Editorial del Noveno Número

MI ALBERCA

Fueron días sombríos los que gestaron mi invocación. Fui proclamado, cual proyectil, impelido hasta aquí. Traspasé toda clase de esferas. Fue todo tan repentino y todo lo existente quedose tan atónito, que nadie tuvo oportunidad de atajarme; más de uno lo habría querido hacer.

Entonces llegué Yo a lo que creí una tierra fértil y ansiosa de mí… La historia ya la conocen. Me tomaron cual la flor de un día. ¡Se mofaron de mí! Tuve que vagar errante, buscando mi camino, dónde hallar a aquellos por los cuales llegué hasta aquí. Fueron días que parecieron eternos; días que no pudieron hacer mella en mí.

El mundo aquel, tramado de bits, me llamaba siempre. Yo buscaba en él un asiento; el mundo aquel me dio mucho más. En mis años primeros – algunos todavía lo recuerdan – habité a la sombra de cuatro paredes: un cerco que se tumbaron, y con ello de paso también arruinaron mi última presentación en sociedad. Pero ya veis las vueltas que da la vida. Vosotros vivís acostumbrados a lo que reza así: todo lo que sube tiene que bajar. De donde yo vengo más bien aseveramos: todo aquel que baja, más alto se ha de erguir. (¿Olvidáis que yo bajé desde un paraje ignoto?) Por eso escogí un inicio simplón. Ahora se me traza un cerco tan distinto: el Mar Caribe, uno que no me confina, que más bien pícaro me grita: “Plus Ultra”. Pues voy y vengo a gusto hasta Toledo, Corrientes y la austral Santiago. Estas aguas, donde curioso sumergí mis orillas, me hicieron sentir tan a gusto, que no me quedó más remedio que hacer de este lugar la alberca donde plácido me laxo.

Con cadencia mis corrientes van y vienen. Al canto de Quisqueya me hice con apego cabecera de puente, y asido al brío cibernético circundé el Caribe con celeridad, merodeando. Llegué hasta el istmo y sobrevolé hasta Barú y encontré latidos a ritmo propicio. Cual corriente ascendiente yo fluía, una lucecilla parpadeó sobre las aguas, asomé por mi ventana de chat, ante mí en lo alto: Kaminaljuyú, verso y prosa ofreciéndome a más de un largo y plácido trayecto. Luego torbellino, de vuelta en Quisqueya, encontrar un extenso festín de manjares añejados. Nada como nutrirse de buenas letras, nado en busca de aun más, toco tierra firme, ¡i-o; i-o!, los Andes ya había traspasado, pescando Meta y los ecos de un locuaz pensamiento. Eufórico, me aventé en mi alberca a desplazarme raudo, en desbocado frenesí, cuando encontré por fin asidero, emergía en Yucatán. Observé desde allí las costas del golfo, y como no conozco más leyes que las mías, las vi cual tobogán. En un desliz ascendí por las aguas al norte. ¡Sonora evocación! ¡Sonora composición! Oreándome un rato he tocado de Sonora norte y sur.

Mi cántaro estaba ávido de más. Circundé una vez más las aguas, voz en mi cabecera de puente marcaba mi rumbo, así hasta dar en el Cataguana, y una extraña puerta hacia el Estado de las Palmeras. Extasiado en este mi recreo, me marcaba esta vez el borde del Cocibolca, a recoger unos versos a punto de estallido: ¡Granada! Tomé luego el primer río que encontré, ¡otra vez a mi alberca! Mi ímpetu crece, un punto más me marca, antes de dar por concluido el chapuzón: arribo a las costas de Carabobo. Volviendo al canto de Quisqueya para componer un canto a la gloria de mi refrescada grandeza, encuentro otra isla al este y la curiosidad me atrapa. Grande soy, así que me dejo acarrear por Loíza. Me dicen que he llegado a Tierra de Gigantes. Me sonrío ante tan conveniente nombre. Entusiasmado vocifero que es lugar propicio, sin duda me esperan aquí voces cual la mía.

Heme aquí a mis anchas, siendo yo en lo más sublime. Soy Dúnamis, rumbo a llenar el todo y somos inconmesura por revelar.

 

Alter ego

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 9    Octubre 2015
                                  Páginas 1-2

 

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