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La Tumba de los Inmortales

 

La Tumba de los Inmortales
 
  La cámara era fría y ancestral. Las más sagradas memorias de su gente allí residían. Cada una de aquellas imágenes infundía en su pecho una fuerza sobrenatural. Fuera del recinto se oían las estridencias de la destrucción, los gritos mórbidos de gente excitada, y el ruido sordo de la muerte. Él continuaba en su acto contemplativo, casi ceremonial. La diversidad de sonidos agresivos se acercaba más, más… Pensó, con sorpresa de sí mismo, que después de todo, aquel bullicio parecía tener una cadencia, que podía aun tenérsele por melódico. Luego, en la profundidad de su corazón, procuró asir un concepto que su gente creyó siempre no lo necesitarían. Procuró saber cómo operaría un sibádohqe en sus circunstancias, y cuál sería éste. En pocos segundos entendió: ya era tarde para eso. Fue tal vez un error no prever un día tal, o simplemente aquella expresión – inaudita – de su padre lo explicaba todo: la maldición de la excelencia. Recordó entonces las palabras últimas de su progenitor:
Cuando estas puertas empiecen a ser violentadas, sábete el último de nuestros reyes. No te detengas a pensar en el porvenir, sábelo inexistente. Enfrenta el momento; asume tu investidura. Llénanos de orgullo. Defiende este recinto como uno de nosotros, los que fuimos antes de ti. Sé aun más que nosotros, el día así te lo exige. Ha recaído sobre ti el cerrar el círculo de nuestras proezas. Ten presente, al ser rotas esas puertas, el solo momento te habrá hecho más grande que tus predecesores. Fuiste elegido tú para asumirlo. Sábete el indicado. Ten pues la entereza que nos hizo renombre… y trajo sobre nosotros este día – de lo que no hay que arrepentirse, hijo mío. – No te conformes con el ensalce del solo momento, maximízalo. Graba en la historia lo que hasta antes de ti se creyó inimaginable. Te amo…
Miró a los jóvenes que con él habían crecido, aquel centenar consagrado a estar siempre a su lado, destinado ahora a compartir con él la última llamarada de lo que se creyó un fuego inapagable. Aún no comprendía. ¿Cómo llegó a ser este día? ¿Tanto podía dar de sí la maldad sobre la tierra? Escrutó sus semblantes, no vio muchachos confusos. Eran dignos del peso de la hora; su resolución, incólume. Se sabían dueños de la última línea en la historia de los suyos, y no tan solo de sus vidas. Cuando el fragor llegase a las puertas ellos serían más que la guardia élite del Rey, serían toda su fuerza, el último ejército de su pueblo. Palpó sus almas y conoció que no había hombres más dignos que ellos para estar con él en tal situación. Regocijose.
  Le pareció sentir que el viento soplaba en su cara, tierno, acogedor. Era una sensación, nada más. Siguió acariciando las paredes frías con su mirada. Pronto se teñirían de sangre, pensó. ¿Quedarían al cesar, paredes ensuciadas, o una pintura magistral sería grabada en ellas? Expiró con violencia, e inconformidad. Volvió sus oídos hacia afuera, la cadencia era muy veloz. Acercábase el crescendo. ¡Cuán distinto se había hecho todo!
No había nada que lamentar. Anhelaba, sí, un mañana diferente, pero no resentía nada. Su corazón se fue por un instante con la tierna muchacha a quien debía desposar el siguiente día. El día que jamás vería… Se preguntó si ella tendría la misma claridad, de entender la situación como él lo hacía. Como ella, todas las mujeres que habían enviado lejos, optarían por morir sin hijos. Se conformó con que no viesen, ni gustasen, el ocaso…
¡Las puertas retumbaron! Los alaridos se esparcieron tras ellas. Los jóvenes se formaron y el deslizar de las armas produjo una nota alegre a sus oídos. ¡Bendito sea siempre nuestro Rey!, proclamaron. ¡Benditos seáis vosotros siempre!, contestó… La perplejidad se apoderó de ellos. Ninguno antes de él había dado semejante respuesta. Los miró exacerbado, alzó los brazos e inició el discurso ceremonial…
Es un día negro. Presente y porvenir tenebrosos son. Este es el reino que mi padre me ha heredado: Vosotros y esta cámara sagrada. Esto recibo y por esto me doy. Tras esas puertas resoplan los ilusos. Se creen capaces de vencer lo que, según ellos, son los restos de un reino ya derrotado. Nosotros no conocemos la derrota, tan execrable concepto jamás ha cabido en nuestra mente. Tal es el secreto de nuestra grandeza, lo sabéis bien. No somos lo que resta, somos el renuevo. Lo escogido para dar la lucha definitiva. No habrá mañana, es cierto. Habrá eternidad. Una vez más seremos el asombro del mundo.
Gritó. Gritaron. La sala fue llenándose de fiereza, hasta cubrir sus cabezas. El cerrojo se resquebrajó. Él dio medio vuelta, aguardando la irrupción. Tras de sí, aguardaban también los suyos, con esa misma vehemencia. El siguiente golpe abrió su campo visual por un brevísimo instante. Su primera visión del exterior fue semejante a una fulminación. Sus enemigos habían congregado un ejército cual nunca se ha había visto en la tierra. Jamás tantos grandes se habían unido en un mismo propósito. De tan vasta y férrea muchedumbre, que cuando vista por vez primera se dijo “he allí hombres como la arena del mar”¿era solo eso lo que quedaba? ¿Se atrevían a desafiar su recinto, cinco millares tan solo, tal vez un poco más? ¿Era eso todo lo que había sobrevivido a su padre y los suyos? Dudó por unos instantes de su pericia en tales cálculos. Culminó aquel golpe y de hacerse la abertura. Pudo verlo todo. Las puertas volaron muy cerca de él. Contempló. Admiró. Sonrió.
Su cálculo había sido acertado. La tarea se presentaba difícil en extremo, mas no imposible. No en vano su pueblo se había ganado el renombre por el cual juraron destruirlo. La marea lo cubrió. Por unos instantes se detuvieron todos sus pensamientos. Solo habían sonidos. Solo había movimiento. Muerte. Silenciamientos. Una caída tras otra. Su reinado sería el más corto, entendió. El más memorable, empero. Penetró en los semblantes de sus contendores. Encontró agotamiento y horror. Comprendió que aunque estaban allí presentes, batiéndose con él, no habían sobrevivido del todo a sus antecesores. Meditó en la gloria de su pueblo, en su fama y maestría. Recordó los días de su entrenamiento. La recordó a ella, y el día desde el cual la amó. A su alrededor la sangre se esparcía. Sus movimientos fluían con naturalidad inconciente. Cuando lo notó supo que había alcanzado el zoværik, lo que los demás mortales entienden como el estado de invincibilidad. Sus brazos eran ágiles y mortales, su mente ignoraba a sus enemigos. Miró alrededor, se apercibió de la magnitud de la ruina y resonó en su interior lo tantas veces dicho por su padre: la maldición de la excelencia.
¿Era en verdad su supremacía lo que había decretado su fin? ¿Fue el escalar hasta lo más alto lo que determinó la caída de su gente? ¿O fue tan solo la voluntad enemiga que afrontó con inclemente astucia la amenaza que le eran? ¿Había respuesta para tales preguntas? Tal vez sin aquella excelencia nunca Habrían visto los días pasados. Habrían perecido mucho antes, sin tanto ruido. Ante esta palabra cobró conciencia del mundo real. Las notas estridentes habían cesado. Ahora estaba solo. Todo su pueblo había pasado ya. Lo único que llenaba la sala, la fortaleza toda, eran las voces de un puñado de uniformados, que jadeando procuraban terminar con el último hombre en pie. Se convenció de que todo había acabado. Aquel largo sendero de cadáveres desparramados sería semejante a una escritura prolija. Esos muros no contendrían más poderío, sino memorias. ¿Era un justo destino para un lugar tan majestuoso? No podía permitirse.
Oyó un cuerpo caer  sobre otro. La melodía había cesado. Con piernas endebles, aún permanecía semiparado. Desde el suelo se elevó una voz tenue, pero igual de detestable e inconfundible. Era el gestor de esa inefable alianza. Trató de recordar, y no podía identificar el momento en que este fue derribado. Discutió con él hasta que el caído hubo de reconocer su derrota y expirar. Mostró una sonrisa torva, impropia de él, y dejó de mirarle. En su corazón observó el trono que estaba a sus espaldas, sobre el cual nunca se había sentado. Deseó depositarse en él. No estuvo seguro de poder llegar hasta allí. Era más digno quedar en la posición que había mantenido, y en la que había prevalecido. La sala era suya… Era un mural, y la calidad de su arte, escapaba a este mundo… Depositó una rodilla sobre sus adversarios. Alzó sus ojos al cielo; elevó una plegaria. Observó alrededor contemplativo, satisfecho, disfrutando sus últimos respiros. Nunca se había sentido tan dichoso. Era una dulce expectación. Cuando en su vientre sintió llegar la última conmoción, alzó el grito: ¡Dær Tunaf! 
Ha muerto. Un movimiento telúrico se ha apoderado de su entorno. La tierra se prepara a envolver el escenario. Montañas se están irguiendo alrededor. Declina ya la luz. Karat-takus permanecerá oculta, hasta que se hayan desvanecido las pruebas de su ocaso.

 

Emanuel Silva Bringas

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011
                                       Página 29-32

Revelación

 

Revelación

                                                                                              En la cima del árbol de la copa de vino,
                                                                                              el ave escanciadora vierte el trino.

En el patio de su choza  como un cántaro
recibiendo el agua clara de la fuente 
hallábase sentado el ermitaño
la fontanela abierta al orgulloso canto
del RuiSeñor, despreciador de rejiñoles.
Tenía atados la trenza y los sentidos
en un moño de nervios aplastados
las rodillas pegadas a los codos
los oídos en las palmas de ambas manos
estrujados como dos claveles rotos.
Su cuerpo todo le surcaba la frente
en un constante palpitar de refucilo.
Azuzado por nocturnos sobresaltos
vigoroso crecía en su cerebro
el árbol de la copa de vino.
Audaz, como una flecha, de repente
vino una voz a espolearle el corazón:
«¡Recógete, llama, en tu madera!, le dijo
el Mar/ el Cielo; son un espejo abierto».
Ebrio de equilibrio y de entusiasmo
se levantó el anciano, alzó los brazos
sopló un beso hacia Orión y cayó…
fulminado por la gracia de Dios.

 

                                                                                             Felix Llatas

 

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011

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Almita

 

Almita
 

¡Ya basta, a terminar!, se sacudió Facundo, ya no voy a pensar en la desalmada de la Alma, ni más, que se friegue, no me merece, no merece mi sufrimiento. Se puso de pié de un brinco y salió de su habitación dejando tras de él una cama a medio tender. Al compás de su caminar se revisó los bolsillos, confirmó que traía consigo las llaves, la billetera y los cigarrillos, y sintiendo que tenía los secuaces perfectos se apuró a las frías calles de Magdalena.
Ya había avanzado bastante cuando se percató de que no había dejado de pensar en Alma ni por un segundo. Alma lo seguía como su sombra, o, si acaso, él la seguía a ella como tal. Lo encolerizó un sentimiento de derrota, de verse vapuleado una vez más por los tristes recuerdos de una dama dicién- dole que no, que no sentía nada por él, que ni de broma estar como enamorados. Aventó el cigarrillo al asfalto, aún a medio usar, y lo pisoteo como viendo en él las ingratas memorias, como intentando desbaratar las aciagas palabras de su otrora amada y  ahora odiada.
Sin haberlo planeado cruzó la Avenida Sucre y se dio de frente con la chingana Cachito, adonde solían aterrizar la vejez pícara y viciosa del lugar y la juventud aprendiz y agrandada. Facundo había asistido en varias oportunidades con la collera de siempre, la camada juvenil del barrio, los chicos del parque que ya no jugaban a la pelota ni a las escondidas, sino que más bien buscaban sentirse avezados bajándose un par de tragos con sujetos ventrudos y acriollados en la chingana.
Era viernes y de noche, el cariz que indicaba que sus amigos estarían allí, aguantando las bromas de los mayores, contando chismes de las chicas de San Miguel,  jugando al seco y volteado. Trató de pasar asolapado, caminando con la cabeza hundida en el pecho por la acera de en frente. Sin embargo, la puerta de la chingana era inmensa, reveladora, y los parroquianos siempre estaban atentos a los rostros que pululaban por el lugar, prestos a mirar mal cuando pasaba algún sapo, y atentos a mirar relamiéndose la boca y lanzado improperios para cuando transitaba alguna fémina. Por eso, cuando trató de pasar asolapado, Pedrito, uno de loslo reconoció y gritó descubriéndolo: “oye, flaco Facu, vente, ¿adónde te habías metido?”.

Sin decir palabra alguna, Facundo cruzó la pista aún con las manos en los bolsillos, cabizbajo, meditabundo, pensando aún en la Almita. Repartió algunas venias como saludando a los ventrudos de siempre, que se secaban vaso tras vaso de cerveza cristal, a veces helada, a veces al tiempo, según el pre- supuesto, dado que la cerveza helada era más cara. Luego pasó a la mesa del medio, donde estaban acomodados a la prepo casi todos los chiquillos de la cuadra, repartiéndose la última ronda de cerveza, lo que indicaba que ya debían  estar  estragados de alcohol.
Los amigos lo saludaron sin muchos aspavientos, hasta Pedrito le cedió la mano así nomás, como quién no quiere la cosa, y luego retomaron el hilo de su conversación. “Bueno, yo digo que esa fiesta será el deshueve total, la Carina me ha dicho que ha invitado a todas sus amigas de San Miguel, que  no ha invitado a los chicos porque son unos mañosos, y que quiere que yo lleve a mis amigos, que los de Magdalena somos más decentes”, argumentó Cabeza, el mayor del grupo, un efebo que a los dieciocho tenía un cráneo prominente, tumefacto quizá, anómalo y característico, a tal punto que esa extremidad le había birlado protagonismo a su nombre en sí, pasando a ser conocido por todos como Cabeza, a secas.
Los chicos comentaron entre sí, algunos daban fe del testimonio de Cabeza, le creían a ciegas. Otros, más desconfiados, decían que no, ni hablar, demasiado bueno para ser verdad. Un vaso lleno de cerveza llegó a las manos de Facundo. Aceptó con una sonrisa cómplice, le echó un vistazo, tenía una hormiga muerta dentro, flotando. Vio en derredor, nadie lo miraba, todos habían tomado del mismo vaso y ninguno se quejó, él no podía ser el excéntrico. Empuñó el vaso con fuerza, apretó la garganta y engulló a la carrera la cerveza tibiona y la hormiga finada.

Pedrito, haciendo un carraspeo, pidió la palabra, “la Carina es tremenda mentirosa, además ella es pataza de los achorados de San miguel y de los del colegio nacionalón del Callao, esa gente de hecho que va a la fiesta, y si nos ven rondando a las chicas nos van a querer hacer la cagada”. Todos le dieron la razón, incluso Facundo, que en su mente solo pensaba en los estragos a su salud que le causaría el consumo de una hormiga. “Más respeto con la Carina, te olvidas que me la estoy afanando, que en la última fiesta terminamos besándonos ahí en el malecón, es casi mi hembrita, refiérete bonito a ella”, increpó Cabeza, notablemente consternado por las afirmaciones inocuas de Pedrito. Facundo repartió miradas entre el grupo, al negro Felix, al loco Aldemur, al cholo Josefo, a Pezuña, a Juancho, atento a sus reacciones, sintiendo que el clima se ponía tenso. Pero a él nadie lo miró, los chicos comentaron un par de cosas, Pedrito, siempre histriónico, se disculpó con un par de halagos a Carina, el loco Aldemur empezó a pasar mano diciendo que debía salir una chancha para comprar una ronda más de cervezas.
De la billetera gastada, Facundo sacó el único billete que tenía, uno de diez. Las huevas, a qué me he metido acá, me quedo sin plata por chupar con estos idiotas, y yo que quería ir a la licorería a comprar un capitán para tomarlo en la casa, escuchando música, tramando la mejor forma de ven-garme de la Almita, la loca esa.
Al poco rato el mesero, un tipo con una camisa percudida y un bigotín gracioso, arrastró hacia la mesa de los chiquillos una caja de cerveza. “Sale la caja, servido”, dijo mientras la ponía sobre la mesa de madera. Algunos parroquianos voltearon la mirada hacia el círculo de jóvenes que rodeaba la caja de cristales al tiempo, esbozando sonrisas y alzando sus vasos en clara señal de un salud. El cholo Josefo agarró la primera botella y la destapó con los dientes. “Estás cagado para hacer eso”, dijo Juancho, “acá tengo destapador, pide, vas a terminar desmuelado”. “En realidad se dice desdentado, mi querido”, lo corrigió Pezuña. “Tú anda lávate las patas, oye”, contestó Juancho.
La ronda de tragos arrancó, uno a uno los muchachos secaba su vaso lleno y lo pasaba al del costado. Facundo se sintió aliviado al ver que en las rondas que devinieron el vaso se encontraba exento de hormigas y cualquier otro insecto inoportuno. Aún así, tomaba en silencio e interviniendo de manera comedida en las discusiones, diciendo formalidades, un sí, un no, un qué sé yo.
En otra oportunidad, Pedrito secó su vaso y se lo pasó a Facundo, quien   por estar distraído rumiando amarguras amorosas no se percató de la cordialidad de su amigo, dejándolo con el brazo y el vaso extendidos. El negro Felix, conocido por ser el que mejor peleaba de la collera y el que por su aspecto duro y belicoso siempre impartía el orden y las reglas del juego, alzó la voz y dijo “oye, flaco Facu, desahuévate pues, hace rato estás en la luna, apura, recibe el vaso”. Facundo, de un respingo, recogió el vaso de mano de Pedrito y se disculpó con una sonrisa, temiendo por dentro que el negro Felix se aloque y le propine uno de sus temidos lapos. “¿Qué pasa, compadre, no me digas que la Almita es la que te tiene así?, ¿es eso?”, preguntó Cabeza, haciendo un receso al tema conspicuo que era la fiesta de Carina. “No, mi vieja que jode otra vez con que busque trabajo, lo mismo de siempre”, mintió Facundo, apresurándose a terminar el vaso, a que la conversación no se desvíe, a que no le pregunten por Alma, porque ellos no entienden nada, nada de nada.

 

 

“¿Qué, sigues detrás de la Almita?, ¡no jodas!”, se sorprendió Pezuña, soltando luego una carcajada burlona. “Suave”, intervino Pedrito. “Qué Almita ni que ocho cuartos, ya les dije que mi vieja está que jode”, se defendió Facundo. Los demás chicos se rieron incrédulos. “Si la cosa es plata puedes trabajar para mi viejo, en  el almacén, te pagan  una huevada pero algo es algo”, comentó Juancho. “Lo tendré en cuenta, voy a ver qué sale”, respondió Facundo, sin muchas muestras de agradecimiento. “Este pata no quiere chamba, lo que quiere es que la Almita le dé el sí”, bromeó el loco Aldemur, mientras se gastaba en gestos obscenos haciendo alusión al sexo. Todos volvieron a reír, Facundo solo supo guardar silencio.
“Ya, bueno, a callar”, pidió Pedrito, “dejen de batir al hombre, su roche es su roche”, lo defendió. Los demás comprendieron la petición y en sus rostros se notaba una condescendencia para con el pedido de Pedrito, sin embargo, cuando iban a retomar el tema de la fiesta, el negro Felix espetó una bombarda que incrementó el fuego de la sorna para con Facundo: “su roche es que, de todos nosotros, es el  único invicto”. Los chicos se miraron, algunos reprimieron las carcajadas, otros, como Pezuña y el cholo Josefo se explayaron en risotadas, y el negro Felix, que estaba claramente alcoholizado y con ganas de joder, se ufanó de ser el verdugo del inocentón del grupo.
“¡Ya!, ¿firme que sigues invicto, compadre?”, preguntó Cabeza, haciéndose el serio. “Cero quilómetros”, dijo por ahí el loco Aldemur. “Piticlín Sánchez”, dijo Juancho. “Como salidito de fábrica”, añadió el cholo Josefo. “¿Yo?, ¡estás loco!”, se defendía Facundo, “las huevas”, “hace tiem- po que no”, “estrené hace rato”. Pedrito, algo conmovido, con extrañas ganas de defender a Facundo, quizá por haber sido él quien lo convocó, quizá porque las cervezas lo ponían melancólico, dijo “Fue, pues, para mi es una mariconada andar preguntando si ya tiró o no, ese es asunto suyo, depende de él si lo quiere contar, es su opción”. Estas declaraciones sonaron para la manada como más carne para la merienda, y soltaron a reír asumiendo que el comentario vestía sutilmente a Facundo de marica. Pedrito se odió por sus infaustas declaraciones, pero finalmente, contagiado de las risotadas, se dejó llevar  y  acompañó  a  los demás en  la  burla  masiva.
La ronda de libamiento seguía, aún quedaban varias botellas en la caja, y ahora el tema de discusión a tratar era la castidad de Facundo, aunque, a decir verdad, más que un tópico de debate era uno de chacota y diversión, que hacía  al  grupo  reírse  hasta  las  lágrimas,  hasta  el  dolor  abdominal.
“¡Ya, carajo, ya les dije que no tengo nada de pito!”, se desesperó de pronto Facundo. Los muchachos guardaron abrupto silencio, asombrados por la convicción que acompañó al flaco Facu en su declaración. A punto estaban de darle crédito a sus palabras, cuando otra vez el negro Felix arremetió y dejó caer una pregunta sañosa: “¿y se puede saber con quién?”
Los rumores se reiniciaron, ahora hasta algunos parroquianos de la chingana se habían prendido de la discusión de los jóvenes, la cual atraía miradas y  risas cómplices de los ventrudos asistentes.
Sin muchas ideas en la cabeza y con todas las miradas de los presentes cayendo sobre sus narices, Facundo divagó un poco, acorralado por la pregunta, reducido por el negro Felix, sintiendo que le sudaban las manos y el bozo, y entonces, con la mayor veracidad de la que era capaz, contestó: “con la  Almita,  pues,  con  quién  más”.
Los muchachos se miraron entre sí, sorprendidos, conmocionados por la noticia, por la revelación, por la relevancia de esa verdad o hasta por la intrepidez de tamaña invención. Todos empezaron felicitar a Facundo, a lanzar arengas a su favor, a palmotearle la espalda y, a su vez, a preguntarle “¿con la Almita que todos conocemos?”, “¿con la Almita Quiroz de San Miguel?”. Facundo, puesto a vivir de su falacia, respondía que obvio, que con ella misma, que se hacía la estrecha pero que a las finales terrible había resultado la zamba”. Los brindis no se hicieron esperar, Facundo había pasado de ser presa a ser el rey de la selva, ahora se vanagloriaba y dejaba complacido que la collera lo glorifique. Hasta el Negro Felix, que se había mostrado insolente y hostigador con él, ahora se deshacía en encomios y frases plausibles, haciendo referencia a la correcta masculinidad de su amigo  calificándolo  como  goleador.

Cuando el cholo Josefo se disponía a abrir la sétima botella colocando e l pico entre sus dientes amarillentos, uno de los parroquianos, calvo, ventrudo, de lentes y  camisa abierta mostrando pelo en pecho, se acercó a la colle-ra empuñando su vaso y, en tono amical dejó oír su gruesa voz diciendo: ¿hacemos un brindis, muchachos?, ¡por las nuevas juventudes en las instalaciones de la chingana Cachito!”. Los muchachos alzaron sus vasos y dieron un “¡salud!” al unísono, y entre tanto Cabeza musitó para el loco Aldemur: “este viene a gorrear trago, carajo, si esto no está lleno de gorriones”.
El ventrudo caballero se incorporó por arte de birlibirloque a la collera, penetró en el círculo como un espectro que, de buenas a primeras, ya estaba libando y gastándose bromas con los mozalbetes del barrio, dándoles palmadas en la espalda, diciendo “un salud por la amistad”, y luego “un salud por mi señor padre, que en paz descanse”, y también “un salud por el mozo, para que de vez en cuando lave la camisa”, y por último “un salud por las chiquillas, que por ahí los escuché hablando de sus polvitos”. Este último brindis fue el que se respondió con más bríos al unísono, y dedicado con las miradas a Facundo, quien fue señalado como el hombre del momento, porque había contado que tuvo su affair con la Almita.
El calvo celebró de sobremanera la revelación, y tras guiñarle un ojo a Facundo, auscultó cómplice: “¿y qué tal?, ¿qué tal estaba la hembrita?, ¿de dónde la sacaste?”. Facundo se sintió altivo porque uno de los viejos parroquianos se interesaba en su historia e incluso le preguntaba por detalles, algo que nunca había logrado algún otro chiquillo de la collera, pues lo  usual era que ellos formen solo parte presencial de las pláticas de los viejos. Por esto mismo, los demás muchachos miraban a Facundo sorprendidos, minimizados, atendiéndolo como si él fuese un viejo más en aquella chingana.
Facundo no escatimó detalles, su mente afiebrada había soñado cientos de veces con un encuentro amoroso con Almita, tenía miles de historias bien argumentadas que contar, las cuales había urdido con tiempo en el pasado, cada vez que se inspiraba en la misma chica para descender una mano aca- riciante al sur de su abdomen. Así le contó al calvo como se había hecho hombre, y de paso había hecho mujer, a una tal Almita del colegio fiscal de mujeres de San Miguel, del cuarto año de secundaria, tiernita nomás, buenas patas, linda carita, pelo ensortijado, en determinado punto de la historia pasó a referirse a ella como Almita la zambita. Culminó con detalles lujuriosos, que dejaban al descubierto las aficiones secretas de aquella señorita que sus amigos pensaban por fin había logrado conquistar, y que el calvo ventrudo pudo imaginar a la perfección.
Exageradamente mareados, la collera y el calvo secaban los vasos de una de las últimas rondas. Facundo seguía siendo el héroe, nadie le hablaba si no era para felicitarlo, halagarlo, hacerle un brindis o decirle maestro. Pedrito y  Cabeza discutían con argumentos poderosos, pero con una calma extraña,  abrazados ambos, de si la Carina era o no una mentirosa de temer. El cholo Josefo se quejaba de que le había salido sangre abriendo una de las botellas con la boca. El loco Aldemur y Pezuña habían empezado a contar chistes rojos. Juancho y el negro Felix hacían chancha para ver si se compraba más trago. El Calvo terminaba su vaso meditabundo, con un brillo extraño en los ojos.
A paso errante y, sin embargo, otra vez como un espectro, el calvo se acercó a Facundo y, para variar, lo saludó una vez más y le revolvió un poco el cabello, en un ardid que Facundo tomó como tosco y poco educado, pero que, finalmente, agradeció con una sonrisa. El calvo le propuso hacer un brindis, pero Facundo se disculpó porque ya había terminado la cerveza que tenía en el vaso. El calvo lo miró ladino y le preguntó “¿me aceptas una botella de cristal, maestro?, para concretar bonito el brindis”. Facundo, más orgulloso que nunca, porque uno de los viejos parroquianos ahora le ofrecía un trago, situación que solo la gozaban los grandes patanes, los ganadores de mechas, y los mejores contadores de chistes, aceptó encantado y caminó junto al calvo hacia el bar, junto a la puerta. Antes de acomodar los brazos en la estantería donde estaba la caja y disponerse a que su acompañante pida la cerveza ofrecida, Facundo sintió que el calvo lo agarraba del cuello y, acercándose a su oreja, le musitaba: “acompáñame afuera”.

Caminando a pasos torpes, el joven sintiendo que algo iba mal, que se le revolvía el estómago, que a dónde lo llevaban; y el viejo mirando en derredor, confirmando que no estaba haciendo una alharaca, ambos salieron de la chingana y penetraron en la oscura calle de Magdalena, que a esas horas de  la madrugada sólo ofrecía un lugar desértico, oscuro y frío. El calvo arreció la fuerza con la que agarraba del cuello a Facundo y luego, en un movimiento inesperado, le dio la vuelta y le encajó un cachetazo que mandó al joven hasta el asfalto. “Así que maestro eres tú, vivo eres tú, tirador eres tú”, exclamaba el calvo, bramando cada palabra con un aire liberador a todo el odio que contenía. Facundo, en el piso, tratando de levantarse y confundido al mismo tiempo, se gastaba inútilmente diciendo: “pero yo…”, “¿qué hice?”, “usted es el maestro, usted, usted”. El calvo, sin compasión alguna, interrumpió la recompostura de Facundo y le propinó una severa patada en el estómago, otra en el hombro, y una final en la entrepierna. “Mal parido, maestro me dices, ¿tú sabes quién soy yo?, ¿sabes maricón?”, increpaba el calvo, evidentemente más colérico que al comienzo, “yo soy el papá de la Alma, maricón, su papá soy. A ver vuelve a referirte a mi hija, so cojudo, vuelve a referirte…” Facundo entonces sintió ganas de llorar, se supo perdido, abandonado a su suerte, una suerte que estaba echada y que tenía que ver con una descomunal paliza. Atinó entonces a deshacerse en perdones, en que todo era mentira, en pedir piedad y misericordia, pero su voz sólo lograba crispar más a su agresor y por eso el gordo remató su venganza pateando en el piso a Facundo, golpeándolo como si fuese un costal de basura lleno de malos recuerdos.
Cuando el calvo se cansó de desahogarse, miró a su víctima acurrucado en el asfalto y le propinó un ruidoso escupitajo. “Te vuelvo a ver por acá y no la cuentas, so zonzo, y ni qué decir si te le acercas a la Almita, porque no paro hasta verte muerto, ¿escuchaste?”, y tras la amenaza dio media vuelta y re- gresó a la chingana, mientras se secaba el sudor de la frente y se acomodaba la camisa.
Facundo quedó tendido buen rato, echado en medio de la pista, mirando las tres o cuatro estrellas que se dejaban ver en el cielo opaco. Rumiando sus últimas fuerzas logró ponerse de pie, le dolía todo el cuerpo, todo, hasta partes que él pensó no podrían producir dolor. Ninguno de sus amigos había salido a buscarlo, nadie sospechaba, y si sospechaban no importaba, estaban  en  medio  de  una  chupadera de  esas  que terminaban  con  el  alba.
Tomándose un costado de la barriga y apoyándose en lo que le saltara al paso, Facundo se encaminó rumbo a casa, prometiéndose jamás regresar a esa chingana, y agradecido finalmente porque, aunque por las malas, ahora sí,  de verdad, palabra  que  ya  nunca  iba  a  pensar  en  la  Almita.

Julio Fernández-Meza

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011

.                                 Páginas 19-27

Narmandeón

 

       Narmandeón

 

Inconmensurable dolor sienten los desdichados
de no poder ver las lúgubres agonías del ocaso,
al saberse desprotegidos por el Dios pagano
que cumplir no pudo con sus soldados.

Batallaron fuertemente contra el enemigo
creado por la fuerza de una vida llena de ira,
y que triunfó sobre los cadáveres yertos
de aquellos confiados al campo de la muerte.

No pudieron liberarse jamás de las cadenas
sangraron por sus múltiples heridas,
caminaron como ovejas de un rebaño
destinado a saciar la sed de venganza del tirano.

Empero, fueron aquellos quienes dieron vida
a la esperanza del pueblo venidero,
y forjaron con ahínco la nación conocida
por las futuras generaciones de guerreros.

 

Israel Cáceres Arroyo

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011

                                Página 18

 

Un Cuento Circular

 

Un cuento circular

A Emanuel Silva Bringas


                …catorce máscaras usadas, catorce veces para hablar, para 
               pensar y hasta para amar. Máscaras para impresionar o para 
              decepcionar. No importa, al final, nunca  dejarán de ser 
              máscaras…

El reflejo del anillo balanceado incesantemente sobre mi pulgar me hizo reaccionar…

…alfombras redondas; adornos esféricos (sobre estantes redondos
que bordeaban toda la sala) y hasta la mesa en la que me
encontraba, no escapaba de la simetría circular…

Las mesas obedecían la extrañeza propia del lugar; ya que se encontraban ordenadas en círculos que se encerraban sucesivamente. Yo me hallaba en el círculo final, el último, el más grande, el que circuncribía a los demás; quizá iniciaba el círculo o simplemente lo cerraba.  No me hallo en el lugar en el que me hayo.
Sirvieron la cena, pero ante la redondez incomprensible de lo que parecía ser el  cubierto, decidí ir por una explicación al «garçon». ¿Sería necesario hablar con el «maître»? En aquel momento, reparé que los fideos también eran redondos cubiertos con una salsa roja  que, vistos en conjunto desde arriba, parecían un extraño rubí. Atribuí aquel diseño peculiar a  una extravagancia propia del restaurand y poco después me tropecé con la pos-impresión  de que al encontrarme en un lugar tan circular. Aquella ilusión simplemente me halló: Sí, la visión de aquel extraño rubí porque recuerdo y no puedo dejar de no  pensar que vemos tan sólo lo que nos apetece ver. Pensar que me apetecía un rubí me hizo  esbozar una sonrisa y una mirada perdida, paralelamente, mientras cenaba. Es así como mi mirada convergió con  la figura que se esbozó en el cristal que nos separaba de la calle; una carita andina de la que resaltaban unos ojos que amalgamaban tristeza y melancolía de forma, dolorosamente, sorprendente. Esa mirada inundó todos los vacíos espacios. Mis espacios.
  
La agudeza con la que fijé mis ojos en los suyos  hicieron que se humedecieran por la habitual debilidad que los caracteriza. En aquel momento, la luz y las lágrimas desencadenaron  cierta extensión ondular y la expansión de la luz provocó una borrosidad circunsferencial, no circular, que limitó la capacidad de aumento hasta de un microscopio. Ví detalles tan menores a media milésima de milímetro. Superé los límites de la percepción habitual. Ví organismos sin forma flotando en el aire, ví su movimiento ondulatorio sin una meta común .
Lo que aconteció no se inserta en la posibilidad de ser descrito visualmente, ya que rebasó el plano de la percepción, los colores y  las formas concretas. Sólo puedo describir sensaciones. Sentí latidos. Latidos seriados y de intervalos breves, es decir apenas podía contener el aire pero la alegría de estar en movimiento no me permitía detenerme. Sentí trazarse en mis manos una suavidad familiar.
Entonces, el frío opacó esa sensación. Opacó todo.  Melancolía, después tristeza, se distribuyeron casi uniformente en un plano en el que era inevitable no confundirlas. Inevitable. Y así esta mezcla se hizo más mezcla con la presencia de la impotencia llena de potencia; creando una sensación más fuerte, más desagradable, para ella; no, para él. Era indignación. Era desesperanza. Era…era… irremediablemente era resignación. Todos tan fundidos en y para una misma sensación. Entonces, entonces  y sólo entonces , existirían vacíos perpetuos; Los que nunca se llenarían porque ya habían alcanzado la plenitud de su naturaleza, y su naturaleza consistía en estar huecos.
Asolada por estas sensaciones que me otorgaron la capacidad de sentir de forma particular o quizá única -porque las experiencias aunque sean esbozadas  en terribles sensaciones no dejan de entregarte  la satisfacción de sentir-. Sentir algo nuevo, aunque de esto solo emerja  el atributo de ser desagradable. Entonces percibí, no ví,  imágenes que aparecieron sin un orden fijo. Todas a la vez…Estaba en…Subía sin parar y al mirar hacia abajo de manera instintiva, reconocí unos copos de algodón que transitaban por grupos: Eran ovejas. Recordé haber recordado ese lugar en otro lugar más lúgubre rodeado de viviendas pobrísimas  en donde el hambre superaba al frío, superaba todo , superaba el todo del todo. Una mirada tierna y a la vez esquiva; Una cara demacrada. Era una mujer. Estaba muriendo. De pronto, las trenzas de la mujer se tensaron y sentí miedo de lo que pudiesen hacerme porque ya no eran trenzas. Eran palos que ,con vida propia, se dirigían a mi; Así lo pensé, ya que no podía hallar las caras de los que los dirigían o quizá los palos los dirigían a ellos. Ya no podía ver claramente, porque la ciudad, Lima, se había teñido de rojo para mis ojos y todo gracias a los palos con vida propia. Después, y no luego, ya no sentía dolor. Tan sólo algo tibio, muy tibio, recorrer por mi cara dibujándola, poco a poco, muy despacio. Hasta que quise atrapar esa sensación con mis manos, mis manos pequeñas y jóvenes, pero marchitas. Era sangre. Yo también siento calientes gotas pero no son de sangre. 
 
 
 
 
 
¡Lo juro! quise correr, sólo correr, correr por encima de las alfombras, la circularidad de las mesas, y hasta por encima de las miradas de la gente y de la misma gente  que se encontraba compartiendo conmigo ese espacio, ese espacio terriblemente circular,  para pedirle perdón. ¡Perdón!  por tantos años de indiferencia, de atropellos causados indirecta o inconscientemente.
…y hacer algo por él.
Estaba a punto de… Cuando aquella carita, débilmente esbozada empezó a crecer, crecer y se expandió por  un gran fragmento del vidrio, ¡ahora por casi todo el vidrio que cubría aquel lugar!, ¡Por todos lados! ¡Me rodeaba! ¡Nos rodeaba!
Hasta que miré hacia arriba y…Es cuando entendí…entendí…entendí y acepté que estaba atrapada, atrapada en una esfera de cristal. Atrapada y sin una salida a la vista. La gente que estaba en el lugar no se daba cuenta absolutamente de nada y… aquella carita, más triste que nunca, se alejó lentamente.



                                                                                                                               Circe



Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011

                                Páginas 14-17

 

Al Abrir los Ojos

    Y empezaron a llegar… los grandes aportes que permitirían que nuestro proyecto fuese alcanzando su verdadera forma. ¡No somos timoratos!

 

Al Abrir los Ojos

 

Al abrir los ojos, en medio de la oscuridad, tengo la sensación  de flotar a la deriva, de ser el protagonista de una de esas ecografías en las que una madre, entusiasmada, ve los primeros espasmos de su bebé a través del monitor. Me veo rodeado de un mar negro de interferencias, como si mis ojos fueran dos negros botones anegados por la oscuridad y mis dedos, prácticamente transparentes,  formaran un tejido gelatinoso. Incluso siento mi corazón como una  pequeña avellana de cartílagos.
¿Dónde diablos estoy? ¿Adónde he ido a parar? La oscuridad es  total. Poco a poco, obedeciendo a la necesidad de una explicación he tejido, con una sospechosa facilidad, una teoría descabellada. Pienso que es probable que acabe de morir, que, después de todo, Maurice haya cumplido sus amenazas y me haya asestado esos  doce tiros que tantas veces me prometió, y que yo me encuentre,  ahora, en ese exacto lugar entre la agonía y la vida, esperando  mi turno para nacer de nuevo. Dicen los tibetanos que la reencarnación es “la más poética de las formas de morir”. No hay otra explicación para este intenso, penetrante y característico olor a formol, para esta viscosidad en que parezco flotar carente de gravedad, para esa luz que, en la distancia, no deja de parpadear (indicándome un sentido, la obligatoriedad de un camino). Espero mi  turno para nacer. Estoy en el vientre de una madre. Sólo me desconcierta una cosa. Mis recuerdos. Aunque vagos, me acompañan  como un lastre. Supongo que, cuando alcance ese punto, esa luz  distante, todos estos recuerdos se borrarán y yo atravesaré esos  telones de membranas, esa estrechez en el cuello del útero y saldré al exterior. Sólo entonces, mis recuerdos, al contacto con el oxígeno, desaparecerán a la señal de  mi llanto amargo.






Físicamente me siento como en aquellas clases de natación, cuando Ella y yo, de dos inmersiones, braceábamos el largo completo de la piscina olímpica. Ella se movía con una perfecta sincronización. Iba delante de mí, nadando a braza. Bajo el agua, no podía apartar la vista de sus piernas al abrirse y al cerrarse, como si  fueran los seductores tentáculos de una anémona. Cuando sus piernas se abrían para tomar impulso, adoraba aquel perverso lugar, cubierto por el traje de baño negro. Su sexo vibraba un instanite, lo suficiente, lo mínimo, para lanzar una zancada vigorosa. Sus  piernas volvían a cerrarse y me ganaba la ventaja. Sólo entonces, mientras era impulsada por su propia  inercia, sus piernas volvían a abrirse, expandiéndose, de un modo simétrico, glorioso, en un ángulo calculado, armónico, devolviéndome, en aquella realidad acuática, la periférica de su sexo bajo  el traje de baño negro.
Poco a poco, conforme atravesábamos la piscina de lado a lado, iba ganando terreno aquella sensación de ahogo que ahora identifico claramente en esta oscuridad. Entonces, después de media  hora, sonaba la sirena que nos anunciaba el término de nuestro  tiempo. Abrazado a la corchera, recobrando el resuello, un obsceno sentimiento de culpa me sobrecogía al ver, al pie de la piscina, a  Maurice, el marido de Ella, sustentado por su única pierna, intentando ocultar, bajo el gabán, la prótesis que le impedía acompañarla en sus largos por la piscina. Desde el agua, consumido por el rencor y la culpabilidad, veía como la cubría con el albornoz, la rodeaba por el hombro y se marchaban a casa entre sonrisas.
A mí, sin embargo, me esperaba una incuestionable soledad. Me ponía algo para cenar, veía el televisor y, a la media hora, solía caer dormido envidiando la suerte de Maurice. A veces, aquel mo-vimiento obsesivo de Ella bajo el agua, aquella convulsión anfibia, me perseguía en mis sueños y nadaba detrás, recorriendo largas  distancias. Sus piernas se abrían y cerraban incansables. Yo me despertaba sudado y rendido, como si realmente hubiera atravesado el Pacífico a braza.
Una noche, algunos años después, salíamos de un restaurante en una playa de Lima, cuando le propuse nadar en la oscuridad. Yo  iría detrás de ella, siguiendo su estela. Cuando se lo dije, Ella señaló las luces distantes de los botes, mariscando en la impunidad de su vestido y se introdujo en la espesura asfáltica del mar. Yo, miré las luces con que las pequeñas embarcaciones atraían a las sardinas y los jureles. Tenían un vaivén medido, sincrónico y lento, parecido al que ansiosa  de devorar al macho, despliega la mantis religiosa; como esa luz a la que me aproximo en esta oscuridad y cuyo origen  desconozco. Presiento que, al otro lado, está mi nueva vida. Puedo sentir la densidad del líquido amniótico. Tiene un olor como a me-laza. Su tacto es denso, consistente. Como  la  brea.




  La reencarnación explicaría esa sensación sobrecogedora de “que algo ya te ha sucedido”. En francés hay dos palabras para esto: Déjà vu. Un déjà vu explicaría por qué cuando, después de  perseguirles a la salida de la piscina,me acerqué a Maurice y Ella en  aquel bar sitiado de turistas. Ya sabía yo, antes de que dijeran nada, que me invitarían a tomar una copa con ellos. Obligado por fuerzas más poderosas que la voluntad, acepté. También, ese déjà vu del que hablaba, explicaría la  necesidad que tenía de sentarme junto a Ella y la familiaridad, cuando la besé en la mejilla, de aquel olor a mar en su cuello. Ella estaba preciosa. Aquello, en otro momento, en otro instante “ya me había sucedido”. Conocía exactamente las respuestas que debía dar a las preguntas de Maurice pa- ra no levantar sospechas, para ir aproximándome más y más, de un modo sibilino, a aquel hombre amputado y triste. Sólo Ella pareció darse cuenta de lo que sucedía. Desconfiada de las palabras de los hombres, había estudiado, con cierto detalle, aquella irritación natural, imperceptible, en la retina de mis ojos. Dicen los neu- rólogos que esto del déjá vu es un desajuste en el cerebro, que lo que pasa realmente, es que tu cerebro “archiva” tus impresiones en el lugar erróneo, en ese lugar que ocupan los recuerdos. De ahí la sensación de que “lo que está sucediendo”, “ya pasó anteriormente”. Pero yo no lo creo. Ahora sé  que este desajuste temporal se debe a que uno ya ha estado allí, con la misma mujer u otra parecida, ejerciendo la misma alienante ocupación, con la misma Kodak al cuello y la misma Parabellum en la axila (cuando uno fue detective o amante de la chica de Capone) porque todo se repite con una creatividad iterativa, interesada.
    Sobre mí mismo, en una posición fetal, intento alcanzar esa luz. Alargo mi mano. Imito en esto los movimientos de Ella bajo el agua. Apenas me desplazo centímetros en la densidad de este líquido. Me siento como una cría de canguro, aprisionada en el ciego movimiento de su bolsa ventral. Mis recuerdos son cada vez más confusos. Apenas si recuerdo que Maurice era arquitecto. También lo era yo. Alabar la vanidad de un hombre es el mejor sendero para granjearse su amistad. Sólo por ello mostré mi más entusiasta ad- miración por la torre Vértigo, que Maurice había diseñado cuatro años antes. A toda costa, Maurice, necesitaba demostrar que el controvertido proyecto era fruto de una profunda meditación. Subjetivos por algún tipo de fascinación destilada a lo largo de- muchos años, sus comentarios contravenían las críticas encarnizadas que obtuvo su proyecto. Me habló apasionadamente de los intrincados accesos del edificio,de las pasarelas de cristal que comunicaban pozos de sesenta metros de profundidad, de las escaleras de metacrilato que ascendían tortuosamente por la fachada… Yo, más preocupado en la seducción de su mujer, lo confieso, aceptaba su discurso sin condiciones porque sabía que Maurice acabaría invitándome a cenar aquella noche. Si pudiera volver atrás no aceptaría su invitación. Lo cierto es que volver a nacer supone una nueva oportunidad para rectificar aquello que hicimos mal. Por ejemplo, eludir las mujeres que nunca nos convinieron, que nunca amamos o que nunca nos amaron. Saborear con deleite, sin las  prisas del sexo, nuestro primer y último beso, retrasar el fraude del amor, prolongando su aprendizaje y mentir, cuando lo hagamos, con mayor audacia.
Pero lo cierto es que no puedo rectificar mis recuerdos de aquella noche. Maurice estaba en el comedor, saboreando un burdeos excepcional, cuando la torre Vértigo, sin previo aviso, se hundió en los sótanos y las galerías del centro de la ciudad. Ella y yo estábamos en la cocina, ultimando los detalles de la cena, cuando Maurice recibió la angustiosa llamada. Le escuchamos responder entre murmullos. Después, quizá porque no quería preocupar a Ella, improvisó una excusa y se fue, arrastrando su pierna, sobre el parqué.
– Volveré pronto, guardadme cena.
Cuando la puerta se cerró, Ella me miró como si, en ese mo- mento, el único impedimento que nos separaba fuese algo tan absurdo como la buena educación. Fue ella la que, inconsciente del destino que le esperaba a su marido, me propuso acostarme con ella. La única condición, me dijo, es que Maurice no sepa nada. El sexo tiene la naturaleza egoísta de las promesas imposibles. Así que le dije que así sería, que nadie sabría nada y conforme lo decía, ella se entregó sin condiciones. Aquella noche, entre las sábanas de satén, Ella repitió para mí, en exclusiva, el compás de sus movimientos bajo el agua.
Después, de un modo inversamente proporcional, mientras a Maurice le llovían demandas y juicios por negligencia, a mí me surgían encargos cada vez más importantes. Edificios inteligentes (que daban más problemas que los estúpidos), hoteles de convenciones de treinta plantas y apartadas mansiones forradas en mármoles de Travertino y Carrara. Incluso Ella parecía cada día más preocupada en mis brazos. Al parecer Maurice había empezado a beber y se comportaba de un modo violento. Ella empezaba a desconfiar del hombre con el que había vivido siempre.
 




    Siento un murmullo a través de las paredes en las que estoy confinado. Es un sonido parecido al de una sirena: molesto y urgente. Me pregunto qué pasa al otro lado. Supongo que las  premuras del parto han obligado a contratar los servicios de una ambulancia. Un olor ferruginoso, el olor del miedo, flota en el líquido amniótico, en las entrañas de mi madre. ¿Dónde  naceré? ¿Volveré a ser un reputado arquitecto? ¿Encontraré a Ella al otro lado? El miedo que genera la incertidumbre va ganando terreno. Lo olvido casi todo. Tan sólo me queda el vago recuerdo de las palabras de Maurice. No sé cómo se enteró de lo nuestro. Quizá la frecuencia de nuestras visitas, o las excusas, cada vez más elaboradas, cada vez más elaboradas, con que Ella le embaucaba, los viajes a Máncora y Cuzco sin causa justificada… el precario estado emocional de Ella. Todos  aquellos indicios  compusieron un ineludible marco de infidelidad. Una noche, mientras Ella cabeceaba sobre mi  vientre, sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. Sabía que era él.  De nuevo, uno  de  esos dèja vu.
 
– Escúchame, amigo… no tengo nada contra ti. Te lo juro, todo ha terminado. Todo. Mis deudas sólo me dan para matarme bebiendo. Lo he perdido todo. Maldita sea… ¿me oyes? sólo me queda ella, sólo ella y… bueno, también tengo esta browning del 72, esta maravillosa y bendita browning del 72 que guardo para ocasiones especiales, y te juro, por lo más santo, que como la pierda también a ella… a ella… amigo, hago una tontería, primero tú, luego yo… te lo puedo jurar, amigo. Te lo juro ahora mismo. Como que estoy cargando las balas, una, dos, tres… poniéndoles tu nombre, cuatro, cinco…
Antes de que terminase la cuenta, colgaba el teléfono. Siete, ocho.
Las amenazas  de Maurice se reproducían  con  asiduidad. No sólo en plena noche, cuando Maurice bebía, sino mientras firmaba mis contratos o comía con cualquiera, recibía sus desagradables advertencias.
 – ¿Quién era?
– Se deben haber equivocado.
Nueve, diez.
Ahora mismo he llegado a ese punto de luz. Miro a través de él pero los meses de oscuridad impiden que mis retinas funcionen con normalidad. Siento un frío enorme recorriendo mi piel. Mis recuerdos se  van  fundiendo en un negro espeso, en la última noche que recuerdo. Volvía a casa por San Francisco. Llovía. Me pareció verle  repostado contra un árbol, escorado sobre su prótesis, con el cigarro encendido entre los labios Poco a poco, ignorando su presencia, seguí mi camino. Nunca olvidaré, mientras pasaba de largo y le daba la espalda, aquella cara, aquellos ojos impregnados de un odio hierático, aquella sonrisa macabra, convencida de que, por una vez, domeñaría su mala suerte. El gabán, elegante y misterioso, que yo le había conocido en el pasado, mostraba manchas y remiendos  por todos  los lados. Una de sus manos, de una manera obsesiva, se perdía en el amplio bolsillo. A través de la  tela, se precisaba la forma inquietante del cañón de un revólver. En aquella  sonrisa de Maurice había algo tibio y sereno, prevaricado.



Le imaginé antes de acudir a su cita conmigo, en la mesa de la cocina, hundido entre sus brazos, junto al revólver y el vaso de whisky a medias. Maurice había compuesto una estrella de los vientos con los doce proyectiles. De una en una, habría cargado las balas en el arma, como tantas veces me había anunciado por teléfono, una, dos, tres… Irían encajando en aquella arma de factura americana, elegante y precisa. Desnudo frente al espejo, antes de vestirse, repararía una vez más en la mutilación de su cuerpo, en la desconfianza que se inspiraba a sí mismo desde que ocurriera lo de la torre Vértigo. Cogería el browning del 72, apretaría su empuñadura nacarada y sentiría el firme tacto del metal contra su estómago. Con los restos de su dignidad que le quedaban se  echaría el gabán sobre los hombros y saldría a la calle. A eso de las doce, cogería un taxi en dirección a Barranco. Seguramente, al llegar, habría buscado un resguardo seguro, esperando pacientemente mi regreso. Toda una vida era poca eternidad para su venganza. Y allí había estado hasta que me vio llegar. Se incorporó. Sus músculos, como los de un títere abandonado  en el desván, cobraron el rigor de la vida.
   Recuerdo haber pasado cerca de él intentando aparentar tranquilidad.  Sabía que cualquier vacilación en el paso o titubeo al hablar, que cualquier carrera emprendida precipitadamente hacia el portal o cualquier gesto brusco obligarían a Maurice a desenfundar el arma (si es que alguna vez estuvo ahí) y abatirme.
Imagino que descargó diez de los doce cartuchos por los im- pactos que resuenan desde entonces en mi cerebro, en este estado en que me encuentro. Todavía vivía al décimo impacto. Puedo suponer que mi sangre encharcó el adoquinado de la calle, que formó un extraño reguero (la sangre, al igual que muchos fluidos, pocas veces describe ángulos predecibles) y puedo imaginar que Maurice guardó los dos últimos proyectiles para asestarse a sí mismo algo de paz.
La asfixia. Siento que estoy en ese último estertor que me separa del dilema de la muerte. Un diferencial de segundo más y todo desaparecerá. La espeluznante prótesis de Maurice. El movimiento de Ella bajo el agua… todo. Escucho un timbre distante. Los sonidos se propagan a través del fluido con una claridad distante. Puedo imaginar, al otro lado del conducto, a los médicos arrebolados en torno a los muslos abiertos, preparando los fórceps, velando  la respiración sin ritmo de mi madre. La otra vida, la nueva, conformándose al otro lado, acoplándose a mí como un envoltorio de circunstancias, como un destino que estrenar.
    Después siento unas manos robustas sobre mi cuello. Alguien que tira de mí, que va desenroscando el cordón umbilical que no me deja respirar. Sin embargo, de un modo inexplicable, sigo teniendo los mismos recuerdos que segundos antes. Cuando abro los ojos y la luz de la noche se aclara, lo primero que veo es el traje de baño negro de Ella. Sobre su hombro, de pie y cubierto por el gabán, está Maurice. Parece sonreír, como si me advirtiera de algo. Estoy en la piscina, tendido sobre el borde, mínimamente consciente. Apenas si escucho la voz de un salvavidas que le dice a Ella, de puro milagro no se nos ahoga. Ella me mira. Ahora sé que nunca será mía. Luego el salvavidas se vuelve hacia mí y me dice salude usted a su nueva vida.

 

 
Miguel Coloma

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011

                                Páginas 3-12

 

Editorial del Cuarto Número

    El retorno no fue sencillo, fue necesario sortear no pocas adversidades.

 

 

Julio 2008

 

Aquí estoy de nuevo, listo para llenar el todo. Soy yo otra vez, tan empecinado como el propio ahínco. ¿Cuál es mi función? Soy disfuncional por naturaleza. No tengo roles, ni horarios, ni agendas que atender; soy un círculo vicioso de mí mismo. Heme aquí, fascinación en mano, dispuesto a…
Recórreme un extraño tiritar. ¿Qué es? Paréceme encresparme por momentos. No entiendo que ocurre, mi visión, tan fija en el horizonte, tórnase borrosa. El vacío, tan cruel, tómame por largos instantes. ¡Qué sucede! No sé… No sé… de pronto mi cabeza empieza a palpitar toda, es un gran dolor.
Penumbra… declina mi incandescencia. Cada vez hay menos claridad ante mis ojos. Algo está cayendo sobre mí, ¡parece querer tomarme! ¿Qué es? Es tan distinto a mí. Se siente ominoso, ¡cruel! Estoy luchando, luchando…
Empiezo a desconocerme. La esencia de mi ser, parece estar escapando de mí. Apágome, muy despacio… Mis tentáculos/chispa parecen languidecer. ¡Qué absurdo es este! ¿Qué está pasando? ¿Acaso estoy sumido en un sueño demencial? Empieza a hartarme esto. ¡No lo puedo tolerar más! Soy vigor, soy fulgencia eternal. Inmortal, imposible de silenciar.
Dame vueltas la cabeza. Estoy al borde, en el brocal de un pozo airón…
Frío… Demasiado frío. Imagino es eso, ¡cómo saberlo con certidumbre, si soy semejante al fuego! El suelo áspero parece atraerme con fuerza, un desesperado magnetismo. Mi fuerza sigue en decremento. Muchos de mis miembros no los siento más. Los demás están cada vez más pesados… ¿Qué insensatez es esta? ¡Imposible! Imposible…
Vacío… Vacío… Silencio… En qué descabellado artilugio he caído. Parece no haber vuelta atrás. Resiento. ¡Es una vileza! Tal vez obra de la envidia, o algún tramposo azar del destino que tiende a ensañarse  con los de mi clase. No lo sé. La pesadez aumenta, creo… creo…  ¡creo que esto es a lo que llaman debilidad!
Un hoyo horrendo está tratando de absorberme. Poderoso como yo mismo. Ni a dónde lleva, ni cuán profundo es puedo determinar, solo me es cierto que es duro y amargo como la nota más aguda del grito que me llamó a la existencia.
Succiona cada vez con mayor salvajismo. Mi resistencia es empedernida. Fue una larga distancia mi ascenso, quizá no supe ver lo mucho que me desgasté en ello. Mi ánimo escasea. Seré arrastrado finalmente por la hostilidad. Seré semejante a un cautivo; oscura prisión me aguarda…
Pero yo no puedo morir. ¡Pero yo! no puedo morir… No sé quién sea responsable de este sinsentido. ¿Acaso tú? ¿Acaso tú que me contemplas, mórbida mirada y semblante compungido? No sé si seas el culpable, ¡mas te acuso cómplice!… No puedo morir. Como energía he sido disipado, dirán muchos que por fin me sepultaron. ¡No me creáis vencido! No es el final. Advierto que me queda aún fuerza para reirme de semejante ocurrencia. Desvanecerme es imposible. Si como el sol, me oculto ahora no penséis que he desaparecido. Pronto disiparé yo a este retorcido trance en el que me han sumido y alzareme sobre el abismo del olvido. Juro por estas mis páginas que dunamitaré el destierro…

 

Alter ego
 
 
 
 

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011
                                Páginas 1-2