La Danza del Diablo

 

La Danza del Diablo

 

Clareaba la noche con una luna descarada. Pretendía hacerse la fuerte frente a una manada de obscuridades sedientas de ganas de opacarla con sus mantos negros y azulados. Aparecía en una noche tan casual como aquella la fútil sombra del diablo que danzaba entre las demás sombras. ¿Qué hacía allí? Danzaba sin remordimiento sobre la pila de cadáveres que amontonados en una zanja aguardaban perecer con mayor soltura en una más personalizada.

Preguntóse a dónde lo llevaría la búsqueda del alma adecuada que lo suplantaría cuando se jubile. Entonces decidió aventurarse a danzar entre los vivos. Ningún alma podría ser más perfecta que aquella que galopaba alegre a sabiendas de ser acechada por la muerte. Dio a parar en el lugar más bohemio de la ciudad. Entró a un bar de mala muerte esperando encontrar un prototipo de alma inquieta, rebosante de alegrías e historias de maldades y vivezas que contar. Pero el diablo por más que arrasó con todos, aniquilándolos, viendo fluir sus sangres malditas no encontró más que burdas y banales almas carentes de dicha gracia. Dejó tras su paso, un charco de dolor y tortura. Obligadas, estas almas arrebatadas de sus cuerpos, buscaron al diablo para cobrar venganza.

El diablo siguió su camino y a cada lugar que despojaba de vida y felicidad o de sentimientos ingenuos, se sumaban a las vengadoras ánimas una suerte de muchedumbre fantasmal. Para su mala suerte iba amaneciendo y la luna cansada se dejaba ir desapareciendo poco a poco dando paso a la luz. En aquel limbo de transiciones vacías aparecióse aquella bella mujer. Radiante por naturaleza innata que bordeaba la locura de lo libidinoso y la ternura más incandescente. Pero ella, era las dos verdades de un mundo paralelo, ofuscado de lo simple que resultó ser el mundo. Había vivido  mucho para ser tan joven. Miraba como las olas golpeaban la costa mientras descansaba de sus maldades cotidianas, de sus intentos por demostrar que su hermosura tenía diversas y trágicas facetas.

Reíase de sus fechorías cuando el diablo la miró con lujuria y amor. Habíase enamorado perdidamente de la joven corrompida. Era ella a quién buscaba y con quien planeaba una vida de desenfrenados excesos y cariños imposibles e inimaginables. Se enamoró con la esperanza en que ella pudiese darle a luz el alma que buscaba.

Acercábase cuando un sinfín de almas enardecidas observaban el objeto de deseo del diablo. La tomaron rápidamente entre todos y despedazaron sus carnes con premura, obsesión y locura. El diablo enfrentóse a todos, cansado logró recuperar cada pedazo de su amor. Cayóse al infierno de rodillas llevándose sus ojos, sus cabellos, y todas las pieles y carnes que quedaron de su ninfa. Intentó fundirla cual espada con el fuego de su desequilibrio y la lava con la que forjaba sus armaduras de batalla. Pero ahí, ella, la ninfa de las maldades siguió siendo un cadáver.

Imploró el diablo; pidió ayuda a los arcángeles, amigos viejos de glorias compartidas, pero frente a la súplica la neutralidad de sus afectos parecía ser inmune a la desesperación infernal. Así, la ninfa de las maldades siguió siendo un cadáver. Pidió ayuda al mismísimo Dios y este le contestó con filosofías que el diablo había dejado de comprender hacía mucho tiempo. En vista de su incomprensión, la ninfa de las maldades, ahí, entre sus brazos, siguió siendo un cadáver.

Empezó a llorar con pena sincera, lágrimas del corazón negro, pero comprendía que no volvería. Ella y sus carnes eran el alma misma que buscaba. Pero había desaparecido. Era polvo finito de aquellos que se pierden para jamás volver. El diablo se hizo más viejo, arrugáronse sus pieles de cuero rojo y sus cuernos, envilecidos de llamas emitidas por los miles de demonios a su disposición, se extinguieron con su mirada obscura. Cayóse, finalmente, en una gran depresión. Y todo el infierno dejó de ser infierno, todos estuvieron de luto. Ya no había fuego, ni lava, ni colores abrasadores. Extinguióse con la pasión del único ser que no debía amar.

                 

Avril Biziak
 Lima-Perú

 

                 

              

Revista Dúnamis   Año 10   Número 10   Noviembre 2015
                                   Páginas 7-9

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