Monthly Archives: March 2016

Los libros

Autora:  “Eleutheria Lekona”
                Estado de México – México

Los libros

Un trozo de pared se volvió papel y yo me volví lápiz.

Los libros salen de los estantes y caminan hacia mí obedeciendo. Se abren, me muestran sus letras, cada uno de ellos lee su contenido en voz alta.

Se sobreentiende, me ordenan a escribir. Y yo, ejecuto sus órdenes a pie juntillas con denodado cuidado, caigo en una especie de sueño hipnótico del que es difícil sustraerme. Me ahogo, pero al mismo tiempo no puedo cesar la escritura. Lo intento pero la reanudo una y otra vez, una y otra vez, una y enésimas veces. El libro ordena —o este coro de libros alucinados— y yo obedezco. Libros apeándose de los habitáculos donde se hallan dispuestos para, a través de mí, hacer partícipe al mundo de los humanos de sus andanzas, su cotidianidad y de sus vidas.

Cedo entonces paso a los bloques de narración.

B1.

El libro de Geometría de Javier Bracho, se ha enamorado del libro (de la misma colección) acerca del modelo estándar y el afecto es recíproco. Caminan juntos y no se separan. Esperan su turno tomados de la mano. Uno ya lleva su forro (su impermeable); el otro aún espera por él.

Es verano, se lo surciré esta noche con ayuda de cinta mágica.

Por razones a mí desconocidas estos libros pareja han insistido en narrar su historia y me han solicitado su registro estenográfico con especial cuidado. Como ya he dicho, yo escucho, al mismo tiempo que obedezco y transcribo. Hay el plan, incluso, de grabar todo esto en cintas magnetográficas.

B2.

No hay libro que no tenga apego a su lugar en la estantería. Es difícil disuadirlos, después, de un cambio, de alguna reconfiguración (la mínima) en el ánimo de optimizar los espacios. Libros enamorados (como los susodichos de la colección referida) son de los pocos que no se niegan a cooperar. Libros quizá de criterio más independiente.

B3.

Todo un zafarrancho cuando toca arreglo en el local, pequeña bodega o minibiblioteca, de este esquinero reservado en mi habitación.

B4.

Hay 6 pequeños libreros ahora; solamente dos son del mismo tamaño; uno muy superior a todos, vertical; otro también supremo, pero horizontal; dos iguales chicos pero con capacidad amplia adquiridos recién; uno pequeño y menudo, también vertical; y el del medio cuerpo, superior, del mueble de computadora.

La buena noticia es que pronto habrá otro próximo; los libros que él contiene pronto conocerán a sus hermanos. Estos libros especiales que llegarán pronto son libros resplandecientes de amor, amistad e intimidad plena. Estarán a resguardo por algún tiempo y habrán de convivir con los míos a quienes he dicho les reciban con toda calidez.

B5.

Los libros de pronto arman sus fiestas —más o menos en la tónica de como lo hacen los juguetes en esa película rara llamada Toy Story— y discusiones. Solamente que ellos están cargados de sabiduría y erudición y, a veces, como los intelectuales, son también ególatras y muy huraños. Se los calma con charlas, té y música.

Fuera de eso, son muy callados y llenan el recinto de un cierto aire de serenidad y calma de tal modo que nos hacen pensar en un santuario o en un adoratorio.

B6.

No hay libro que no goce, también, de oír las charlas de las personas; son tan precoces y curiosos como lo era yo cuando era niña.

B7.

Sonará näive esta declaración, pero se han mostrado siempre como mis amigos.

En el decurso del tiempo he perdido a algunos de ellos. En préstamos. Pero he ganado a otros también en préstamos. Me consuela pensar que como han quedado todos en manos de espíritus lectores, la repartición, después de todo, habrá sido más que justa.

B8.

Es difícil pensar que si debiera yo hacer un viaje, o no me fuese posible estar más aquí, entonces ellos quedarían solos por temporada indefinida. Huérfanos. Uno quisiera hacer un codicilio adonde se especificara con exactitud qué tendría que ocurrir con cada libro. Cuál sería su destino, a quién debería entregarse el libro en cuestión —su nuevo amo— para su potencial cuidado, y bajo qué condiciones. Pero eso no es posible.

B9.

Una muralla de libros, un puente de libros, un mausoleo de libros. Una soledad sin los libros y los amigos y los seres amados.

B10.

Los libros que circulen, que rueden, que abunden, que diversifiquen sus formas y sus formatos. Y lo mismo que ocurra con sus textos.

B11.

Pasa, por cierto, también, que los libros se entremezclan con otras especies. Yo les he preguntado a mis libros si querrían tener contacto con algunos otros objetos en especial. Y ellos me han dicho, casi al unísono, que con violines. A falta de material y fondo para tan suntuosa reunión, me ha quedado esbozarles una amplia sonrisa. Entonces, ellos me muestras sus dientes y hacen muecas de aprobación.

B12.

No hay día en que los libros no revistan importancia en casa. Y lo mismo, cuando preparo té, que cuando me siento a la máquina a escribir, o cuando hago geometría con quien hago geometría, etcétera, ellos están siempre allí, atentos, observando y, sobre todo, prestando sus servicios ante cualquier posible contingencia, duda o pregunta, que insurgiera o surgiera.

B13.

Y hay días que me embarga una sensación de miedo inminente. De tal modo que estoy cierta de que algún día habré de emprender un largo viaje a un desierto, a una selva tropical, o a un bosque de coníferas siempre verde y, entonces, habré de marchar sin ellos y ellos quedarán sin mí. Cuando este miedo me atrapa sucumbo de tristeza. ¿Cómo puedo tener semejante arraigo por lo material? Me increpo.

Entonces calmo, me olvido del asunto, de la historia, de la fantasía. Y llega a ocurrir, por obra de una suerte de efecto tranquilizador, llega a ocurrir que vuelvo a lo mío sin que quede memoria de este temor que, no obstante, continuará latente.

Ellos mismos me han dicho que la impronta de su consolación en mi espíritu es ya imborrable. Detienen mi cuerpo, lo sujetan. Lo sujetan a su corporalidad terrena y me confieren de cierta paz.

B14.

Lo más que podría escribir en relación a los libros es este panfleto edulcorado en donde se conjugan elementos de una realidad disconexa pero convergente.

B15.

La distopía de Bradbury —ahora que pienso en ella— más que concitarme una simpatía ilimitada por los libros, me provocó la molesta sensación, casi mórbida, de aparecerse clarividente en varias de sus maledicencias sobre el espíritu. Grazna también en Bradbury el espíritu nietzscheano, contrailustrado.

B16.

El metadrama literario de un espíritu antipostmoderno: reacio a la postmodernidad, pero también inserto y copartícipe de ella.

Adagio autorreflexivo.

B17.

Y así, pienso sucesivamente en:

  1. El Índice, aquel listado de libros anatemizados durante la tardía infancia humana medieval.
  2. La quema de libros durante la Alemania nazi.
  3. Los libros en ciertas bibliotecas, atrapados en vitrinas, asfixiándose, en sofocación, sin ser nunca palpados por mano alguna.
  4. Los evangelios apócrifos.
  5. El Kamasutra.
  6. Libros eróticos prohibidos.
  7. En los antiguos papiros y códices, apenas inteligibles a una casta de hombres versados en extravagantes garabatos llamados jeroglíficos e ideogramas.
  8. En libros perdidos.
  9. En el gran incendio de la Biblioteca de Alejandría. Y por supuesto en Hipatia.
  10. En la precartesiana álgebra sincopada.
  11. En los poepoemas y las poepelículas, cuya narrativa me he afanado en esbozar.
  12. En los potenciales prolegómenos a toda pseudofilosofía del futuro concebida por hombres insoportablemente ociosos.
  13. En los huacales con libros, perdidos por madre, en alguna inundación tras alguna de nuestras habituales mudanzas.
  14. Etcétera.

B18.

Imagino un día lo siguiente:

Un chip pequeño incrustado con ayuda de nanotecnología en nuestros cerebros que contenga la Biblioteca Universal del mundo y poder acceder a ella a los caprichos de nuestra mera voluntad.

B19.

Y claro, me faltó la loca Biblioteca de Babel de bourgeois Borges.

B20.

Entonces, por supuesto, las hordas altermundistas de aquellas postreras épocas de mi imaginación habrán de oponerse mutatis mutandis a la operación de incrustación del chip vía intraocular por la cual el conocimiento se haría gradualmente accesible a todos.

B21.

Entre otras cosas aducirán:

* Afecciones neurofisiológicas irreversibles (más chicos baleando en Denver pero por otras razones).

* Probable disminución del IQ.

* Control mental.

* Somnolencia e insomnio con consiguiente aumento de grupos de noctívagos anónimos y noctámbulos de la mierda.

* Falta de concentración en el trabajo y escuela; y desinterés por la familia.

* Aumentos de enfermedades de la psique.

* Varios otros por definir.

Los libros al final permanecerán.

Bloque final.

Me he cansado ya de escribir y los libros de dictar. Cada uno vuelve a sus actividades no sin antes organizar la acostumbrada lectura ritual al sapere aude kantiano. Se oyen cánticos, rezos, loas, risas, chistes, perogrulladas, mantras de todo layo. Se recitan poemas, se bebe té y se escucha al fondo un poco de música.

La ilustración consiste en el hecho por el cual el hombre sale de la minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad, cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.

La mayoría de los hombres, a pesar de que la Naturaleza los ha librado de tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y a la cobardía. Por eso es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi diente, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo.

—INMANUEL KANT, Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración?

Hasta aquí con esta historia.

NOTA

[*] Esta historia la escribí en Je suis Eleutheria en julio de 2012. Todos los bloques, salvo por el último, fueron escritos en ese momento. Tres años después de su primera confección, decidí rescatar la historia, realizar minúsculas modificaciones a lo largo de los bloques y crear un desenlace para toda la historia en el bloque final. Se escribió a la manera de la literatura hipertextual —en tiempo real— a través de una secuencia ordenada de posts. He aquí uno de los enlaces:

https://www.facebook.com/je.suis.eleutheria/posts/178575945608041

 

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 12    Febrero 2016
                                  Páginas 5-13

NO

Autora:  “Delia Haartz”
                Castellón de la Plana – España

 

NO

Todas las lágrimas derramadas
alimentaran a las flores del mundo.
Sangre tiñendo mares y ríos.
Cuerpos formando montañas agrestes,
agresivas muertes.
Todo llega a su fin.
El paisaje lo anuncia.
Rebrota vida de otras muertes.
Alegría de llantos.
Color de la oscura batalla.
Equilibrio entre vida y muerte,
entre bien y mal,
entre luz y oscuridad.
Los vástagos crecerán sin saber.
Sin saber porque no conocieron
a sus antepasados.
Abuelos, tíos y primos
caídos a manos enemigas,
por dinero,
por terrenos,
por recursos.
No por amor, ni por libertad,
ni por honor,
NO.                

 

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 12    Febrero 2016
                                  Página 4

Editorial del Décimo Segundo Número

 

Visite las siguientes páginas responsablemente

Estimado lector, usted que transita en algún momento del día y clava su mirada en este espacio… Probablemente esperará encontrar en las siguientes páginas, algún un morbo extraño que le haga reflexionar, suspirar; que le provoque ira e indignación, le impregne un poco de sazón al resto de su jornada laboral; o, si lo lee al final de la misma, algún as que pueda utilizar en alguna conversación  en la cena y quedar como el más intelectual y trascendente.

¡Deténgase!, quizás este no sea el espacio indicado… Si anda buscando polemizar, es  mejor que  busque un foro de los que abundan en internet, esos lugares comunes donde pululan los todólogos, donde se dice de todo y nada queda; espacios criticados por el reciente fallecido escritor italiano Umberto Eco.

Los textos normalmente publicados en DÚNAMIS suelen ser  apropiados para escudriñadores, que se sientan con algún grado de calma y tratan de ver más allá de lo obvio, nuestros colaboradores suelen dejar mensajes allende lo obvio, para que algún lector con suficiente tacto  descifre códigos y se deje cautivar por las palabras explícitas e implícitas.

Pero antes de comenzar a juzgar  el mundo que al que al terminar esta reflexión comenzará a mostrarse, lo invito a hacerse la siguiente pregunta ¿qué tipo de lector es usted?… Imagínese que está usted frente a  un psicólogo amigo.

Es usted un lector veleta que espera títulos de relevancia para el mercado. Es usted un lector rebelde que busca libros ideologizados para presumir que usted tiene carácter y criterio y por ello es digno de pleitesía; o, es usted el lector que buscamos, con un carácter bien definido, que busca encontrarse con usted mismo y ve en la lectura un acto de recreación y purificación.

A raíz de un artículo escrito por Sherwood Anderson, en el cual mostraba la relación entre lectores y escritores, donde el escritor por su evidente fama, tenía que asumir roles propios, ajenos o inventados, para construir relaciones a partir de: “ser el famoso de la fiesta”. Anderson sugería una ética, en que el escritor debía encarcelarse ante la evidente fama que lo agobiaba y como éste debía incluso dar pistas de sus libros, a veces forzadas para un no lector que se quería apropiar del título de “amigo del escritor”, de modo que a posteriori, dicho “lector” pudiese presumir de su  contacto con esa figura iluminada. Yo a ese “lector”  preferiría definirlo con mis palabras un lector postizo, un no lector. Ese escenario lo veo lejano de suceder en este contrato que asumimos usted que desea leernos y nosotros. Nada más lejano o más utópico que dicho artículo, y si algo se le puede asegurar a usted estimado amigo o amiga acompañante, es que los escritores y escritoras de DÚNAMIS no asumimos poses extrañas, no buscamos  temas de moda, no  queremos descubrir el crimen perfecto, ni el pasadizo hacia el mundo perdido de los extraterrestres.

Una cualidad más de escudriñador sería más necesaria, para abordar temáticas cercanas a la vivencia, a la cotidianidad, con  aristas de situaciones muy normales.

Retomo nuevamente el artículo de Sherwood Anderson, para decir que en esta relación, no habrán: miradas incómodas, sobresaltos; no habrá ayudas, ni compadrazgos explícitos entre lector y escritor. Por ello, la mayoría de los escritores de DÚNAMIS no pertenecen a una barra de historietas, ni a una editorial de best-selllers, cuyos títulos tienen la bendición del mercado. Por tanto, ese efecto que usted podría ganar según Anderson, probablemente no lo logre con ninguno de los que acá participamos. Pero si usted entra con una actitud libre, de dejarse sorprender,  de dejarse aliviar de su cuadrada cotidianidad, probablemente encontrará frases, espacios que le consuelen. Existe un tercer ojo que los místicos suelen decir que se alcanza cuando se ve más de lo obvio. Prepárese eso sí, alístese para el viaje, busque un lugar tranquilo, un momento oportuno del día.

Sí, un grupo de escritores comprometidos, de “A pie” como decimos en mi país a la gente que se esfuerza, que lucha y que suele deambular tras bambalinas, gente que extrae sus imágenes desde el pozo más cotidiano de una vivencia aparentemente intrascendente. Estimado lector: ¿qué estaría usted dispuesto a realizar por una buena lectura?… Imagino que al menos apertura a cualquier temática que se le plantee, a la selección de textos sin juzgar el hecho del porqué salieron en este número de Dúnamis más cuentos que poemas, ensayos, etc… Estará dispuesto a intuir y descubrir voces  personas no revestidas de una corona de laurel, que viven en este mundo de forma incógnita, que sufren al igual que usted la congestión en los servicios públicos de medicina, las presas o atascos en las carreteras, etc.

Permítame mostrarle algunos chispazos de las valientes exponentes en este número:

De la escritora argentina Beatriz Rastaldo por segunda edición consecutiva, aparece en esta ocasión un pequeño relato cargado de imágenes poéticas, el cual habla del tamaño  y la tesitura de un misterio, ¿cuántos misterios son individuales al ser humano y cuántos colectivos? Aun así, el misterio es cómo la cédula de identidad o el número de pasaporte, pues lo que para mí es misterio para otro no necesariamente. ¿Qué tan  cerca está ese misterio de mí, y en cuántas aristas, paisajes o recovecos se ubica? Véase dos frases de este  texto:

“El misterio estaba ahí, en la vereda de enfrente. Tan cerca y sin embargo era un océano indescifrable… un adolescente con sueños y enamorado del futuro, pero un día bruscamente se convirtió en una mitad… su gemelo murió, y así se sintió siempre… la mitad”

Con particular belleza Eleutheria Lekona nos señala como los libros tienen vida propia la cual se aleja o se acerca muchas veces a la personalidad de sus dueños: En un formato prosaico por pequeñas secciones, nos desarrolla una historia de libros: “Los libros salen de los estantes y caminan hacia mí obedeciendo. Se abren, me muestran sus letras, cada uno de ellos lee su contenido en voz alta”…

Delia Haartz desde España le entrega al lector un poema muy nostálgico de corte apocalíptico, me niego a escribir en este espacio algún verso por que le privaría al lector el grato privilegio de descubrirlo por sí mismo.

Finalmente la chilena Fatty nos ilusiona con su poema y no transmite su definición de ilusión: ¡Una ilusión! Deslizase en el firmamento, ella en el ocaso desprendida relucía!

Estos y otros valientes nos llevan de la mano en estos y otros textos hacia un mundo diferente, a lo mejor no tan extravagante, pero seguro explorará nuevas posibilidades que permite la lectura.

No quiero decir más, simplemente estimado lector, espero que tenga la paciencia, la valentía de escudriñar y descubrir la belleza entre los textos de estos valientes expositores que se atreven a realizar dignas propuestas literarias en medio de lo que Vargas Llosa definiría como la Civilización del Espectáculo.

¡Entre, pase adelante!, está en su casa Dúnamis, lo invitamos a evolucionar junto a nosotros.

         
                  

           Alexander Anchía Vindas
                  Consejo Editorial

 

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 12    Febrero 2016
                                    Páginas 1-3

El Cacto

 

EL CACTO

Para Valeria Urrutia,
(Q. E. P. D.).

     Veníamos conociéndonos más o menos desde la primera semana de marzo, poco a poco, como ella misma se había encargado de recomendármelo. Todos los días menos los lunes, alrededor de las cinco y media de la tarde, sofrenaba el sedán al pie de su departamento y echábamos a rodar un cuarto de hora por el gastado y grasiento asfalto. Lo mío era dejarla en el taller y regresar por ella un par de horas después de la medianoche. Aquella tarde, me equivoqué ex profeso y visité su casa. Pero si hoy es lunes, me dijo. Igual nos fuimos a otra parte.

*****

     Orejas nobles, las de ella. Le susurraba cosquillas al oído y su boca partía una sonrisa fresca. Parecía no darse cuenta de nada. Se había abandonado entre mis brazos blandamente y paseaba los ojos por el cielo raso, lascivamente frívola. De cuando en cuando su corazón pegaba un salto, y era como si un cadáver, desesperado, tocara de pronto el ataúd. Tuve que aferrarme a sus hombros para no caer… Cuando terminé de hacerle el amor, ya estaba muerta.

     Hubiera querido opacarme en anteojos negros y desaparecer. Gratitud me detuvo. Quedé plantado, tendido junto al amado hielo, quemándome, volviendo una y otra vez sobre los hechos. Una noche febril deja muchas huellas: prendas desgarradas, zapatos volcados, aretes en estado de orfandad…

     A pesar de mis dudas, decidí ׳denunciar׳ lo sucedido, fingiría ser otra persona. Alguien debió de haber avisado ya a la policía. Respiré con alivio y colgué el teléfono. Al poco rato se estacionó frente a mi casa un auto. Era curioso, sería cosa de nueve o diez de la mañana y los faroles de la calle seguían encendidos. Salí al encuentro de mi arresto casi contento, dispuesto a dejarme llevar sin pronunciar ni pizca. Pero antes de irme dejé abierta la ventana de mi cuarto. Que el Sol se encargue de ventilar la alcoba, me dije, y cerré la puerta con tres vueltas de llave. Durante cuatro meses resistí en silencio, y en el trayecto las especulaciones me dejaron sin piso, oscilando como un fantasma en los interrogatorios. Mi mutismo acabó esta mañana.

     Hay en algunas prenderías unos cofrecillos de madera — pequeños, escurridizos, aparentemente frágiles —. Si el comprador es un pazguato y se llena de asombro, al menor contacto con las manos de este parece que se rajan. En cambio, si uno sabe que no todas las cosas se abren con la yema de los dedos, una palmada basta para accionar la clave y estas alhajeras levantan sus tapas como en un abrazo. Valeria me recordaba mucho a una de estas joyas. Apenas rocé el pabellón de sus orejas con mis dedos, enloqueció. Alegres campanillas repiqueteaban, agitadas por el soplo más leve. Y a medida que mi gusto por ellas aumentaba, se volvían cada vez más exigentes. Si acaso, por tomar un bocado de aire, separaba mis mandíbulas de felino y soltaba mi presa por un instante, ella me sujetaba de la coronilla con ambas manos, incitándome a volver contra la oreja que hacía un tanto mordisqueaba.

     Creo que sus orejas se disolvieron en mi boca; como si hubiera, en exceso de fe, comulgado dos veces. ¡Ja!, con este aire que se estanca en la sala y que parece pimienta, uno ya ni sabe por dónde ir. Esta mañana mientras me baldeaban como a un caballo, me decía entre mí: Cantaré hoy como un jilguero. Demasiada confianza deposité en mi lengua; no bien dejé el banquillo y estiré las piernas, se me borró la cinta y perdí el ovillo de lo que iba a decir.

     He llegado tal vez a idealizarla un poco. Ni la travesura más fina ya no podrá alegrar mi corazón jamás. Al descorrer las cortinas, y al verla entre las sábanas, apagada y sin fuente, sentí tamaña pena que de un puñete hice saltar en añicos el espejo del armario. Destrocé todo cuanto en mi mano cupo. Me sentía un desgraciado, un imbécil parado frente a un árbol caído. ¡Valeria!, le dije, ¡ven aquí!, y dando tumbos me acerqué a la cama y con la ira del que pierde un ser querido apretujé su cabeza contra mi pecho y lloré en silencio. ¡Pero basta!; acabemos con esto de una buena vez.

     De nada serviría defenderme; tengo el pecho poroso y todo lo que digo choca en bruñidas superficies y vuelve a mí. ¿A qué alga o musgo debe aferrarse uno, cuando el agua le supera las comisuras de la boca y la marea sube? Barrotes de mi celda, cerco frío, no se ensañen conmigo ni me compadezcan. Busqué en la aurora una gota de placer, y tuve la fortuna de encontrarla, exultante y pletórica en extremo… Señoras y señores del jurado, cumplí con el deber de un hombre, la mujer que derramó en mi copa el vino aquella noche debía llegar a su destino. Muchos caminos por andar… Ella se fue en carroza de oro al otro mundo; yo me quedé con el recuerdo de este viaje, tesoro, o vidrio, que todo el tiempo me atormenta; mas a su vez, refugio.

     Mañana el sol saldrá a la misma hora, y traerá noticias. Los periódicos, que todo lo exageran, halarán de los párpados al pobre transeúnte igual que a un besugo, depositándolo delicadamente delante de su quiosco preferido. En estos tendederos de ropa sucia, mientras unos deshojan los diarios subrepticiamente, otros, sueltan una moneda sobre el mostrador; todos contemplan boquiabiertos la fotografía del monstruo, capturada por la cámara de un fotógrafo agudo, justo cuando el monstruo bostezaba. Este oscuro personaje — La estampa muestra una imagen en blanco y negro y, vista al través de una serie de redes superpuestas, es la radiografía de una fiera corrupia—. Este oscuro… ocupa casi toda la primera plana de todos los diarios. Y debajo, adiposas letras del tamaño del ojo hacen tambalear al lector:

     “CONDENAN A TAXISTA QUE HACÍA ANTICUCHOS CON LAS OREJAS DE SUS VÍCTIMAS”.

 

 

                          Felix Llatas
                       Cutervo – Perú

                     
                                               

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11    Enero 2016
                                   Página 34-36

Un puñal en el costado

 

Un puñal en el costado

Coseché la siembra de mis anhelos y con ella la cizaña
es que cautivó mi alma, aquella bella y noble pueblerina
penetró tan fuerte como penetra el sol que se ensaña
sobre la más linda y fina flor, extendida sobre la encina.

Sonrió con dulces cánticos que embriagaron mi corazón
y selló con broche de oro un amor fuerte enaltecido
tal vez cuerdo estaba en aquella inolvidable ocasión
pero más se alcanza, cuando hay un amor enardecido.

Rompí una buena herencia, rompí una gran tradición
aquellos valores arraigados cayeron a un infinito abismo
tuve una idea fija que se convirtió en una dura obsesión
abrí una vida llena de desdicha, no creía ni en mí mismo.

Forjé ideas que se transformaron en grandes metas
quizás la belleza de la dama fue mi peor enemigo
conquisté un mundo rodeado de inmensas grietas
que crearon una plataforma ,que fue mi mayor castigo.

Entonces lágrimas brotaron como perlas en la mar
de una brillante cadena de oro, sólo quedó un eslabón
mi llanto fue tan fuerte, que no lo podía parar.
creí que era un amor eterno pero solo fue una ilusión.

Cuántos sentimientos afloran cuando se trata de un amor
cuántas interrogantes florecen y no dan respuesta alguna
es que cuando se hiere y se engaña, el amor pierde valor
y bellos recuerdos se esfuman creados bajo una luz de luna.

Un agudo puñal en el costado, atravesó mi corazón
la musa de mis sueños,destrozó mi alma entera
repentinamente se perdió sin ninguna explicación
dejando mi hermosa vida bajo una triste quimera.

Una herida en el costado hizo brotar odio y rencor
sin brotar ni gota de sangre el puñal quitó mi fuerza
abrió paso a la desdicha destruyendo un gran amor
dejando mi vida expuesta y con una tristeza inmersa.

Una hermosa relación acabó siendo una cruel traición
mi costado abierto revasó la más desesperante ira
mi alma raída quiso entonces olvidar aquella canción
los bellos momentos vividos fueron una vil mentira.

Tropiezos y caídas tuve,mas de todas salí airoso
el amor se acabó pero una nueva y fresca flor nació
saturó mi vida de un gran amor fiel y bondadoso
y de nuevo mi noble y orgulloso corazón floreció.

 

 

Héctor R. Arroyo Saborío
   Alajuela – Costa Rica

              

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11   Enero 2016
                                   Páginas 32-33

Noche de Tormenta

 

 

NOCHE DE TORMENTA

 

            Miró el reloj. Las 23:35, sólo le quedaba por realizar el viaje que estaba a punto de empezar y finalizaría su jornada laboral. Pocas veces en su vida había deseado que eso ocurriese. Al principio de manera lejana, pero ahora mucho más cerca, se oía el sonido de los truenos y se vislumbraban los relámpagos de la tormenta que poco a poco se había apoderado de aquella parte de la ciudad. Y es que no le gustaban las tormentas, o mejor dicho, sí que le gustaban pero desde la comodidad y el confort de su casa. Pero cuando uno tiene la responsabilidad de llevar un autobús en las condiciones en las que todo parecía indicar que se iban a producir, no era precisamente lo mejor. Tenía la pinta de que iba a descargar con ganas, posiblemente el limpiaparabrisas apenas serviría para apartar con la suficiente velocidad la lluvia que caería con fuerza y seguramente el alcantarillado sería insuficiente para absorber el caudal de agua que iba a caer. Y sería precisamente en esas calles en las que tendría que circular. Jodida manera de acabar la jornada.

            Pero de nada servía lamentarse, sólo le quedaba resignarse. Miró por última vez el reloj, cerró las puertas tras comprobar que nadie había subido y arrancó, justo en el preciso momento en el que un relámpago llenaba de luz la oscura noche y cuando las primeras gotas empezaban a caer. Ojalá se hubiese quedado en esas simples gotas, pero fue un espejismo. Apenas había avanzado unos metros cuando, acompañando a otro relámpago y al trueno que le siguió, una autentica tromba de agua caía sobre la ciudad. Lo que se había imaginado no tardó en suceder. La cantidad de lluvia que caía era tal, que los limpiaparabrisas no daban abasto. La visibilidad era casi nula, pero tras comprobar de nuevo la hora decidió que a pesar de todo mantendría la velocidad habitual, era el último viaje del día, bueno mejor dicho de la noche, y lo único que quería era acabar el recorrido, llegar a casa, disfrutar de un buen whisky y pasar un par de horas viendo la televisión. Ese era el plan que le esperaba y al que no estaba dispuesto a renunciar.

            Un nuevo relámpago iluminó, la noche, otro trueno le siguió. A lo lejos se dibujaba la silueta de un rayo rompiendo son su zigzag el cielo. Se santiguó, si había algo en este mundo que le infundía pavor era precisamente, el aparato eléctrico que solía acompañar a las tormentas como aquella. El origen de ese miedo se remontaba a su juventud cuando uno cayó a apenas unos centímetros del lugar en el que se encontraba. La roca chamuscada quedó para siempre como prueba. Nunca podría olvidar aquella experiencia y no deseaba pasar por otra parecida.

            Primera parada. Nadie. Sonríe, con un poco de suerte y gracias al tiempo de perros que hacía, conseguiría acabar la ruta incluso antes de lo previsto. Mejor. De nuevo el sonido de las puertas al cerrarse, acompaña al del trueno y a ambos, escoltándoles en la distancia, les sigue la cegadora luz de otro relámpago que osa romper la oscura noche. De todas formas aquella tormenta estaba fuera de lugar. Parecía salida de una pesadilla. En aquella zona eran habituales, los habitantes se habían acostumbrado a ellas, pero no recordaba ninguna de aquella intensidad, de aquella virulencia. Cada trueno retumbaba con inusitada fuerza, cada relámpago llenaba de un fantasmagórico resplandor la tenebrosa noche y cada rayo, parecía rasgar la atmósfera queriendo romperla, despedazarla. Y finalmente la lluvia caía con tanta intensidad y fuerza que el sonido que producía al golpear el suelo era ensordecedor. ¿Quién en su sano juicio cogería un autobús? Esperaba que nadie, y todo hacía indicar que así sería cuando al llegar a la segunda parada del recorrido constato nuevamente que no había nadie bajo la mampara ni en las cercanías. Esta vez no ralentizó la marcha, ni detuvo el autocar. No era necesario. La sonrisa de su rostro, camuflada con el miedo que sentía, se hizo más franca, más grande.

            Fue justo en ese momento cuando todas las luces se apagaron a la vez, en el preciso instante en el que otro rayo caía, casi con total seguridad, en la central eléctrica. Tan aterradora había sonado aquella explosión que volvió a santiguarse. Ahora lo único que iluminaba las oscuras calles por las que transitaba eran sus faros, aunque siendo sinceros, les costaba atravesar aquella cortina de agua que parecía no acabar nunca. La visibilidad que ofrecían aquellos puntos de luz era turbia, difusa y a pesar de que se había prometido a sí mismo que no reduciría la velocidad, no le quedó más alternativa que hacerlo. Giró hacia la derecha, adentrándose todavía más en la penumbra. Entonces la vió. Con dificultad bien es cierto, pero la ropa blanca que llevaba afortunadamente había servido de faro improvisado. Se detuvo y abrió las puertas. ¿Cómo podía alguien encontrarse en la calle, a aquellas horas, con la que estaba cayendo? Pero allí estaba la respuesta. Una mujer menuda, pálida, más parecía un fantasma que otra cosa.  El pelo negro y largo estaba empapado; la ropa pegada al cuerpo por la lluvia y aquellos ojos, negros, tanto como la misma noche, estaban enmarcados por unas grandes y profundas ojeras. En cuanto pasó la tarjeta por el lector y tomó asiento, casi al fondo del autobús, se santiguó. Ahora deseaba que aquella no fuera la única pasajera, ahora necesitaba el contacto con otras personas, pero volvió a acudir a su mente aquella pregunta: ¿quién en su sano juicio, cogería un autobús en una noche como aquella? Tan sólo el fantasma de aquella mujer, porque sin duda tenía que ser eso, había osado subir.

            Miraba de reojo el espejo retrovisor y aquella espectral imagen de la mujer se resaltaba por encima de todo. Aquel ropaje blanco que llevaba parecía emitir luz propia, la visión que le ofrecía era aterradora. Sin quererlo volvió a santiguarse, su miedo estaba dando paso al pánico y eso no era bueno. Otro relámpago llenando de luz todo, y al mirar de nuevo el espejo retrovisor, el corazón se le acelera: la mujer ha desaparecido. Su respuesta no se hace esperar, pisa a fondo el pedal de freno y a pesar de que la lluvia cubría la calle con varios centímetros, la marca de las ruedas se quedaron grabadas para siempre sobre el asfalto.

            Respira, toma aire, se vuelve a santiguar y vuelve a mirar aquel rectángulo con el corazón acelerado. Tiene que pestañear varias veces para constatar que no sufre visiones: la imagen de la mujer es claramente visible  de nuevo. Sigue en la misma posición, nada ha cambiado. Arranca, dejando, de nuevo, varios centímetros de neumático sobre la carretera. ¿Cuánto tiempo va a permanecer a bordo? Tan enfrascado estaba, y tanto miedo tenía que a punto estuvo de pasarse la siguiente parada. Esta vez sí que se detuvo, con la esperanza de que aquella mujer tal vez no hubiese pulsado el timbre y se bajase allí, pero no lo hizo. Permaneció unos segundos más allí detenido, respirando aceleradamente, intentando calmar un corazón que cada vez se acelera más y más. Finalmente acepta lo evidente, esa será la única compañía de la noche. De nuevo acelera, intentando alejar los malos presagios. No tarda en sentir un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando tras un nuevo relámpago y una rápida mirada furtiva al espejo, constata con terror, que la mujer ha vuelto a desaparecer.

            Esta vez hunde el pie con tanta fuerza en el pedal del freno que a punto está de hacerlo aparecer por el otro lado del chasis. El sudor frío le recorre todo el cuerpo y las oraciones acuden con celeridad a su cerebro. Si fuese capaz de abrir la boca y recitarlas en voz alta, su voz sonaría trémula, bañada con el pánico que ahora rige sus designios. Pero cuando mira de nuevo hacia aquel asiento que en su interior ya había empezado a llamar maldito, todo su cuerpo se estremece. Aquella silueta, que ya estaba empezando a ser familiar, aparece de nuevo con toda claridad. Un pensamiento cruza su mente: hoy es su última noche sobre la tierra y esa mujer es el mensajero de la muerte que viene a reclamarle. Permanece en medio de aquella tormenta, cabizbajo, con los ojos bañados en lágrimas, y las plegarias, que antes tan sólo eran meros pensamientos, se convierten en un torrente de palabras casi sin sentido.

            Otro relámpago. Sin quererlo, casi sin poder evitarlo, miró de reojo hacia el espejo, y su pálido aspecto se volvió aún más macilento, llegando a parecer casi transparente: la mujer se había levantado y se dirigía, con paso lento y vacilante hacia él. Deseó con todas sus fuerzas salir de aquel autobús, pero era imposible, no tenía tiempo material para salir por la puerta delantera que era la que tenía más cerca. Ahora que se fijaba en el rostro de aquel fantasma, porque definitivamente tenía que serlo, constató algo terrible, estaba sangrando. ¿Podía un espectro sangrar? La prueba parecía evidente, estaba delante de él, a apenas unos metros. Se santiguó por enésima vez, se arrodilló mientras repetía una y otra vez con una voz apagada, casi inaudible:

            -Por favor no me mates, por favor no me mates…

            Balanceaba la cabeza hacia atrás y hacia adelante convirtiendo en letanía la frase que no dejaba de repetir. Estaba convencido que había llegado su hora, esta vez sí. En ese preciso instante un relámpago, el mayor hasta ese momento, bañó con una fantasmagórica luminiscencia el autobús. Todo era blanco, de un blanco tan intenso que tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió estuvo tentado de cerrarlos de nuevo, pero su verdadero deseo era desaparecer. La visión de aquel rostro, afilado, con grandes ojos negros, enormes ojeras y lleno de sangre, parecía surgido del mismísimo infierno.

            -Por favor no me mates…

            Una y otra vez, aquella frase era la única que repetía, era su forma de afrontar la muerte. La respuesta de aquella mujer le sorprendió:

            -¿Matarte? Eso es lo que tendría que hacer. ¿Dónde has aprendido a conducir? Estoy intentando atarme los cordones y no hay forma con tanto frenazo, joder.

   Pepe Ramos
Toledo – España

          

Fragmento de su novela “¿Hay alguien aquí?”
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Revista Dúnamis   Año 10   Número 11    Enero 2016
                                    Páginas 27-31

Soneto de Metal

 

SONETO DE METAL

Quiero hacer un soneto de metal,
una daga tal vez, una saeta,
un soneto que sea más letal
que la falta de musa en el poeta.

Ya no quiero escribir tan natural,
quiero ser más profundo, cual profeta
que conoce el designio celestial,
quiero hacer un soneto de planeta.

Así quiero un soneto, subversivo
cual cicuta que mata lentamente
como quema el amor con fuego vivo.

¡Si me hiciera poeta de repente
para hacer realidad lo subjetivo
lo que siente mi vida, lo que siente!

 

 

             Leugim Sarertnoc
Dajabon, República Dominicana

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11    Enero 2016
                                    Página 26

La mujer de mi sangre

 

La mujer de mi sangre

Estaba allí ensangrentada, ensordecida por su locura, exclamando con gran excitación, ¡Debo matar!, me acerqué a su lado y cuando se percata de que estoy ahí, su mirada dulce -y desquiciada ahora-, se posa en mí, y exclama, ¡eres tú!, ¿Me ayudas?, debo matarlos a todos, de repente un disparo se oyó, cayó entre mis brazos, y lágrimas rodeaban mis mejillas, sin embargo, ella a pesar de no poder ver mi rostro, rodeaba con sus manos la máscara que tenía puesta, y dice, vamos a construir un nuevo mundo entre los dos, ¿no es verdad?, así no tendrás que volver a usar tu mascara y estaremos juntos…cierto que así será…lo prometiste. Mientras sollozaba por sus palabras, otro disparo sonó, y al caer ella, exclamé, ¡Mujer! -con un llanto amargo-, yo destruiré este mundo y lo reconstruiré, quien dispara debe estar dispuesto a ser disparado, esta vez fue tu turno pronto será el mío…Adiós, mujer de mi sangre, mi primer amor…

 

                 Daniel A. Contreras Castro
                   Villavicencio – Colombia

             

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11   Enero 2016
                                   Página 25

Star Crack

 

STAR CRACK

 

El capitán Kirk, echó un vistazo por la claraboya, y le ordenó al señor Spock que se apurara con los nachos y las palomitas, sin olvidar las cocacolas, pues el espectáculo estaba por empezar.

Se sentaron en mullidos sillones individuales y contemplaron a través del cristal la primer explosión sobre el planeta, a la que se sucedieron varias más en cadena, hasta volverlo una masa incandescente. Minutos más tarde, lo vieron explotar y ser reducido a nada.

Cada vez que el Capitán Kirk se tomaba un descanso de sus largos viajes interestelares, accionaba la máquina de tiempo del Enterprise, para regresar minutos antes del cataclismo del planeta tierra, y solazarse con su destrucción.

               

        Marco Antonio Rueda B.
               Xalapa – México

    
                                

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11    Enero 2016
                                    Página 24

Áscar

 

Áscar

Con una piara de milicias por rompiente,
hiende en aras de fuego el tifón,
densas nubes el aire dilata en sus venas
las tinieblas en islotes de ébano crucial
truncadas tras esquirlas en cataratas.
Anilla el batallón a la hondonada procelosa
el astro en mares de tinieblas nada,
y el caudillaje del mal anuncia su espanto
y se aglutinan y se oyen en el vientre del bueno,
y ensordece la piara con loca boca de fuego.
Las estrellas acompañan al Áscar dormido ,
rueda el risco al despeñadero y le ahuyenta
el curso del sol en su profana frente,
cual mesnada cadavérica y hundida
ante el triste espejismo que nunca rescinde.
El espeso blindaje que trenzan sus cuerpos,
se embeben de perfumes de albardilla y sangre.
Y lo sostenible y lo insostenible confinan
tras batientes de materia hacia la nada.

 

 

          Fátima G. Farhán Villalobos
                       Ovalle – Chile 

 

 

Revista Dúnamis   Año 10   Número 11    Enero 2016
                                    Páginas 23