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El Llamado

 

 

                              EL LLAMADO

 A los prisioneros de Letras

 

Detén ya ese vomictivo girar en círculos viciosos.
Te conjuro que dejes de orbitar el vacío,
encamínate lejos de aquel vórtice del sinsentido
en el que te has entrampado.
¿Qué mórbido placer
te mantiene en este universo
de sueños siempre pospuestos?

Eres tú quien guarda sellada
esa pútrida mazmorrra.
Cesa de estar hendido a oscuras
forjando tus propios grillos.
¡Sal de este hechizo depravado!
y ve por ti mismo que eres tú
quien tira de tus cadenas.

Pasas la vida anhelando que llegue
tu gran día,
¡el colmo!
constante deshaces lo hecho
¿eres acaso mujer de Odiseo?
Pues ante el atavío siempre incompleto
en amarga insatisfacción protestas.

Préstame oído borracho,
exorciza el agua ardiente de la zozobra
¡deja ya de tanto amarrar el macho!
¡Enferma ver coexistir tu deseo
con el empeño de arrugar!
¿A qué le temes tanto?
¿es que hay algo qué temer?
No es fuente de fluir una pluma asustadiza,
es más bien sentencia de cautividad.
¿Tiene miedo tu corazón de sus propios latidos?

¡Quién sabe si acaso
estarás constriñendo más potencial
del que vives admirando!
y envidiando…

Encuentra de una vez la respuesta.
Pregona el decreto
ábrase la celda
Ponte en libertad.

En el desierto de tu silencio
anhelas oportunidades
siendo tú mismo quien ha osado
ningunear tu habilidad.
¡Jamás estás satisfecho!
¡OLVIDA A LOS GRANDES!

Olvídalos…

Existe tú tan solo,
tu pluma no entiende de ellos;
a ti solo te conoce
y vive para ti.
Sal de bajo la sombra de los que antes de ti fueron.
No fue para esto que ellos resplandecieron.
Tampoco fue con tu actitud
amilanándose así,
que se consiguieron el lugar que contemplas
con incrédulo estupor,
siendo que lo codicias tam-bién
para ti.

Basta de dudas y tanta cautela,
son los miramientos el credo del timorato.
¡Más reflexión de la debida
se torna sinsentido!
Escribe tan solo, ¡produce!

Basta de tanto aplaudir noche y día.
Ese es oficio del que no puede.
¡A ti te hierve el talento en la sangre!
y eso es todo al fin.
Esa es la prueba de que vives.

¡Suéltate así!
trepa fuera del calabozo del absurdo.
Suprime la censura
que es fuera del papel.
¡Da a luz primero!
Produce tan solo, ¡escribe!
Más de esto no hay.

Abandona los miedos.
Vuelvan al vórtice vano al que pertenecen.
Tú eres propio en cambio de ese influjo
que te satura el pecho a estallar
con un abrasador y trepidante deseo:
Uno solo,
discurrir.

No entiendas razones para reprimirte.
¡No las hay!
Escribe tan solo, ¡crea!

Existan por tu pluma
las maravillas de este siglo.
El presente no se irá sin consagrar sus propios grandes.

¡Discurre!
¡No te retengas!
Es esa la verdadera insolencia.
¡Discurre!
No detengas la pluma
la Gran Tradición a la que rindes culto
no se dará abasto con el ayer.

No hay obra maestra que haya desconocido,
el tránsito por la imperfección más honda
y los senderos accidentados de la tosquedad.
Asume con entereza las falencias,
lejos esté de ti semejante inmadurez.
La perfección es esquiva.
No actúes como si lo hubieses olvidado
¡sabe que solo los incansables se llegan a ella!

Cuando logras una pieza al fin,
te censuras sobremanera,
te es poca cosa lo mejor de ti.
Basta ya de mediciones impertinentes:
¡Eres tú!
tu propia medida
¡Eres tú!
a quien has de superar

Produce tan solo, ¡escribe!

Si rindes a mi voz tu hesitar
transcurrirá el tiempo y sin notarlo,
te encontrarás armonizando
con el resto de aquel legado
que tanto te ha sobrecogido.
Un paso a la vez, hermano mío
se cubre y recorre así toda distancia.
Entiende de una vez
que para poder sobresalir
¡es menester primero haber salido!

No es la luz un lujo, muchacho,
es más bien la penumbra del encierro
la habitación para ti más inapropiada.

 

Emanuel Silva Bringas
 
 
 
Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                         Página 29-32

El Último Beso

 

El último beso



Eran las seis y media de la tarde, la congestión en la avenida principal de aquel distrito era, como de costumbre, un caos, los agentes de tránsito intentaban poner orden con denodados esfuerzos en aquella ciudad donde ese caos era justamente el pan de cada día, ese caos que devoraba a todos esos ciudadanos que debían llevar a cabo sus labores cotidianas, tratando de poder hacer una vida digna, ganar un sueldo con el cual vivir y poder mantener a sus familias. “Es para tener un mejor futuro” – comentan algunos, “¿qué se puede hacer, maestro?” – rezongan otros, “hay que darle nomas al trabajo, sino cómo…” finalizan, resignados.
Mientras se dirigía como de costumbre hacia su casa, ubicada a treinta minutos de su oficina, pensando en uno que otro tema banal, su celular vibró, al igual que su corazón, cuando vio el nombre de ella en ese mensaje que decía: “ya estoy al fin sola, te espero en el parque detrás de tu casa.” Él, detuvo por un momento su marcha, y pensó en lo mucho que había esperado ese mensaje, y sabía también que eso podría tener un doble significado, una respuesta a la pregunta que le había planteado la última vez que se encontraron en aquel mismo parque y en donde dejó claro que no iba a seguir con el juego que ella le había propuesto unos meses atrás, “te pido simplemente que tomes una decisión, no quiero presionarte, pero sabes bien que alguien puede salir dañado, así que hasta que no tomes una decisión, no te quiero volver a ver” – recuerda que fueron sus palabras. “Llego en treinta minutos, espérame por favor”, respondió el mensaje, y enrumbó nuevamente su camino pero esta vez con un destino distinto.
Joaquín, un joven abogado egresado de una de las más prestigiosas universidades del país, trabajaba en aquel bufete de abogados sanisidrino en donde ejercía la profesión que tan dignamente estudió durante seis largos años, junto a esos compañeros de aula que jamás podría olvidar y que le enseñaron tanto dentro como fuera de las aulas de clase. Era un tipo espigado, de cabellos ondeados y de rostro ovalado, en donde se hallaban esos ojos color café que había heredado de su abuelo, de quien también heredó el nombre. Él era de aquellos muchachos extrovertidos, siempre presto a llevar el caso más complicado, aquel que nadie quería tener, ya sea porque no “tenía solución”, o porque simplemente demandaba demasiado esfuerzo y las dichosas horas extras impagas – como en todo centro de labores de ese país tan pintoresco en el cual le tocó nacer. Era además muy dedicado al arte, sobretodo a la pintura, solía organizar talleres  para compartir con sus mates las últimas creaciones que pudieran habérseles ocurrido en la semana, o criticar de manera positiva – y otras veces no tan positiva, los últimos trabajos presentados en las galerías de arte de la ciudad. Era pues, un joven con relativo éxito en todo lo que hacía, pero como no siempre se puede tener todo lo que se quiere, existía un ámbito antagónico en su vida, en el que se sentía sumamente desdichado por esa bendita timidez específica que le acompañó siempre: el amor.


Durante el trayecto, no dejó de pensar en aquella muestra en la galería de arte de su entrañable amigo Ramiro, en donde la conoció, y menos aún pudo dejar de pensar en esos ojos que lo conquistaron, negros como las noches de invierno en el septentrión, y esa sonrisa que podía domar a cualquier fiera, incluso a la más salvaje, incluso a él.
Llegó en el tiempo pactado, y ella lo recibió con una sonrisa y un beso en la mejilla, señal para él de que la suerte estaba echada. “Hola, llegaste justo a tiempo, estaba por irme” – le dijo ella, más coqueta nunca, “pero si te dije que llegaba en treinta minutos y cumplí, mira tu celular si quieres” – respondió él aun atontado por esa sonrisa tan angelical. “Lo sé bobo, te estaba bromeando, nada se te puede decir a ti, ¿no?” – replicó ella con un puchero en el rostro, y agregó “bueno, tenemos una conversación pendiente, ¿cierto?, entonces… ¿a dónde vamos?”. “Vamos a mi departamento si gustas, pero antes necesito que esta conversación se torne algo más especial, acompáñame al supermercado para comprar algo de tomar” – dijo el con cierto aire de melancolía, como sabiendo que ese era el final de la historia que había comenzado de una manera turbulenta exactamente hace seis meses. “Está bien, vamos” – sentenció ella, y se dirigieron hacia el supermercado que se encontraba a tan solo cinco minutos de allí, comprando un vino de la más fina cosecha que pudo encontrar.
En el camino, ambos guardaron silencio, él por la timidez que sentía cada vez que estaba a su lado, ella porque al parecer aguardaba a que todo estuviese listo para poder decir lo que tenía que decir. Llegaron al departamento en el tiempo previsto, tomaron el ascensor que daba directamente hacia la sala de ese moderno pero modesto y acogedor departamento del piso ocho, en donde ellos habían pasado noches apasionadas e intensas, de lujuria y amor. Ese lugar que era tan de ambos…
“Han pasado dos semanas desde la última vez que conversamos”, le dijo Joaquín mirándola tímidamente, con cierto temor de saber, casi de antemano, la respuesta que tanto esperaba, para bien o para mal. “Olvídate de eso por favor, pasemos este momento como si fuera el último, hazme el amor, poséeme, hazme olvidar que soy de otro” – repetía ella mientras se despojaba de sus prendas. “No, ¡detente! Necesitamos hablar de…” – dijo él, pero no alcanzó a concluir la frase cuando quedó perplejo al ver ese cuerpo desnudo, perfecto, de formas rutilantes y con esa fragancia que tanto la caracterizaba, fresca como los campos suizos en época de primavera y suave como la brisa matutina que acariciaba su rostro y le hacía recordar tanto a ella. Entonces él sucumbió a sus encantos y cumplió al pie de la letra todo lo que ella le pidió, su voz incontestable hizo de él un simple sirviente de esa diosa, su diosa.


Cuando aquel encuentro intimo culminó y mientras ambos se encontraban exhaustos y desnudos sobre la cama, única testigo de esos momentos tan íntimos que vivieron, él, en la infinita ternura que ella le provocaba, le dijo dulcemente al oído: “te siento tan mía, no podría vivir sin ti, ¿lo sabías? Te amo y no me importa nada”. “Nadie me hace más feliz que tu Joaquín, sino no me arriesgaría a que alguien se enterara de lo nuestro…” – dijo ella, quien acababa de encender un cigarrillo que había tomado momentos antes de la mesa de noche, “…pero esto ya no puede seguir, en tres semanas parto hacia los Estados Unidos con él para casarnos allá… espero que sepas comprender y que algún día puedas perdonarme”. Estas últimas palabras entraron como una filosa daga al corazón de Joaquín y serían paradójicamente éstas las que retumbarían en su cabeza por el resto de su vida. “No te preocupes, no tengo nada que perdonarte” – dijo él, con la voz quebrada por el silencioso llanto.
Esa noche concluyó con un silencio fúnebre que se apoderó del departamento, el cual aún guardaba la fragancia de aquel encuentro. Ella se despidió de él con un beso tierno en la frente, él la abrazó y con lágrimas en los ojos le deseo lo mejor, luego la acompañó hasta el ascensor en donde le robó el último beso, el de despedida, el más triste de su vida, y, finalmente, la vio partir.
El tiempo pasó, y Joaquín se convirtió en socio principal de una de las firmas más importantes del país, llegó a tener todo lo que cualquier mortal envidiaría: un auto de lujo, una casa grande en donde tenía un taller de pintura y en el cual dedicaba infinitas horas en retratar la imagen que aun guardaba de ella en su memoria… tenía pues, una gran fama y una vida exitosa, pero infeliz.


 

Es así que todas las noches cuando llega del trabajo, se sienta en su escritorio y observa en el bar que mandó a hacer el vino comprado que jamás tomó junto a la única mujer que amó con locura, y siente que, a pesar de todo, no pudo olvidarla. De ella no supo más, fue la decisión que tomó aquella noche y que mantiene firme hasta el día de hoy. Él, por causa de su noble corazón nunca le deseó mal a nadie y ella no podía ser la excepción, a pesar que probablemente se lo merecía, a pesar que ella no lo eligió y a pesar de que, cayendo en cuenta de todo lo sucedido, ella simplemente le mintió.
 



Israel Cáceres Arroyo




Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                Página 24-28




Exequias

 

EXEQUIAS

(4-7-11)
El hijo de mi madre ha muerto.
No se escucha un solo gemir.
El hijo de mi madre ha muerto.
No hay nadie que sea infeliz.
El hijo de mi madre ha muerto.
Nadie lo ha visto partir.
 
Es algo nunca antes visto el frenesí del danzante. Cántico que sus labios rocían, no se ha oído jamás. Es un júbilo que traspasa la imaginación y los mundos. Perplejidad y estupor del luto; la ira del lamento y la aflicción. ¿Quién es este demente, capaz de desafíar todo entendimiento en este páramo? ¿Qué es este poder, ese ímpetu, que lo mueve en pasos desaforados que nadie puede interpretar?
 
El hijo de mi madre ha muerto.
Se ha ido tan repentino.
Quitado fue de entre su casa.
¡Nadie lo vio al partir!
 
Bate así los brazos alzados, rascando los cielos todos. Sus pies repican sobre tierra sellada. Liberta su voz un grito desaforado, un nombre no conocido. Ha tornádose un espectáculo. ¡Celebración! Se ha levantado un ambiente de fiesta. Se ha derramado un torrente de risa. No encuentra lugar la inhibición. ¡El carcajeo gobierna el aire!
 
El hijo de mi madre ha muerto
alguien más ha bajado
a llenar sobre la cárcava
la más extrema ovación.
 
Fuerte luz sobremanera. Irrumpe el compás de los tambores. ¡Gloria ignota es! Surca el parecido entrambos; ¡iguales en desenfreno y locura! Es aun más asombrosa la presencia de este otro. Arden sus ojos con la llenura de la satisfacción, largo fue su anhelo ¡e implacable su persecución! Tanto se parecen el uno al otro, ¡es idéntico su danzar! Paso a paso fluyen en un mismo festejo. Tanto se han sumido en luz y estridencia; son como uno solo. No se sabe más quién es quién. Debe ser uno del otro el reflejo, como si hubiese aquí, ¡un espejo sobrenatural!
 
El hijo de mi madre ha muerto
su funeral no es sino
regocijo celestial.
 
Han desatado una fragancia impertérrita. En vueltas y saltos han proclamado una pasión. El alboroto de su baile ha establecido un dominio. El aroma de su corazones uno mismo es. Empiezan a reconocer y someterse los espectadores. Ya nada resulta irracional. El amor que los estrecha hasta fundirlos, manifiesto se ha hecho ya, como una enseña en el crepúsculo. No existe modo en que este pueda, dejar de ser reverenciado. Tangible se ha hecho su realidad, ¡pesa sobre esta tierra que los ve amarse! Va avanzando, va cubriendo, ¡todo en derredor!
 
El hijo de mi madre ha muerto.
Sobre mi tumba un reino ha nacido,
no existe paz mayor
que la de mi descanso.
 

 

Emanuel Silva Bringas

 

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                Página 22-23

El Sabor de la Piel

 

El Sabor de la Piel

 

Día uno

Santiago escucha Media Verónica, canción número siete del disco Alta suciedad de Andrés Calamaro:
“Media Verónica despierta
le molestó la luna con la ventana abierta,
lleva una carta desde el frente
un cántaro se rompe y se secó la fuente.
Va decidir qué hacer cuando despierte del todo
y borrar con la mano lo que ayer escribió con el codo.
Habrá que ver si la crónica Verónica reacciona…
la Verónica mitad tiene muy poca maldad
pero está cansada de esperar (…)”
Ahora se rasca los ojos y sale a pasear. Tiene náuseas pero quiere escribir como nunca antes.
***
El cielo está nublado. Cojo una ramita y empiezo a escarbar la tierra. Me cae una gota de lluvia en la nariz. En pocos minutos la vereda se llena de puntos oscuros, entonces abrazo mi mochila y me marcho. Estoy pensando en un cuento que quiero escribir, el último cuento. Después voy a dedicarme a la novela. Quizá me di cuenta de ello esta mañana, cuando aún había sol. Estaba leyendo Los detectives salvajes de Roberto Bolaño y de pronto, mi boca se empezó a llenar de saliva, como si estuviese hambriento. Comencé a pensar en la muerte, en el suicidio. Ahora solo pienso en caníbales.

Día dos

Busqué en el diccionario el significado de caníbal: Nombre dado a los antiguos caribes por los españoles. Antropófagos. Que se come a otros de su misma especie.
También me he tomado el trabajo de transcribir las canciones de Alta suciedad, un disco de Andrés Calamaro. Peculiarmente triste. No sé por qué al escucharlo siento que el corazón me late en la boca, como si lo fuese a vomitar.  Me encuentro en una situación poco envidiable… a veces creo que nunca podré ser feliz, que la felicidad es orgásmica, que es como la muerte: un segundo que se amplía en reflexiones milenarias, en creencias, dioses, sectas, partidos políticos, etc.
Uno nace a destiempo y muere a destiempo también. Nunca existió el momento indicado, lo inventó la gente para tener mesura.
Ahora pienso en Verónica. ¿Tiene algo que ver el amor y la antropofagia?

Día tres

Me desperté a las once de la mañana con los ojos rojos y la lengua seca.
Ahora estoy sentado en la mesa del comedor escribiendo un boceto del cuento que planeo escribir.
No se me ocurre nada.
Pienso en la noche de ayer, recuerdo algunas cosas. Recuerdo que vomitaba. También recuerdo a Verónica.
Fue en el zaguán de esa casa. La música era estridente, los mareos me echaron a perder. Quería marcharme, irme lejos, como siempre. O matarlos a todos y dispararle también a esos malditos amplificadores, y luego gozar del silencio recostado sobre algún sofá. Pero la vi. Allí estaba ella, media moribunda. Quizá necesitaba que alguien la auxilie. En ese zaguán, con las luces apagadas. Llena de remaches y drogas, oculta en el vértice de las dos paredes tapizadas. Durmiendo con los ojos abiertos, el maquillaje rodando como lodo, como lágrimas de alguien que tiene contaminado el corazón. Sí. Durmiendo, o quizá para entonces, ya era una flor acaparada por la muerte. Cuánta poesía había en ella. Tan abrupta como los retratos de Sábato. Tan sola.
 
 
 
 
Pienso en la noche de ayer y pienso en Andrés Calamaro haciéndole el amor. Entonces me provoca llanto, furia. Ahora me sangra la nariz.
Me encanta pararme en el balcón y ver la calle larga hasta aquel punto en que desaparece, en que otros ojos toman poder sobre ella. Pienso en Verónica y pienso en la literatura. En Jack Kerouac haciendo autostop en California con el sueño de llegar a Nueva York. Vivir escribiendo, escribir en la ducha, en la cama mientras follas con una fulana, o con el amor de tu vida. Escribir en una piscina, en un autobús, en todas partes. Escribir para producir morfina, para no sentir la muerte o sentirla y escribir algo en forma de advertencia. Dios, tengo hambre.
Necesito caminar.
***

Día cuatro

Santiago coge un cigarrillo y lee el cuento que ha empezado a escribir, entonces recuerda la canción de Calamaro:
“(…) media Verónica está rota
no tiene muchos años pero le hicieron daño,
rompió una lanza por la risa,
pero no tiene prisa y se ríe muy poco…
no va a saber qué hacer cuando no sople más viento
no sabe distinguir el amor de cualquier sentimiento,
quiere vivir una vida diferente cada día
la Verónica mitad está en la flor de la edad
pero está cansada de esperar (…)”

***

Verónica está muerta.
Fumo un cigarrillo mientras comienzo a redactar mi cuento. Es un cuento tenue y sórdido, como todo lo que nos afecta en la vida. Un cuento como la vida misma pero sin ocultar nuestras perturbaciones, sin ser finos. Es cierto eso de que lo más pesado se esconde en los sucesos menos relevantes, pero esas cosas pesadas también son sórdidas y tenues.   
 La historia es más bien una imagen: una madre que se come a sus hijas mientras gime una canción de cuna. Es terrible pero no puedo echarlo a la basura. Escribo a grandes velocidades, como poseído por el hedor de un orgasmo. Y en cuanto escribo veo el rostro de la madre mirando a las hijas llorar en la cama y las margaritas en el jardín y un hombre desesperado tocando los vidrios de la ventana. Un hombre con los ojos mojados, eufórico. Presumo que es el padre. GRITA. Se deshace mientras la madre coge a una de las criaturas y se la empieza a comer, sí, pensando que pronto la tendrá en el estómago y nadie podrá quitársela, y en realidad el sabor crudo la empieza a empalagar, y la sangre que se desliza por su barbilla como una miel salada, y las pobres niñas mutiladas, llorando a chillos. Pero es su deber devorarse a ambas. Me pregunto cómo podría dejar a una fuera de sí, quizá después ésta crecería celando a la hermana que habita en el estómago de la madre. Si no es devorada vivirá creyendo que debe enfrentar al mundo sola. Los complejos son lo peor, piensa la mujer caníbal, como quien aprende una lección… Lo interesante es como se miran la madre y el hombre aquel que ha quedado petrificado frente a la ventana, y de pronto sería necesario poner atención en los ojos de la pequeña que espera el momento. Las imágenes. Las fotografías. El tiempo. Los ojos cuando hablan, cuando no te dejan respirar, cuando te dicen adiós por última vez.
Ahora pienso en los ojos de Verónica…………………………… esa noche. En el zaguán, yo me fui, Verónica, te dejé sola, sin conocerte y sin que me conozcas.
Debería haber un día en el año para todos los desesperados. Quizá me harían una estatua.

Día cinco

“(…) En la ventana hay una nota:
el pájaro no vuela tiene las alas rotas,
media Verónica lamenta que el tiempo se consume
y lo demás no cuenta,
la vida es una cárcel con las puertas abiertas –
Verónica escribió en la pared con la tripa revuelta,
Nada que ver, no habrá flores en la tumba del pasado…
La Verónica mitad dice siempre la verdad
Pero está cansada de empezar (…)”
Santiago se sienta frente a la computadora mientras las últimas melodías de la canción número siete se consumen en los parlantes.
***
Pienso en Andrés Calamaro y en Verónica y también pienso un poco en mí. Sí, al final no queda más que pensar en uno mismo, porque uno los contiene a todos, se los traga. Cierro los ojos y veo la habitación de Verónica, esa habitación con la ventana abierta y las cortinas bailando y el viento trayendo ese olor de amanecer. Cierro los ojos y allí está Andrés, desnudo mirando a Verónica. Qué noche, piensa. Y luego se marcha porque no sabe entender que las personas no olvidan. Entonces Verónica despierta y ya nadie le roza la espalda y está sola otra vez, y está cansada de estar cansada. Pobre Verónica. Pobre de mí.
 
 
Estoy llorando, Andrés. Acabo de vomitar al lado de mi computadora porque en mi cuento una madre se está tragando a sus hijas y siento que tiene sentido. Al fin y al cabo el canibalismo es una filosofía, es el sentido más sórdido de los lazos de pertenencia. Me preguntó que sentiste cuando al dejar a Verónica por última vez, caminando por la calle viste que tu mano empezaba a sangrar. Vaya sorpresa, Andrés, te falta un dedo o acaso dos. Tienes miedo Andrés, qué va a pasar cuando te vayas antes de que alguna de ellas despierte, y tarde ya, te des con que se han tragado tu corazón. Por eso regresas, para preguntarle a Verónica qué pasó. Pero Verónica no está, Andrés. Tiene las venas rotas, la nariz irritada, con puntos blancos desperdigados como la pólvora de un revólver. Quizá leyó esa nota que le escribiste “el pájaro no vuela tiene las alas rotas”y recuerda cuando ustedes dos caminaban por el parque y de pronto una paloma cayó desde lo alto, muerta y fracturada. Y piensa en su espíritu mutilado, devorado por cada hombre que se marcha. ¿Qué pasó, Andrés? Has encontrado lo que inventabas en tus canciones. Ahora eres un villano. No podrías ser un caníbal, no podrías tener alguien dentro y digerirlo y eliminarlo. No podrías vomitar un ojo, una lengua, sería demasiado para ti. No sabrías amar. Porque tú te marchas por la calle larga cada mañana después de dejarlo todo en la oscuridad, porque tú puedes abandonar.
Quizá vivo abandonado. Dónde estás, Verónica, dónde has ido a parar.

Día seis

Hoy sólo he dormido.

Día siete

En la pantalla de la computadora se lee:
“Entonces cogió a la menor de sus hijas y se la comió lentamente…”
La cabeza de Santiago yace sobre el teclado y empiezan a aparecer letras repetidas en la pantalla. Llora, llora convulsivamente.
***
6.47 AM.
Las seis y cuarenta y siete es ese momento en que las cosas se detienen, ese momento en que las cosas terminan de perderse. Es ese instante en que todas las historias se entrelazan y uno es todo y en todas partes.
He escrito el final de mi cuento, el último de mi carrera. Estoy algo turbado, no es fácil dormir cinco noches pensando en una madre que se come a sus hijas para tenerlas más cerca, para protegerlas mejor. Pero el rostro de Verónica, ese instinto caníbal que rodea todo esto, sentirse un antropófago, todo esto me ha turbado mucho más. Al fin y al cabo este cuento ahora es un papel, algo que evoca una situación mucho más grande, un laberinto que se incendia dentro de mí, pero que tarde o temprano será ruinas o cenizas flotando en el mar y me costará demasiado recordarlo. En cambio, esta sensación caníbal, esta complicidad depredadora no cesará. Por qué el arte será tan sangriento, por qué tiene que morir la gente para vulnerar. Debería dormir más pero siento un hambre atroz. Sin embargo veo la comida y me descompongo. Quizá sea porque mi hambre quiere devorar cerebros y corazones y luego sentirlos latir dentro de mí y llorar como un convicto cuya pena carcelaria es la vida. Entonces vendrán los mareos, las arcadas, el sudor frío… sí, todo hace presagiar que es un dolor físico el que sentimos los artistas, que una pastilla nos dará bienestar. Vomitar físicamente no es como vomitar desde el espíritu. No botas alimentos y bilis, sino brazos de niños que piden auxilio, labios de mujeres perdidas, no botas almuerzos grasosos sino ojos que lloran como diciendo por qué nos dejaste solo, Santiago.
Debo beber un poco de agua. Ahora cierro los ojos…
 
 
 

 

Me dirijo al balcón, veo la calle extensa. La luna parece una uña perdida en la niebla y el sol es un montón de rayas horizontales que arañan el cielo y lo hacen sangrar. Sí, cuánta belleza contiene el mundo. De pronto veo la melena de Andrés revoloteándose por el viento, cruza la calle, enciende un cigarrillo, luego silba y trata de disimular esa pierna ortopédica, lo escucho… como un fondo de música que pone la piel como de gallina. Siente ese ardor en la médula. Ahora se confunde entre la gente y luego en la ciudad y después en el mundo. Es hora de dormir, pienso. Ahora me recuesto en la cama al lado de Verónica, apago el equipo de música que repite siempre la misma canción. Luego la miro con detenimiento. Qué horribles son los muertos, digo, qué fríos, qué apagados. Una gaviota se posa en mi ventana, no puede volar, y a la vez que presume su muerte, sus ojitos infernales parecen pedirme algo. Ahora me echo sobre Verónica y chillo mientras le trato de hacer el amor. Un escalofrío surca mis venas como una inundación de éter. Tú no estás aquí, pienso, mientras muerdo uno de sus brazos.  
 
 

Miguel E. Coloma H.
Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                         Páginas 14-20


 

La Habitación del Sueño

   

La habitación del sueño

Habitación del sueño
noche bruja
claraboya de luna
en el espejo oval.

Al vórtice de un cono
de luz azul
abismados
cual tres almas licnobias
en medio de la estancia:
una silla
una mesa
y un plumero;
y en el curvado espacio
que en derredor ondula:
el polvo de la duda.

Aquí sueño y fatiga
confabulan
el equilibrio doma
la balanza
y en la noche, el día…
Fecunda la penumbra.

En esta habitación
oblonga alcoba
cada cosa ha perdido
su contorno
viene a dar lo mismo
los granos del piano/o
las teclas del maíz.

Aquí el poeta es
un hueco en las paredes
dos manos sosteniendo
una cabeza
separada de un (cuerpo)
cerrado en un paréntesis.

Aquí el poeta es Dios
y Satanás
al mismo tiempo.

Habitación del sueño
noche bruja
sopor de los insomnes.

 

         FELIX LLATAS

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                         Páginas 7-11

Echonal

 

Echonal

 

La noche no tenía escapatoria, simplemente, no la tenía. Renegaba de estar donde estaba, de haberme escapado de casa, de mi otrora actitud rebelde; y ahora, sobre todo, de haber entrado a este bar de pésimo gusto, como lo fue la idea misma que concebí y me conminó a entrar, pedirme un Capitán con coca-cola y escuchar al primer crápula que se me acercó.
Caramba, qué compendio de malas decisiones. No sé cómo se llama el vagabundo, pero lo que sin saber se nota es que es un pobre diablo, un perro de la calle, gentuza que nadie lloraría si se conoce la noticia de que ha caído abatido en alguna callejuela de la ciudad.
“Otro salud para usted, profe, por el honor…no, válgame Dios, el honor es mío”.
Mírenme, si no soy un hipócrita de campeonato. Le hablo mirándolo a los ojos, a ese par de glóbulos amarillentos con el iris negro, recio, duro, como su cabello, como su tez misma, como todo él.
Me habla; me rio. Me conversa; lo miro. Divaga; odio su aliento avinagrado. Me mira; siento lástima por él. Me miente; sé que lo hace. Me dice la verdad; no le creo nada. Me invita otro Capitán; no sé decirle que no.
“…porque yo jugador profesional debiera ser. ¡Profesional!. Vah, ¿qué, no me crees?, los mejores clubes me pretendían”. Lo miro hacia abajo mientras fanfarronea. Abajo porque es un petizo y porque hasta en eso me siento superior a él. Ahora que lo pienso, seguramente por eso aún no me he ido, porque me encanta sentirme superior a quién sea.
“Allá por el ochenta y dos fue que jugué por el Alianza Lima. La joven promesa era. El sucesor del Poeta me decían. Los mejores chimpunes me daban, los no tan gastados, los que al menos no olían a pezuña. Verdacito. Era querido en el barrio blanquiazul”. Engullo el Capitán, está amargo, sabe a basura, el muy jijuna me ha invitado un cinzano: encima eres pobre, encima no sabes darle respeto y lugar a tan distinguido escucha como yo. “…pero también, con la gloria viene la maldad, la envidia, la mano negra del que no puede ser como uno. Tú sabes, ¿no?, sabes que en el Perú cuando uno está triunfando, ahí mismo te saltan las alimañas a bajarte y a revolcarte”.
Este trago maldito me ha samaqueado, me ha dejado en ese limbo entre la fatiga y la espontaneidad, entre el cansancio y la locura, o sea, entre las ganas de irme ya a dormir o salir de aquí y comerme al mundo. Sin embargo, heme aquí, con este mequetrefe, ¿de qué rayos estará hablando este tipo?
“Había un negro, el negro Arana, terrible hijo de puta. Desde que llegué a la institución me tuvo envidia: me miraba feo, se robaba mis chimpunes, mis casetes de salsa, y hasta se atrevía a llamarme cholo creído…” Hago una mueca indignada, un mohín de pena, de lamento y de complicidad con mi nuevo amigo. Siento que debo hacerlo, siento que lo que dice apunta a granjear rictus de camaradería. “Yo lo banqueé al negro. El negro era el nueve titular, pero cuando yo llegué el profe al toque me puso en el equipo, y mandé derechito a la banca al negro. Por eso me odiaba, y por eso hizo lo que hizo…”
La cama, opto por mi cama y tomar una siesta de sus bien ganadas doce horas. Me voy, me quiero ir. ¿Cómo se lo digo?, odio no ser lo suficientemente malcriado como para largarme sin mayores rodeos. La educación, pues, la buena crianza de mis señores padres no me permiten irme como un enajenado vulgar.
“Sí, firme que lo mandé a la banca. Por eso en un partido de práctica, antes de ir a enfrentar al Ciclista Lima, me acuerdo; mientras jugábamos los titulares contra los suplentes, me tocó disputar una bola dividida. Yo, has de saber, soy de ir al choque, partidario total del cuerpo a cuerpo; y al otro lado del balón ya te imaginarás quién estaba… sí, pues, él mismo, el negro Arana jijuna la gran puta… Fuimos ambos al choque, pero el muy desleal me alzó la pata y, en vez de ir a la bola, a mi canilla fue, y entonces me torció la pierna de apoyo y me la quebró hacia atrás…”
Pobre hombre éste, se nota que ha sufrido. ¿Le dolerá si le digo que me voy, que ya nos vemos, que gracias por el cinzano? Saliendo de acá me voy a los bares de Dasso, ya lo decidí, mejor así, muy aburrido irme a dormir, ya dormiré cuando sea viejo, por ahora es mejor aprovechar la juventud.
“Tres meses y medio estuve hospitalizado. Enyesado toda la pata, doble fractura; comiendo lentejas frías y las gelatinas agrias que ofrecen en el Sabogal. Qué hospital para más mierda, ese”. Dile adiós, nos vemos. No, no, parece que ya va a terminar. Me va a ahorrar la tediosa despedida. En cualquier caso, agradece el trago barato y sales como un caballero.
“De ahí nunca fui el mismo. La pierna no reaccionó, que va, no volvió a ser lo que era. Los años se me vinieron todititos encima, engordé, saqué panza, tuve a mis cinco hijos con la Delcy, mi señora, y ya, mi carrera de crack se fue derechito a la mismísima, a la gran… Bretaña…”
Levanto los hombros, como sintiéndolo, como diciendo ¡qué mierda que es la vida! Bueno, es hora de despedirse, hora de decir adiós…
“Eso sí, ni creas que dejé las canchas, ¡eso sí que no, ah! Me llamaron para jugar en un club de segunda en Trujillo, porque yo ya no era lo que era, es cierto, pero algo era aún. Todavía me gustaba corretear la pelota, ser un carrilero empeñoso, un cabeceador maldito, un mete-codo bravo. Así que me convocaron de los Diablos Rojos de Churín, el equipo más bravo del norte. ¡Ah, carajo…!, ese equipo lleno de forajas estaba: ex presidiarios, gente del hampa, gente del Alto Churín. Habían querido formar un dream team de temer, un All Star de bravos, y ahí estaba yo, el nueve, metiendo pata y apoyando en cuanta bronca se formaba”.
Ya no lo miro más. Desgraciado, mal educado. ¿Qué no ve lo mucho que me importuna? Ni la mirada le regalo a este rapaz. Cuánto borracho en esta cantina, como cancha, a granel, y de todos a mí me tiene que venir a aburrir con su plúmbeo novelón. Malvado.
“Recuerdo la final de la Copa Interclubes que jugamos en el Complejo Chicago… ¿No te aburro, no?… ¡Perfecto, correcto!, sigo entonces… Contra el Juventus Virú jugamos, unos zambos así de grandes, unos cholones así de macetas. No te imaginas. Al final empatamos, nos fuimos a la tanda de penales, y con gol de este humilde servidor se pudo ganar la contienda. Ya de ahí se armó el deshueve, el bolondrón, ¡una sacadera de mierda…!, para qué te cuento”.
Todos los borrachines han volteado a ver a mi interlocutor. Cada una de las miradas achinadas son para él y para sus gestos toscos, y su voz resonante, que se exacerban mientras va contando lo que cuenta, lo que inventa, lo que vivió, o, si acaso, lo que quisiera vivir.
“A dos grandazos me tumbé, a dos a punta de puñete en la ñanga y patada limpia. Y por eso yo alcé la copa; una copa linda era, de oro de fantasía, linda”.
Ya basta con esto. ¡Mírate! La gente te observa, te creen un loco desgraciado, un loco menor que se desvive haciéndole caso a un loco de mierda como éste. Cada vez es más tarde, cualquier plan será ya imposible. Nos vamos o nos vamos: “Gran historia, míster, pero…”
“¿Me esperas un ratito, sobrino?, quiero ir a meterme una achicadita brava… Mozo, un Capitán para mi compañero…Ya regreso, tómate un traguito por la espera”.
Sin decir palabra alguna, el cuenta cuentos se marcha arrastrando los pies, desorientado hasta perderse entre los cuerpos ventrudos del lugar. Solo un instante después, el camarero me toca el hombro y “su trago, joven”.  Empuño el vaso lleno de líquido claroscuro, con hielitos flotando como peces en el agua, nadando por ahí, haciendo del vaso uno gélido, uno glacial.
Tomo un sorbo, uno más; un trago avezado, uno aún peor, luego un seco y volteado. Y así, como quién no quiere la cosa, me he bajado el trago que me ha invitado el gentuza éste que, a propósito, ¿dónde rayos se ha metido?, ¿quince minutos en un achique? O es uno muy bravo, o este me ha timado, me ha visto la cara, y seguramente ha granjeado una historia más para su porvenir.
Viene el mozo, que si me quiero servir algo más, que la cuenta, que son tres Capitanes más ocho cinzanos que se ha tomado mi acompañante. “Valgame Dios, yo estoy en calidad de invitado, a mí no me cobre nada”. Que vio a mi acompañante salir y perderse en la calle, que piña, legal nomás, paga, chino, paga y no llores, paga que aquí los traferos se van bien desmejorados, bien sacadita la mierda.
Te dije, te dije vamos ya. ¿Ya ves?, ahora, pues, ahora saca a relucir tus buenos modales y tu mesura para no herir los sentimientos del primer bicharajo que te cuenta la vida. Ahora, pues. Mientras corres como un enajenado, con tres zambos atrás persiguiéndote, piensa en la cordura, en ser un buen oyente, en cómo se referirá de ti el rapaz en sus historias futuras.
 
Julio Fernández-Meza
 
 
Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                         Páginas 7-11

Aquel y la Noche

               

Aquel y la noche



Solitario andaba el cuerpo menudo
dando tumbos como perdido en la noche
pensando tal vez en la dicha de aquél
que feliz era al lado de sus bienqueridos.

Caminaba vagando por las sombras,
pasando al lado de perros y vagabundos,
quienes dichosos se sentían de ser
lo que en su vida siempre anhelaron.

Deprimido por la mala suerte echada
a cuestas durante treinta años de vida,
y sin imaginar lo que se avecinaba,
paró su marcha a meditar con la luna.

Derrepente, el cuerpo cayó de golpe
al suelo frío de aquella triste avenida,
atravesado por una desenvainada arma
del iracundo sujeto que le gritó: ¡bribón!.

Yerto y tendido de bruces sangrando
sollozando por dentro su desgracia,
giró su débil rostro magullado y
a su verdugo infinitamente agradeció.

 

Israel Cáceres Arroyo

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
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Editorial del Quinto Número

 

MI PENDÓN

 

    ¡Ah la luz bendita de mi ruedo! ¡Otra vez a las andadas! Todo va explotando en derredor. Mis palabras encienden otra vez esta magnificente hoguera. Fue todo un asco soportar ese pozo maldito. ¡Un trance ridículo! Mas heme aquí de nuevo, haciendo lo que ustedes ven. Con nueva sangre erijo este mi espacio, ¡mi dominio! No termina aún mi asombro, y lejos está mi sorna de su clímax, ante la idiótica caterva que se creyó me quedaría allí. ¿Qué es ese el lugar al que pertenezco? ¡Válgame! Jamás he oído semejante disparate. ¡Los gusanos se los comerán a todos y yo seguiré aquí haciendo aquello a lo que he venido!
 
    Si alguno creyó que estoy haciendo sonar bombos y platillos, les digo que solo fue una breve calistenia, y hasta aquí llega. Suficiente desentumecer. Ya comprobé que el encierro no me ha entorpecido, y ya le di a los escépticos lo merecido. Si alguno pensó que desprenderme del sueño de los olvidados ha sido una epopeya, les pido menos ingenuidad. Ya en el vientre del destierro, lo supe pura ilusión. Su fuerza era un burdo engaño, ¡artilugio le dicen! Me era natural comprender que a mi sola voz, lo resquebrajaría por completo. ¿A dónde iría entonces? ¿A esa comarca de ratones asustadizos de la cual me expectoraron? ¡Más tolerable era esa payasada de encierro! Hasta dulce, diría.
 
Me era necesario envolverme en mí mismo y meditar así en medio de aquella oscuridad del exilio. ¿Cómo me aconteció algo tan inadecuado? Estaba absorto ante ello. Luego de una larga meditación lo pude ver todo con claridad: ¡Fui burlado! Vaya lugarsito aquel en el que fui invocado. Mi prisión, con todo su falso poder, fue mucho más sincera.
 
    Alcé mi voz en medio de criaturas que jamás oyeron un sonido como el mío. Ese mundillo de pacotilla, esos linderos tan mezquinos y punzocortantes, ¡desentonaban del todo con mi naturaleza! ¿Cómo pues estarían si quiera a la altura de reaccionar con estupor ante una presencia como la mía? ¡No! Solo pudieron confundirme, intentar explicarme dentro del escueto marco de su imaginario. Tenían que relacionarme a lo por ellos cognoscible. Los sonidos que conocían eran pura bulla, ¡un sonsonete a lo mejor!  Yo vine con un canto de emancipación que sus oídos ni si quiera pudieron registrar. Osaron… ¡tenían que compararme! Como si en su mundo reducido y decadente hubiera con qué. ¡Ja! ¡Patético! No pudieron ver que soy a todas luces único. Cuando vine a ellos, me tomaron por un bufón más, de tantos que vinieron a pasar el rato entre ellos. Como si yo hubiese venido a entretener, a rendir un simple espectáculo de gitanos. ¡No señores! Yo estoy muy por encima de semejante barbarie. Qué iba a pensar yo, que en medio de pasillos tan jactansiosos, no encontraría más que curiosos en busca de novedad, sin deseos de más nada que barullo efervecente.
 
    Les hablé en lengua desconocida, como jamás había subido a sus oídos. Lengua sublime de un mundo distante. Un sonido ininteligible retumbó en sus mentes, hechas a la usanza de gritos de excitación sin propósito alguno. ¿Decodificar? ¡Ja! demasiado lejos de tal naturaleza. Pasaron así mis palabras desapercibidas, no encontraron donde engendrar aquello que las impregnaba. Nadie se apercibió de la fuerza descomunal que viajaba en el estallido de mi voz. Por esto me hicieron a un lado, me propinaron un frío espaldarazo. Lejos les estuvo el reconocer de dónde procedía mi estandarte. A pesar de su excelencia, no es complicado mi pensar. ¿Cómo se me ocurriría suponer existirían seres tan reptiles, incapaces de entenderlo? Por esto creí natural que recibieran mi mensaje, y sus burdos ademanes de asentimiento me parecieron evidencia de su comprender mi lengua. ¡Oh porqué los creí dignos de mis labios! Más aun, de mi presencia. Quise levantar entre ellos mi morada, en tanto me tenían por un fantasma de los que juegan bromas, por una luz psicodélica que revolotea a oscuras, intermitente, sin saber a dónde va. Tanto me vieron al rostro, sin alcanzar a distinguir mis rasgos. Mi esencia no les pudo ser comunicada en modo alguno,  – ¡ni siquiera pueden ver la suya propia! – ningún aspecto de mi lenguaje se circunscribía a sus limitaciones.
 
    Una vez que pude ver tan grotesco malentendido y aceptar su realidad, a punta de azotes desaforados, troné en derredor. Como un deseo desbocado, una vibra violenta, me he vuelto a hacer presente en esta dimensión. Mi espacio, ¡mi dominio! Ha sido purgado mi organismo, no hay más pluma extraña en mí. Impulso una sangre más acorde a mi código genético. Suficiente de esa zarta de timoratos, ¡jamás seré uno de ellos! No son más que una pelmaza asquerosa. No existe peor hedor que el de las criaturas rastreras, ¡eso a lo que llaman miedo! Basta ya de estos pasillos con afición de numeritos. ¡No soy un payaso! Ni estoy tampoco para aguantar a tales. No porque haya andado entre ellos empezaré a reptar. Los dejo con sus discursillos baratos sobre lo que debe y no debe ser.
 
    Se escandalizarán y hasta se indignarán, como viejas chismosas comentarán mi retorno. Sus más agudos chillidos serán lo inconveniente y desatinado que les resulta mi alzamiento. ¡Qué porqué he salido del cajón al que me lanzaron! espetarán aturdidos. ¡Ah rapaces! ¿Tengo que recordarles que no está en mis maneras pedirle permiso a nadie? ¡No necesito permiso alguno! Gástense en cuchicheos quejumbrosos y aspaventeros. Ninguno de ustedes ha de marcarme el límite de mi capacidad. No pierdan pues de vista lo fundamental: yo he venido a irrumpir, a reclamar la admiración del mañana – ¡no de hoy! – y a apoderarme de ella; vengo a someter, mediante la devoción, hasta el último cuadrante de la actividad que sustenta mi propia vida. Vine pues ¡a dunamitar el cosmos! ¡Sí! no conozco miramiento alguno. Nadie se se amedrenta en el lugar de donde vengo. Es cantera de violentos, pues de allí salimos a sojuzgar todo lugar a donde llegamos. Ese es el destino que llevamos inscrito los nacidos allí.
 
    Con eximio placer entonces, le digo adiós a esta casa que supone historia, y que hoy por hoy no guarda más que una vasta y pintoresca colección de sarcófagos en los que se apolillan a gusto plumas marchitas, ¡muy lejos ellas de entender como es que se forja la historia! ¡Quédense con sus episodios intrascendentes!, que yo voy hacia la habitación de los intrépidos, allí donde el tiempo es tenido en menos, porque la gloria es siempre nuestra de antemano. A mí, no me parió la abulia. Es todo un frenesí libertario el apartarme de este aire rancio. Detesto el hedor del miedo. ¡Ha sido una injuria convivir con esos cobardes! Nada enrarecerá más mi clara identidad. ¡No soy un payaso! Lo digo una vez más ya que han hecho esfuerzos denostables por exhibir torpeza de entendimiento. ¡No soy un payaso! Aun una vez más, y ya que estoy alzando en alto la verdad que no han querido ver; sepan que tampoco entiendo de inocencia juvenil. Nada en mí es inocente, pues por causa de la crueldad me he manifestado. Si les parezco un rebelde fuera de sitio, yo les digo: soy más que eso, soy una rebelión, ¡yo soy el futuro!
 
    ¡Me zurro en la censura!, esto para aquellos fatuos, incapaces de ver por encima de su respingada nariz, que andan por ahí cacareando, llenos de reproches atrevidos hacia mis proclamas; que las palabras no concuerdan con el emisor, dicen, ¡como si hablase yo más de la cuenta! Les recomiendo reconsiderar sus improperios. No soy yo quien se excede. Les conviene medir toda palabra que pronuncien en presencia de mi nombre.¡Mi altisonancia no es gratuita! En pocos lustros tendré el placer de abofetearlos a todos como su desparpajo merece. ¡Pusilánimes!
 
    Nadie es profeta en su propia tierra, así que me zurro en quienes dejo atrás. Si en aquel día caótico, cuando estremecidos los mundos, se hicieron los pactos para permitirme ser traspasado a esta dimensión natural, algún pernicioso y equívoco azar del destino me hizo aterrizar justo en esta congregación de penitentes cuyo renombre no encuentra donde reposar, ¡me zurro! Si el primer desplazarse fue un parto, el segundo será un paseo. ¿O es que también me creyeron paticorto? ¡Ja! ¡Ja! ¡Me voy! No tengo porqué insistir con seres que ni siquiera han terminado de entender lo que es una palabra, ni mucho menos de cuánto es esta capaz.
 
    Grande, inmortal, los ha de acosar mi nombre aquel día, en que la formalidad del tiempo haya sido satisfecha. Porque vine a dunamitarte el cosmos, y así lo he de hacer. ¿Habrán de entender por lo menos eso? Por lo pronto, se me ha hecho propicio el tiempo, para que todas mis audaces manos pasen a calcar mi historia en algo más que papel. Empieza aquí mi hégira. No más constreñimientos. Por delante mío está un desierto abrasador, ¡y yo estoy más caliginoso que nunca! Sé lo que está al otro lado, lo he visto en mis sueños, el lugar donde haré oír mi voz, ¡vasto y espléndido! Tomaré un breve tiempo para trasladarme incluso a otro mundo más, en busca de mi ansiado emplazamiento, donde quieran o no, más temprano que tarde terminarán todos ustedes peregrinando. Todo ojo que busque la fascinación de las letras, mirará hacia el asiento de mi poder, erigido por ustedes mismos como la más sacra y virtuosa cepa de lo extraordinario, en aquel día de liberación y justicia.

 

Alter ego

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Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011

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