El Actor protagónico de una Vida desdichada

 

El actor protagónico de una vida desdichada

No le importaba el paso futuro. Caminaba con la mirada en el piso, oteando una sombra etérea que lo seguía por delante, bajo sus zapatos angustiados con kilómetros encima, miraba aquél reflejo oscuro casi por obligación, porque el panorama era igual o más triste: las caras, los autos, los mendigos, los semáforos fundidos: Todo.

Las luces gráciles y amarillentas que mal mostraban los postes plomizos, eran las que maquinaban la sombra errante. Él la seguía, la seguía a donde sea, a donde lo llevase, con devoción, la seguía hasta el fin del mundo.

Con las manos en los bolsillos, dejó atrás la acera y cruzó hacia la pista de granito, al frío asfalto de aquella avenida, que con una voluntad imperante trató de dejar atrás. Varios automóviles se precipitaron sobre él: bocinazos, chirridos de llantas frenando, insultos. Luz verde, peatón despreocupado, luz roja, conductores con prisa, pensó en una fracción de segundo.

Casi por inercia levantó la mirada, abandonando la sombra pasmada que yacía en el suelo. Un automóvil estaba casi sobre él, haciéndose cada vez más gigantesco, más real, más amenazante. Cerró los ojos esperando lo peor, y de inmediato los abrió probándose a sí mismo que podía morir con dignidad. Desde fuera todo ocurrió en sólo un parpadeo. El auto, que era de un rojo intenso, tentó detenerse con la desesperación de alguien sin opciones. Él permaneció atónito, viendo como todo su mundo se tornaba cada vez más claro, atrapado de pronto por un destello sobrecogedor.

Algunos instantes después, la calma pareció volver y la noche fue recuperando su color. Él estaba cegado por los faros del vehículo, que le apuntaban a la cara, entre ceja y ceja; y al mando del volante un sujeto trastocado por los nervios aguardaba a enterarse del desenlace de su acrobacia sobre ruedas. Para entonces, ya toda la gente a varios metros en derredor había concentrado su atención en el incidente estrepitoso que se había perpetrado tan cerca, ante todos, ante cientos de miradas que atisbaban con pavor, con intriga, con miedo, y los más fríos, con entusiasmo. Los faros lo seguían apuntando y, por eso mismo, lo erigían como el actor protagónico de un suceso desdichado; lo apuntaban e iluminaban como en el teatro los reflectores iluminan a la estrella del acto, para que brille aún más.

Con el rostro desencajado, miró para un lado y el otro, tratando de buscar entre el silencio y las miradas que lo seguían alguna explicación, o si quiera un comentario de lo ocurrido. Por último, miró a través del parabrisas del automóvil, descubriendo a un conductor más bien moreno y de cabellos ensortijados, de ojos pardos y bien abiertos, casi pidiendo misericordia, casi abandonados a su suerte.  Dando un respingo, volvió las manos a los bolsillos y viró el cuerpo para seguir su camino, el camino de su sombra, su persecución en todo caso. Con pasos breves pero con presteza, logró terminar de atravesar la avenida, y retomó una acera que lo condujo a una promesa de calles, de gente, de avenidas, y sombra perpetua bajo los pies.

De pronto, como en un rapto abrupto de nueva realidad, casi como en una epifanía, se encontró hollando tenuemente por una calzada majestuosa, por un barrio desconocido y tan bello como para que él pudiese considerarlo lindo después de todo. Era casi perfecto con sus casas chatas y parejas, pintadas de colores alegres, iluminadas ahora por postes de luz blanca, por el cielo de repente despejado y de muchas estrellas, y enaltecido aún más por el gratísimo olor a mar que lo envolvía como una nube acariciando su cuerpo.

Poco a poco se fue enamorando más de lo que observaba, de lo que olía, de lo que escuchaba. Pensaba que se parecía a diciembre, a los únicos días del año donde era feliz por alguna extraña razón. Aunque también podía parecerse a la infancia, a los días en las chacras de Trujillo, donde se podía respirar paz a cada segundo. Era también como volver a escuchar a su abuela cantando, recitando huainos con una voz tan meliflua que lo hacía dormir con una sonrisa en el rostro. O acaso los días felices con Rosa, claro, cuando eran felices, antes de que la muerte los separase y lo dejase lleno de recuerdos, de dudas, remordimiento y rencor.

La sonrisa volvió a sus labios como  un regalo inesperado, como un don que le había sido concedido de pronto, y que él disfrutó tanto como pudo, exacerbando las arrugas de su rostro de bronce, al esculpir un mohín sosegado y risueño. Continuó caminando por aquellas calles, que cada vez eran más precisas a sus recuerdos y buenas memorias, que cada vez se sintonizaban más a los momentos felices de su vida subordinada por momentos tristes. Entonces, repitió entre dientes, en voz bajita y casi como anécdota: Luz verde, peatón despreocupado, luz roja, conductor con prisa, con apuro, algo tendría pendiente. Y luego continuó su camino prometedor, lleno de esperanza y grandezas, sin sentir cansancio alguno. Había olvidado ya la sombra, ni siquiera se había fijado si aún estaba por allí, de pronto no lo guiaba más y así estaba más que bien. El camino se alargaba casi hasta un prometedor infinito y cada paso era más feliz que el anterior.

Las luces que surgían incansables de los faros del automóvil continuaban impertérritas, y habían convocado ahora a una congregación de preocupados, curiosos, y apenados, que lanzaban miradas severas y reprobatorias al sujeto tras el volante, quien dejó que los ojos pardos se le anegasen y ensombreciesen como dos figuras tétricas y miserables a la vez. Delante del auto, y alumbrado como la estrella que brillaba más, el cuerpo inerte del peatón cabizbajo se extendía sobre el frío asfalto, aplastando lo que alguna vez fue una sombra caminante, y, sin embargo, había una tenue sonrisa en su rostro que a los espectadores hacía pensar en un mundo mejor.

 

Lima, 2011

             

Julio Fernández-Meza
          Lima – Perú

                                

Revista Dúnamis   Año 9   Número 7    Agosto 2015
                                    Páginas 26-28

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