la acera. La expresión acabada de que la ciudad es una selva, me dije, mientras pedía una caja de cerillas, a los fines de alimentar la necesidad de nicotina. Me detuve a contemplar el espectáculo que brindábamos los hombres, certificando que la vida es ni más que menos un gran sálvese quien pueda. Exhalaba mi primer bocanada, orgánicamente me hube de tranquilizar un poco, de todas maneras tenía las estampillas, que en un primer momento me hubieron de hacer pensar que en realidad eran un manojo de deseosos y apetecibles billetes. Debía salir de la fantasía, del deseo infantil y muy generalizado, que uno recibe la gracia de Dios cuál maná que cae del cielo. Yo hube de salir del estado fantasioso, pero por obra y gracia de la realidad. Ya ante la evidencia, luchaba heroicamente conmigo mismo, para no maldecir porque en el sobre no hubiera dinero. Qué boludo que soy, expresé mientras reía solitariamente. Porqué mierda tenía que haber guita en el sobre del orto. De última están estas estampillas que no son mías, que no me interesan y que no hice nada para tenerlas. Al pensar esto último, dejé en el tacho de basura del quiosco el sobre con los sellos y crucé la avenida para ingresar al edificio y ponerme a trabajar.

Ya frente a mi computadora, analizaba con mayor frialdad lo que había vivido. Que raro que siga, pese a las ciento de horas en terapia, con ese pensamiento mágico que mi destino podrá variar por un detalle casual de la vida. Al decirme esto, escribí la clave para ingresar al procesador de textos e iniciar mi nueva jornada laboral. Tenía un escrito pendiente sobre un proyecto destinado a proteger a los consumidores de las llamadas telefónicas avasallantes por parte de las diferentes empresas de servicios. Desgastaba el teclado del ordenador, escribiendo giros lingüísticos con fundamentos jurídicos. Con la ayuda de un par de páginas letradas, introducía en la argumentación, jurisprudencia extranjera a modo de ejemplo, para consolidar la propuesta que se prohibiesen las llamadas publicitarias que invadían a los consumidores, con un sinfín de supuestos beneficios que se trasformaban en sendas pesadillas para los supuestos clientes, quienes, por citar un ejemplo, debían salir corriendo del inodoro, para atender un llamado, en donde amablemente les ofrecían pastillas para adelgazar.

Podía pasar horas enteras compenetrado en un texto, tal día no hubo de ser la excepción. Tras consumir la casi totalidad de un atado de cigarrillos, mi teléfono celular me indicó el tiempo que estaba invirtiendo en esa iniciativa parlamentaria, que entre tantas cosas, no iba a llevar mi firma. ¿Cómo estás, Gorchi?, resonaba la pregunta, en la dulce y- ex profesa- aniñada, voz de mi amada. El establecer un contacto real con la persona que me despertaba tantos sentimientos, aunque más no fuere por intermedio de un teléfono, me daba la pauta que conservaba rasgos humanos, pese a la cantidad inusitada de tiempo que dedicaba a labores que me hacían escapar de mí mismo y de todo lo que no tuviera que ver con el pensamiento. Muy bien, respondía más por inercia con tal modismo que por otra cosa. Le hube de contar las peculiaridades del trabajo que en ese momento llevaba acabo y las características rimbombantes con las que adornaba el proyecto, por obra y gracia de mi bendita pluma. Tuve que interrumpir la conversación, merced a que insistentemente, golpeaban la puerta de la oficina, y todos los trabajadores habían cumplido su horario y se hubieron de retirar. Al dar, con firme voz, la señal de pase, una mujer de menos de treinta años, con unos lentes para la vista y una pollera corta como vestimenta, solicitaba que le firmara una citación de una comisión de la cámara, para que se la acercara a la diputada. Este tipo de labores, más algunos que otros llamados, se transformaban en las piedras básales de la funcionalidad de un empleado público administrativo. Yo, por obra y gracia de lo que a veces denostaba mi actividad literaria, no me veía encerrado en ese conjunto de actividades mediocres, que cercenaban la cabeza y la dignidad de las personas. Toda esta gente ya lleva en el rostro, esa pinta de gnomos, hube de reflexionar. Reprimí una risa al recordar la metáfora utilizada. En realidad no me pertenecía la autoría intelectual, de asociar la imagen de los duendes de fantasías con las personas claudicantes o sojuzgadas por un lazo de esclavitud con el patrón de turno. La tutela le correspondía a mi mujer, quién con su frondosa e irónica imaginación bien podría haberse dedicado a la literatura. Como yo bien podría haberme dedicado a la abogacía, profesión que Viviana ejercía y que también lo hubo de hacer mi padre. Era imposible, me dije, ante la última reflexión.

Daba por concluida mi jornada. Tomé mis efectos personales, un maletín pequeño donde guardaba las facturas de los servicios que debía pagar, una agenda casi en blanco y un puñado de hojas impresas con mis escritos, para dirigirme a mi hogar. En el trayecto hube de retirar un bolso de ropa en el negocio de los uruguayos y me hube de hacer de un atado de cigarrillos en el quiosco de los chinos.

Esa noche intentaba pasarla como una más, sin embargo, no podía lograr mi cometido. El incidente de las estampillas me hacía, buscar imperiosamente una explicación ante lo vivido. Era como si pretendiera descubrir, en realidad inventar, una lógica trascendente que uniera los acontecimientos más vulgares, pero que en realidad poseían una finalidad trazada por un ser superior. Necesitaba creer que hube de encontrar los sellos postales por obra y gracia de un mandamás celestial, que algo me quería significar, algo me quería indicar, mediante lo que me había otorgado, y que yo, por incapacidad, lo sindicaba como la casualidad de las estampillas. No me iba a entregar tan fácilmente, buscaba por todos los vericuetos posibles, una relación que brindara lógica a lo que parecía un acto meramente casual. Recordaba que de niño, hube de coleccionar sellos postales. Durante años, compraba filatelia, en el único negocio que vendían las mismas, en la ciudad que me había visto nacer. Un hombre mayor, de cabellera blanca y anteojos, era el dueño del local, tan alta había sido mi pasión por los sellos postales, que transcurría siestas enteras mirando y seleccionando mi compra. Nombres como Burkina Faso, Helvetia, se repetían en los sellos que tenían animales, castillos, hombres, militares, flores. En ese período de mi infancia, buscaba quizá, tener la propiedad de las divertidas figuritas troqueladas, que atesoraban un valor monetario y una diversión garantizada, a los fines de hacerlo. Tras tres años de filatelista, y con cuatro libros completos de colecciones importantes, le hube de mostrar la misma a un compañero de escuela. Tendríamos once o doce años, se llamaba Federico y era hijo de un acaudalo médico de la ciudad. Tan interesado se mostró, que me aproveché de su desesperación por tener mi colección, le oferté la módica suma de cuatrocientos dólares, sirviéndome de su onerosa prosapia y haciendo mis primeras armas en los negocios. Claro que la negociación fracasó, cuando todo hubo de terminar y a modo de regocijo, le hube de ir a mostrar los billetes a mi madre, quién ante tanto dinero, deslizó sus armas de castración y llamó a la madre de mi compañero, dado que no creía en la autodeterminación de los preadolescentes. Miraba, sin observar la televisión, en verdad tal recuerdo me había ocupado todos mis sentidos perceptivos. Intentaba unir lo vivido en la infancia con el encuentro en la adultez. Seguía con la falsa premisa, de que algún dios bondadoso me estaba otorgando una posta secreta y oculta que debía descifrar.

Abruptamente decidí salir a tomar un café. Si bien, merced al barrio en que vivía, debía caminar varias cuadras para encontrar una cafetería decente, la ocasión ameritaba para que saliera y ventilara mis ideas, preocupaciones y excesos. Con un cigarrillo en la boca y sin importarme si alguna otra persona pudiera ingresar, bajé el ascensor echando humo.

 

 

Francisco Tomás González Cabañas
             Corrientes – Argentina

                                    


Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Páginas 2-7

Editorial del Séptimo Número

¡BRECHA A LA VISTA!

 

  Cada vez más constantes son los cambios en el mundo. Su mayor celeridad y virulencia resaltan en las últimas décadas. Ya casi han transcurrido nueve años desde que abrimos este espacio con un claro propósito; y desde ese entonces el fenómeno de las redes sociales ha ido en permanente incremento. Las artes siempre se han desenvuelto dentro del marco de la sociedad de su tiempo, y los que vivimos por la pluma no somos la excepción. Dentro y fuera de este espacio se está desatando una transición poco predecible, de mano de la vorágine tecnológica característica de este siglo.
Mucho puede haber cambiado, aun así hay algo que es mandatorio permanezca firme y claro, intangible: nuestro objetivo de abrirnos camino y dejarlo abierto para los que después vendrán. Todo lo demás son medios; conviene pues echar mano de las herramientas más idóneas para cada etapa y estación.
Sin duda hay mucho qué decir y qué examinar tocante al imperio de la informática. Su presente y futura expansión es irrefutable. La eliminación de barreras es una constante. Todos aquellos que ansiosos venimos buscando una brecha, no podemos sino celebrar todo esto. Nada más propicio para nuestra visión. Como ha sido anunciado y explicado en nuestras anteriores entregas, decidimos llevar este giro a través de una pausa. No solo para plasmar en un plan nuestra nueva propuesta; como en aquel juego donde convenía observar con detenimiento las revoluciones de la soga, también teníamos que esperar el momento oportuno para entrar, y de tal forma que nuestros brincos se sostengan en conformidad con la pauta.
Al mismo tiempo, estamos optando por innovar, como al principio. Interconectar diversas formas de llevar nuestro quehacer al público. Continuamos pues, por lo pronto, con la sencilla versión impresa que parte de Lima ya conoce y ahora también con presencia en la denominada blogósfera; y es que seguimos creyendo en ir de menos a más. No duden que en el futuro añadiremos a esto.
Y a todos nuestros nuevos lectores alcanzados a través del internet, ya con el camino hasta aquí recorrido, queda claro otro elemento distintivo de nuestro proyecto: nunca se trató de formar una argolla, sino de tender un círculo ígneo en constante dilatación. Aspiramos a que nuestra compilación de los talentos del presente llegue a ser un prolijo muestrario para la posteridad. ¡Manos a la obra!

                                    

Emanuel Silva Bringas
            Director

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Página 1