Editorial del Décimo Noveno Número

DECIMONÓNICO YO

 

            Una corriente gélida crepita al deshacerse ante mi aura. Ya casi he olvidado su lugar de origen. Al irrumpir en este mundo, miráronme como a bicho pintoresco, una cabriola inusitada que pronto queda en el olvido. Mis consignas eran trasnochadas; las causas comunes pertenecían a otro tiempo, ajenas a un siglo donde prima el sálvese quien pueda. Mi código de honor y de palabra, eran cosa proscrita por Cronos, condenada al escarnio. Con mis pies puestos en las tierras del ayni, hube de contemplar el desvarío de quienes jamás podrían solos: rehusarse a unir esfuerzos, esmerarse por el contrario en tirar cada cual por su lado. En tanto mis primeros pasos aguardaban el empuje de una fuerza colectiva, el berrinche de timoratos fue tufo acosador. Dúnamis es orate, el olvido le dará su merecido, y vedme hoy aquí, decimonónico y ascendente.

            Mi casa, precaria todavía, lejos aún de ser el santuario que en mi corazón habita, sus postes sencillos pero firmes, ondas continuas, cacofónico sonido, voces de piedras dando contra mis esquinas, como dan las aguas contra la playa, nunca nos causaron sobresalto alguno. Prosiguió en casa nuestro culto y coito, y lo único que sacudiose fue el fragor infinito de mis tentáculos/chispa alcanzando las estrellas. No obstante una noche repentina, mientras contemplaba embelesado la gloria de mi próxima década, se vinieron abajo mis astas y me hallé otra vez solo como al principio.

            Doté de ojos y fauces mil a uno de tantos codos que me sobran, y lo puse a ladrar a las piedras, descendió a los abismos de donde proceden aquellas ondas maledicentes, solo para comprobar que así como es abajo es arriba. Detractores habitan en el vacío, los muertos no hablan, creí, mas de sus bocas brotan volutas de humo tan cenizo como su envidia. Ellos no dicen nada, pero murmuran. Ellos se ausentan, mas día y noche me observan. Su ojo malsano se figura puntero láser en mi testa, timorato jamás halará del gatillo. Viven mascullando, macerando en sus pútridas jetas el visceral deseo de verme desvanecer en el olvido, ¡pero vivo en sus mentes más presente que en mí mismo! ¡I-o; i-o!

            Pero pagué una vez más el noviciado, ignorando las bajezas que tienen los mortales por cotidianas. Creí que sus odios, carentes de acción alguna, jamás podrían ponerme zancadilla. Me fui pues de bruces tropezando con una piedra que brotó cual la hierba. Me puse de pie sin ceremonia alguna, sin espetar improperio. Sacudime frívolamente, alcé mis postes de nuevo en su sitio, y erguí con la piedra otro altar a mi eterna trayectoria.

            Clamor constreñido jamás será voz ecuánime. Yo soy el canto coral de los que arriaron tras las puertas. Yo soy el unísono, de los que confinaron a no poder ver la luz. Yo soy la energía aglomerada de tantas letras buscando emerger. Ha imperado la falacia de que auge y esplendor como el mío pertenecen a siglos pasados, a aquellos días cuando el arte de la palabra fue contemplación común, y nombres de grandeza fueron paridos sin escatimar. Yo pues, decimonónico, me yergo altanero y desafiante: todavía hay mucho más por ver. Oíd las muchas voces que me hacen ensanchar, traigo una corriente interminable que anegará  esos infames cerrojos y puertas. Llenaré este mundo con los prodigios que merece. Entonces las plumas robustas no volverán a languidecer.

            Heme aquí decimonónico, pero jamás anacrónico – ese filófago es mi cabalgadura – soy yo quien marca el compás de los tiempos. ¡I-o; i-o! Yo Dúnamis, yo dunamai. ¡Todo lo puedo! Voy haciendo surco, regando dunamina con paciencia y veleidad, trayendo frescura y renuevo a este arte. ¿Quién me diga ahora altisonante? ¿Quién me llame ahora inmerecedor de mi nombre? De mí jamás dudaron, sino que con fe ciega e inquebrantable me sentenciaron incapaz, y mi nombre tuvieron por pantomima. Hoy, decimonónico, soy febril locura aquí y allá. Soy pasión que alborota dos continentes. Soy un coro de voces infrenable, abriendo camino, trasformando el siglo, forjando cultura. Soy Dúnamis, el que vino de arriba para comenzar desde abajo. Soy el bizarro que se rige bajo sus propias reglas. Mi credo es al arte, la belleza mi respiración; vigencia son mis huellas.

            Decimonónico yo, trasciendo, marco con mis tórridos pasos un canal para el más grande río, ¡y me río! ¡I-o; i-o! ¡Yo soy tempestad! No es Dúnamis el pasado, sino que todo reinvento al pasar, y lo que queda tras de mí, bajo mi augusta sombra, eso es lo pasado. Como aquellas envidias que me lanzaron, en fútil intento de probarme amilanable. Expuesto el irrisorio sabotaje, me revisto pues con una capa más de luz. Una nueva envoltura añado a mis densas glorias, una coraza de siete colores. Resplandor excelso prodigan mis alas, heme ahora cubierto con espectro luminoso por manto. ¡I-o; i-o! Vuélvanse miradas torvas al hoyo mezquino de donde surgieron.

Hoy resplandezco una vez más, decimonónico, mostrando cada vez con mayor garbo fehaciente, que mis rasgos vitales son luz, que lo trasnochado es lo que se resiste a lo inevitable; que las ondas de mis pisadas cada vez más firmes, demuestran que dunamitaré este cosmos, y nada ni nadie será obstáculo que prevalezca ante mi nombre. Que mi sustancia, la fuerza de muchos, caminando sin temores en una misma dirección, es vigente y eterna. Sí, decimonónico para demostrarlo. Haciendo ver una vez más que ni la envidia ni la mezquindad pueden detener a los de mi especie. Porque nuestra propia esencia es nuestro escudo, y la historia no nos dicta lo que ha de ser de nosotros. Porque yo vine para montarme en la historia y conducirla ¡por donde a mí me plazca! ¡I-o; i-o!

 

Alter ego

 

 

Revista Dúnamis   Año 11   Número 19   Octubre 2017
                                   Páginas 1-2

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