Cortejo Fúnebre

 

 

“CORTEJO FÚNEBRE”

I

En un féretro lúgubre, yacía
un cuerpo inerte, flácido y pálido.
Caminantes sus séquitos, rumbo al cementerio,
silenciosos, cabizbajos, con el inclemente sol a sus espaldas.
A un mismo paso, avanzaban lentamente,
como no queriendo llegar…
Los pensamientos divagantes, un tanto confusos
acerca del difunto.
¿Qué fue lo que pasó? ¿De qué murió?
Una anciana consternada susurró:
¡Dicen que de melancolía,
porque ya más no podía, con su dolor!
Con los corazones compungidos, sus miradas perdidas
de tanto llanto y dolor; ya casi llegaban hasta la entrada,
de ese lugar, frío y sepulcral.
El cuerpo prisionero, en una caja fina, larga y de laurel.
Más su espíritu y alma sublimados,
hacia lo infinito, sin retorno, en un viaje a la eternidad.

II

Con pensamientos ambivalentes,
unos decían entre la multitud:
¡Ya el difunto, pasó a mejor vida!
¡Ay de los que quedamos aquí…!
Otros decían: ¡Sí, pobres de nosotros!
¡Con tantos sufrimientos
y cuentas por pagar, en ésta vida!
Musitando alguien por ahí, se escuchó:
¡Fue un gran hombre de verdad!
¡Pero se veía tan bien! ¿Quién lo iba a imaginar?
La gente incrédula seguía comentando:
¡Que va!… lo único que se necesita para morirse uno
¡es estar vivo!
Ya en el Campo Santo, ante el féretro: muchas oraciones,

Padres nuestros, Dios te salves Marías y ruega por él
lágrimas y muecas de desolación embargando el aire
frío y tenue, de los concurrentes
Alguien pidió, con mucha argucia
unos minutos de silencio, por el alma de este “cristiano”
que ya partió a la “Presencia del Señor”.
Luego voces estridenciales, llantos incesantes,
de algunos familiares y amigos muy allegados.
Seguía susurrando, otra gente por ahí:
¡Llegó la hora… que duro será!

 

III

Partieron con el féretro, cargándolo, sus hijos y amigos…
que no dejaban de sentir;
sus voces ahogadas por el dolor de la pérdida.
Caminantes paso a paso, hacia la fosa,
que los sepultureros habían cavado.
Estando allí: abrazados unos a otros, hijos, familiares y amigos,
Ante la ambigüedad de la vida, veían como el ataúd,
atado con amarras de mecate,
se balanceaba y descendía
hacia lo profundo de la fosa.
Mirando, los restos de aquel hombre:
valiente, trabajador, amoroso.
Un ser ejemplar para todos aquellos que le conocieron.
¡Un puño de tierra, una linda flor,
y un hasta siempre…!
Todos sus séquitos elevando una mirada al cielo,
con los pensamientos quimeros y el corazón estrujado
tristes ruegos y oraciones, que como velas en la oscuridad
guiarán y alumbrarán su espíritu, su alma,
donde vivirá: lo perdurable, lo eterno, lo bello,
¡lo que nunca ha de morir!
Dios…

  Gabriela Toruño Soto
Puntarenas – Costa Rica

 

 

Revista Dúnamis   Año 9   Número 6    Julio 2015
                                    Páginas 8-9

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