Luv y/o Linette

Autora:  “Eleutheria Lekona”
                Estado de México – México

                                  

LUV y/o LINETTE

 

Hace como unos tres años escribí esta historia bastante bizarra. En la actualidad, suele ser un conjunto de bytes amontonados en algún lugar de mi computadora y quizá ande nadando entre otros papeles en su versión impresa.

¿Por qué la comparto? No porque piense que sea algo bien escrito. Pienso –quizá– que al sacarla de los anales del olvido, se libera también algo en mí. De alguna manera, este lugar se ha convertido en el sitio en el que vuelco mis catarsis.

La Historia de Linette

I

“Con la música, la razón se transmuta en éxtasis y el idioma en ritmo”

Stefan Zweig



Linette lanzó toda suerte de invectivas contra su yo desvencijado, roto y gris. La luz lunar ya no reflejaba el vaho de los transeúntes parlantes que desfilaban sobre la banqueta en la cual Linette se arrojaba, noche tras noche, a tocar su mandolina.

Bautizada con el nombre de Baucis, la mandolina de Linette había sido un regalo traído allende el mar por su viejo abuelo gitano, ahora muerto.

Linette amaba por entonces cuatro cosas en el mundo:

 

  1. A Baucis
  2. A su gato Gaspar
  3. El pensamiento teórico abstracto (léase “Matemáticas”)
  4. Al bardo y filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche

No consentía entender cómo es que el decimonónico bardo filósofo había pasado los últimos onces años de su vida en ese estado del ánimo designado con el nombre de locura.

“¿Qué es la locura?” era el nombre de una de las canciones que Linette había compuesto con su mandolina. De acuerdo a esta melodía, Linette –quien más tarde se cambiaría el nombre a Luv– creía que la fenomenología de la locura resultaba incognoscible e incompresible al alma e inteligencia humanas, aún. Linette, siguiendo lo afirmado en su melodía, no sabía si la locura era una disposición del ánimo entre sombras y fantasía, entre dolor y confusión. Simplemente pensaba que era un permanente estado de introspección en el que todo pensamiento del que la padecía se volvía incomunicable. Y, sin embargo, todo aquel que conoce y es cercano al mundo del enloquecido desea desentrañarlo y entrar en el mismo.

Esta melodía formaba parte del repertorio musical de Linette, quien pronto se cambiaría, como ya se dijo, el nombre al de Luv, y había sido inspirada por la siguiente idea romántica que se fraguó en su mente tras la lectura de las variadas biografías que aparecían en los prólogos de todos las obras de F. W. Nietzsche que leía: Nietzsche pasó los últimos once años de su vida inmerso en la miríada de cavilaciones que devinieron simultáneamente con la creación de lo que más tarde se publicaría bajo el título de “La Voluntad de Poder” (sí, el sumario de su pensamiento). Y es que Linette se decía: ¿Cómo podría ser de otra forma si el poeta alemán sabía que once años no serían suficientes para discurrir acerca de todo su filosofía?

Linette pensaba –a solas, ya en casa– que hubiese querido haber nacido en el siglo XIX creyendo que –de haber ocurrido así– su destino habría sido amar a F. W. Nietzsche a modo de paliar su soledad y sus ansias de embriaguez.

“El Origen de la Tragedia” era el nombre de la segunda canción que Linette compuso con su mandolina (la primera había sido una canción de cumpleaños que compuso a su hermana Beatriz). En esta oda –que no versaba sobre la distinción entre lo apolíneo y lo dionisíaco ni sobre la fusión de ambas fuerzas como origen de la tragedia griega ni, mucho menos, sobre la muerte que Sócrates infligió al pensamiento griego– Linette cantaba con excelsa armonía el choque que produjo en su alma la lectura del libro de nombre homónimo escrito por Nietzsche. Además, exponía con vehemencia la creencia en que “El Origen de la Tragedia” era la verdadera obra maestra de Nietzsche no sólo por haber plasmado en ella, en embrión, todo el desarrollo posterior de su pensamiento, sino porque en esta obra se recogían las aspiraciones más nobles del espíritu nietzscheano y, con ello, su filosofía: pura, sin tergiversaciones, todavía intocada por las manos enguantadas de toda esa caterva de filósofos imbéciles que quisieron interpretar el pensamiento de Nietzsche con arreglo a sus propias y execrables creencias. Obscuro el tema de esta canción; obscuro a trozos y, sin embargo, sublime. ¿Y qué decir de la melodía llena de amor y de naturaleza, llena de una clase de emociones que en la voz de Luv –había llegado la hora de subvertir el nombre– se trastocaba en llanto, soledad, ruptura, obstinación, luz, ambigüedad y en todo lo que de elevado hay en la raza humana?

Alocuciones sin parar, una tras otra, era lo que nacía en Luv tras su encuentro con Nietzsche.

A pesar del filósofo, Luv veía en Nietzsche a un alma romántica; sí, un hombre enamorado de lo que hay de primitivo y salvaje en el hombre, un hombre que tuvo la suficiente clarividencia como para descubrir que la supresión de estos rasgos engendran muerte y decadencia, algo pútrido y antivital. Lo que en “El Origen de la Tragedia” se planteó como un problema estético – según los exégetas de Nietzsche y no según Luv– más tarde sería abordado por Nietzsche como un problema perteneciente a la esfera de la moral. Pero y ¡oh! –dice Luv–. ¿Cómo pasar por alto que para Nietzsche el origen de la tragedia era un motivo poetizable (y poético, de facto) sobre el que podía exponerse el valor de la vida precisamente por cuanto es posible manifestarla en un tono voluptuoso, embriagador y, en síntesis, dionisíaco? Sí, como lo hace, por ejemplo, Baudelaire en su poesía.

Toma nota, dijo Luv a Oboe, un chiquillo que vivía en el mismo piso de su edificio:
HIMNO A LA BELLEZA

¿Bajas del hondo cielo o emerges del abismo,
Belleza? Tu mirada infernal y divina
Confusamente vierte crimen y beneficio,
Por lo que se podría al vino compararte.

Albergas en tus ojos al poniente y la aurora,
Cual tarde huracanada exhalas tu perfume;
Con un filtro tus besos y un ánfora tu boca
Que hacen cobarde al héroe y al niño valeroso.

¿Del negro abismo emerges o bajas de los astros?
Como un perro, el Destino sigue ciego tu falda,
Al azar vas sembrando el luto y la alegría
A todo lo gobiernas sin responder de nada.
Caminas sobre muertos, Belleza, y de ellos ríes;
El Horror, de tus joyas no es la menos hermosa
Y el Crimen, entre todas tus costosas preseas
Danza amorosamente sobre el vientre triunfal.

La aturdida falena vuela hasta ti, candela, crepita, estalla y grita: ¡Bendigamos la llama!
El amante, jadeando sobre su bella
Semeja a un moribundo que su tumba acaricia.

Que tú llegues del cielo o el infierno, ¿qué importa?
Belleza, inmenso monstruo, pavoroso e ingenuo,
Si tu mirar, tu risa, tu pie, me abren las puertas
De un infinito que amo y nunca conocí.

Satánica o divina, ¿qué importa? Ángel, Sirena,
¿Qué importa? Si tú vuelves –hada de ojos de raso,
Resplandor, ritmo, aroma ¡oh mi señora única!
Menos odioso el mundo, más ligero el instante.

 

¿Lo ves Oboe? –Exclamó Luv, este poema habla del motivo práctico que proporcionó a Nietzsche la posibilidad de exponer su filosofía:del ARTE.

Oboe echó a reír y preguntó a Luv: ¿Y por qué lo he tenido que escribir?
Porque he de musicalizarlo y lo necesito en papel.
–Acertó Luv.

Luv se quedó sola tras la ayuda de Oboe quien se había ido ya pues debía dirigirse a la escuela.

Comenzó a crear la música para “El Himno a la Belleza” de Baudelaire. En realidad, Nietzsche estaba en su mente mientras lo hacía. Surgieron de las cuerdas de su mandolina las más fastuosas notas. Toda la infinita belleza que había contenido el mundo en el paso de los siglos. El arte maya, egipcio, alejandrino, mudéjar, renacentista, etc. habían quedado plasmados para siempre en la melodía de Luv. Gaspar ronroneaba a su lado y sólo la negrura de su pelaje era comparable a la de aquella magnífica noche en la que Luv logró amar –por medio de la música– al filósofo y bardo alemán Federico Nietzsche.

Fue un devaneo posmodernista –se diría después Luv–. Tal vez, pero no sucumbió mi amor.

II

“La pasión por la música es en sí misma una confesión. Más sabemos de un desconocido que la tiene que de alguien insensible a ella y que frecuentamos a diario”

Emil Mihal Cioran



Limitar mi alma a una sola variación, ¿es eso menester? –se pregunta Luv–. Y entonces Luv esgrime lo siguiente en un monólogo digno de cualquier Hamlet enloquecido:

Mi alma es una guitarra cuyas cuerdas rotas aún tocan para ti en esta noche del mundo. ¿Y Baucibas? Tu alma vuelta instrumento, el ente corpóreo que me complementa. Baucis sin duda eres tú, como lo es la poesía, las frías tardes de invierno en que no apareces, el café humedeciendo mis labios. Entonces me sumerjo en el delirante deseo de componer la oda final ¿Otra oda alegre?

Sea pues, una oda elegíaca que emana de mi corazón; sea esa misma oda partida en dos y esas dos en otras dos y esas nuevas dos odas en dos y así sucesivamente hasta que, en el límite, llego a la oda final y mínima que se reduce a la cadencia de una nota inaudible.

Sean Baucis y la oda una sola cosa, la misma; y sea así, porque a través de la ejecución de la oda en Baucis ocurre que, primero, tengo que tomar mis manos pequeñas y mudas y luego a Baucis y luego comienzo a ejecutar las notas de mi oda y resulta entonces que miro mis manos (sin querer y, ante todo, buscando las cuerdas de Baucis) y salen a colación las tuyas, manos desgastadas de caricias no correspondidas (¿y cómo olvidar los remaches de tus dedos?) y entonces, con la oda comienza el canto y el perderme completamente en esos sonidos que inundan brevemente el espacio y he aquí que se da la ruptura en el tiempo y un reducto que asoma en mi mente me invita a un exquisito escenario al aire libre. Un pequeño jardín fresco y apartado; de entre los pequeños arbustos de las más delicadas y hermosas flores asoma un promontorio de sillas blancas –he querido llamarlo así– desde el cual se sienta la gente a observar el punto de fuga de un cielo azul electro intenso, a escuchar la batiente sobre las plantas del tibio aire que permea aquella atmósfera, a oler el olor de aquella tarde, a palpar la brisa sobre sus rostros y a degustar el primario sabor de los extractos más inimaginables de las hierbas comestibles de nuestro jardín.

No, no hay alma humana que sea una sola variación. Cada persona es una melodía, un vibrato diferente para cada escala.

Porque la brisa proviene del mar, allí están, más allá del horizonte visible desde nuestro jardín de flores, las olas en toda su inmensidad con su estridente choque sobre las rocas marinas. No sé honestamente si existen esas rocas –musita Luv-, o si sólo son las mismas rocas marinas de los cuentos de Poe, de las historias de Homero o de las narraciones de aquellos recientes escritores de habla hispana cuyo influjo en mí (el de la descripción de sus propias rocas marinas, claro) ha sido tan avasallador e inconsciente –automatismo, dirían los surrealistas– que ahora sus rocas marinas también son mías y puede que, incluso, estas rocas marinas sean las mismas rocas marinas que constituyen aquellos atavismos del crepúsculo de un Dalí nostálgico que, entiéndase, se trata del mismo crepúsculo que deviene tras todo giro completo terrestre. Toda noche es la misma, desde la primera, en el paso de los siglos.

Aquel que esté en desacuerdo con esto último –vocifera Luv– que olvide que esta representación de mi vida ha sido motivada por el filósofo del eterno retorno.

Mis melodías a Nietzsche –afirma Luv– son de lo más chocosas; la idea de hacer canciones para un filósofo adorado por intelectuales y académicos está inmersa en la afectación. Que se hundan entonces, los intelectualistas y los academicistas y Nietzsche y los filósofos y la ciencia toda bajo el cobijo de mi voz.

Dormida en nuestra voz, hay una melodía proveniente del mundo antiguo, cuando nada estaba dicho y ser guerrero y el mejor no era contar con sofisticadas estrategias de la teoría de juegos. Combativo espíritu el de entonces, almas estoicas capaces de erigir en sólo doscientos años el más colosal de los imperios. Se ha muerto todo aquello, no hay rastro ya.

III

“El instrumento casi no pesaba en mis manos. Era ligero, delicado y grato. Stradivarius o no, me emocionó un poco tocarlo. Era como el ataúd de un pequeño príncipe persa muerto”.

Las Ninfas, Francisco Umbral

Todo tercer acto requiere tiempo, reflexión y esfuerzo. Ninguna tercera parte ha sido recordada, sino por la desilusión que provocó en todos aquellos que la esperaban ansiosamente. Luv para entonces ya conocía el poder subyugador de la música para con sus espectadores. Presentó aquella noche, en su misma banqueta, la llamada “oda final”. Llamarada final, debería llamarse, llegó a pensar Luv. Nunca hasta entonces Baucis había sufrido la invasión del polvo o de los ácaros. Baucis lucía majestuosa, brillante tras un buen baño en aceite, como deseando, desde el anonimato de su vida inmaterial, con su mirada de persona taciturna y callada, hacer salir de sí misma las notas de una oda final.

Oboe asistió al estreno y aunque Gaspar era incapaz de salir de casa en una noche lluviosa, Luv sabía que –vuelta a casa– sería él, el primero en salir a recibirla.

Todos los asistentes eran transeúntes ocasionales; amas de casa en busca de un establecimiento en el cual poder encontrar pan blando y barato; hombres de negocios a punto de llegar al café de la esquina a la firma de un contrato; jóvenes estudiantes que se dirigían a casa después de haber visto en la sala de arte de olor mohoso la última novedad del cine sueco; niños en patines en pleno junio lluvioso.

A la postre, Luv encontraría entre aquellas multitudes el amor y la amistad; también la muerte un día (la de los sentidos), el motivo para ya no buscar más y, tantas cosas. Luv, mientras, comenzó su canto. Introdujo primero su voz en medio de ese inmenso espacio, era su jardín botánico, su esfera de Riemann cuyo centro eran Luv y su público. Después, aquel sonido que emergía de y en Baucis… sonido final de una oda agridulce que acompaña todo pensamiento literario, todo atisbo de lirismo.
Si Luv viviera aún, si volara en medio del llanto de la interminable noche, si las moscas dejaran de cohabitar conmigo, si las vías del tren fuesen sólo niños desnudos y hambrientos, entonces Luv sería un espasmo musical, mis músculos retorciéndose al ritmo del sonido de olas flagelantes de rocas marinas.

Un punto y fin a tu voz, a la marea que deviene con la noche en el ensueño, cristales sigilosos cortando las venas que habitan al final de mis manos.

Luv sonora y muda, terrestre Luv que deambula en medio de la neblina; Luv volando sobre los tejados; siendo Luv una y Linette y su gato y Baucis y el irreprimible susurro y el teorema indemostrable.

Ya no hay más Luv por las noches, el día se la ha llevado. Luv quiere salir de su frasco y entonces con cuentagotas encierra a las estrellas en su rudimentaria linterna; el brillo de éstas alumbra el nuevo camino que ha decidido tomar. Todavía ahí escucha música, lee libros, escribe ecuaciones, ríe con sus amigos, festeja la muerte, anhela el retorno de los seres que se fueron ya y tantas cosas.

Luv es sólo el fantasma de mi escritura; caligrafía circense. O Luv es el amanuense que escribe su propia historia tras volcar su soledad en un pedazo de papeles tono sepia.

Viernes, 3 de abril de 2009

*Escrito para La Ciudad de Eleutheria el 3 de abril de 2009 y accesible a través de este enlace: http://la-ciudad-de-eleutheria.blogspot.com/2009/04/luv-yo-linette.html

 

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 13    Abril 2016
                                  Páginas 22-29

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