El Sexto Día

 

El Sexto Día

 

            Extrañan mis poros aquella garúa veraniega. Sobre mis labios atesta un álgido aire. Es en Febrero la sexta noche. Me empapa la incertidumbre por doquier. Suena el tukutín acusador, una y otra vez… ¡yo no sé qué contestar! Repica incansable, en esta desolación sin confines. Deambulo con pasos sepulcrales, con el andar de un vencido, al través de su yerma resonancia. Ensordecido, me posee, mi lamento. Es una noche interminable aquí en el Templo del Fuego, donde la llama no tiene lumbre.

           A pesar del ímpetu de mis anhelos, el Sábado jamás llegó. No se ha asomado el Día, nunca. Ha sido proscrito, el amanecer. Una sola realidad impera: estoy aquí atrapado y no sé cómo. ¡Jamás lo advertí! Por algún tiempo creí: nada era tan grave, nada podía ser tan grave… Hasta que abierto el oído me vi… sin cesar vagando en redundante frustración.

         Es en Febrero la sexta noche, como lo ha sido siempre desde hace ya cuatro… siete… once insondables años. Mi andar es el de un león enjaulado, el de un alma penitente transitando, sin descanso, este interminable atardecer, aquí en el Templo del Fuego… donde no hay más luz sino lánguidas centellas rojas, diminutas y fugaces. En el fondo de mi recuerdo retumba, imparable, inmisericorde, una y otra vez, el tukutín acosador… ¡yo no sé qué contestar!

        Es hoy, ahora, la misma noche gélida y desolada desde hace siete años. El día próximo nunca llega, no he visto la luz atisbar jamás… ¡ni en fugaz espejismo tan siquiera! Hasta en sueños, esquiva, me ha eludido. ¡Una y otra vez! Así ha sido a lo largo de los reiterantes años de este sepulcral humor. ¡Así ha sido esta noche en mis huesos infiltrada! Oigo los ecos de mi gemir, llegando, volviendo, ¡persiguiendo como yo!, algo fuera de este confin. Hondo, luengo… como este mismo Viernes. Vivo e inagotable retumba, omnipresente, el tukutín acosador… ¡yo no sé qué contestar!

            Repica una y otra vez, en la eternidad de este vacío marchito… Mi andar es por completo el de un difunto, excepto por algo ¡que me arde! muy dentro. Mis ojos apagados no entienden, vagan hacia el lugar del alba, aguardándola expectantes. Siguen anunciándome el Día por venir en muy vivos colores. Mas todo es gris y fatal, aquí en el Templo del Fuego, donde la llama no tiene lumbre.

            Preterido el Sábado, la luz del Día tornose fábula. El corazón no me late, tan solo me atiza eso ¡tan en lo profundo! Miro al través de esa ventana, yerta, sorbente… y me envuelve esa brisa, frígida y devastadora, constriñéndolo todo en mí ¡desde dentro! Tan solo puedo gritar, desaforado, una y otra vez… por si tal vez exista algún hoyo en los muros de esta noche interminable; y nadie puede oír mi voz. Nadie… Va de nuevo el tukutín azorador… yo… ¡yo no sé qué contestar!

           Ya no hay nada en mí… reducido, y no sé a qué. Me aplasta, insaciable, tu maldito tukutín. Mientras escruto, aún aturdido, recoveco por donde escurrirme, comprendo, espantado, que nada escapa a esta noche. Suben hasta mí rugidos e improperios. ¿Son eternos estos linderos? Ofuscado me encojo. ¡No hay por donde salir! Es implacable redundancia. Entrampado en un sin mañana, busco eludir el sonido de este oprobio que aniega todo aquí en el Templo del Fuego, donde la lumbre jamás existió. Se incrustan mis dedos en el suelo. Desde otro mundo muy abajo, distante y ajeno, alarido perfora mi vientre. Las rojas centellas ya no pueden discurrir. En polvo, derrúmbome. Cual nube que se disipa procuro extinguir mi presencia. ¡Futil! Todo lo devora esta noche de verano; y es tan vasto el tiempo aquí que no puedo saber, por donde llegará, el alba. Y ahí está, acosador, acusador, peregne, el aciago tukutín. ¡Yo no tengo con qué contestar!

          Nada se detiene aquí excepto esta misma noche, ominosa noche de verano. Todo prosigue aquí, tal cual la vez primera. Nada puede alterarse; sellado bajo este hedor todo es inmutable. Mis huesos no hallan calor. ¡Es helada esta noche en Febrero, helada! Fricciono sus confines, como tantas otras veces, por si quizás aparezca al fin, el escondite del alba. Solo soy un gélido humor, pestilente, en la vaguedad de esta noche. Sacudido sin descanso por la ondas de este tu sonido. Me bate, me abate, ¡hace conmigo cuanto quieres! Es curiosidad voraz; es injoneo sin descanso; es vorágine inflexible. ¡Es tu despiadado tukutín reventándome el oído!

           En el Templo del Fuego toda incandescencia ha sido extinta. Ni por la razón, ni por compasión se logró disuadir. Todo hálito fue condenado al olvido. Todo pereció a la sexta noche. Cual ávido sabueso, insaciable interpelación; ya no está. Los vestigios de su irrupción siguen aquí impregnados. Se encrispan las llamas, siempre sin lumbre. Se pierden los gritos en la profundidad de este vacío. Solo los rayos de un nuevo día pueden cesar esta devastación. No hay más cacería, la curiosidad no existe más, hace diez años el final acaeció. Mas en este santuario, silente el lamento prosigue, oyendo el tan frívolo tukutín que nunca llega… Es el primer viernes de Febrero, y es de noche. Álzase invicto el tukutín desolador… tú… ¡tú no quieres más mi contestar!

 

                                    Emanuel Silva Bringas
                                              Lima – Perú

 

Declamado por Giann-Poe: https://www.spreaker.com/user/8360404/el-sexto-dia

                                

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Páginas 31-32

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