Echonal

 

Echonal

 

La noche no tenía escapatoria, simplemente, no la tenía. Renegaba de estar donde estaba, de haberme escapado de casa, de mi otrora actitud rebelde; y ahora, sobre todo, de haber entrado a este bar de pésimo gusto, como lo fue la idea misma que concebí y me conminó a entrar, pedirme un Capitán con coca-cola y escuchar al primer crápula que se me acercó.
Caramba, qué compendio de malas decisiones. No sé cómo se llama el vagabundo, pero lo que sin saber se nota es que es un pobre diablo, un perro de la calle, gentuza que nadie lloraría si se conoce la noticia de que ha caído abatido en alguna callejuela de la ciudad.
“Otro salud para usted, profe, por el honor…no, válgame Dios, el honor es mío”.
Mírenme, si no soy un hipócrita de campeonato. Le hablo mirándolo a los ojos, a ese par de glóbulos amarillentos con el iris negro, recio, duro, como su cabello, como su tez misma, como todo él.
Me habla; me rio. Me conversa; lo miro. Divaga; odio su aliento avinagrado. Me mira; siento lástima por él. Me miente; sé que lo hace. Me dice la verdad; no le creo nada. Me invita otro Capitán; no sé decirle que no.
“…porque yo jugador profesional debiera ser. ¡Profesional!. Vah, ¿qué, no me crees?, los mejores clubes me pretendían”. Lo miro hacia abajo mientras fanfarronea. Abajo porque es un petizo y porque hasta en eso me siento superior a él. Ahora que lo pienso, seguramente por eso aún no me he ido, porque me encanta sentirme superior a quién sea.
“Allá por el ochenta y dos fue que jugué por el Alianza Lima. La joven promesa era. El sucesor del Poeta me decían. Los mejores chimpunes me daban, los no tan gastados, los que al menos no olían a pezuña. Verdacito. Era querido en el barrio blanquiazul”. Engullo el Capitán, está amargo, sabe a basura, el muy jijuna me ha invitado un cinzano: encima eres pobre, encima no sabes darle respeto y lugar a tan distinguido escucha como yo. “…pero también, con la gloria viene la maldad, la envidia, la mano negra del que no puede ser como uno. Tú sabes, ¿no?, sabes que en el Perú cuando uno está triunfando, ahí mismo te saltan las alimañas a bajarte y a revolcarte”.
Este trago maldito me ha samaqueado, me ha dejado en ese limbo entre la fatiga y la espontaneidad, entre el cansancio y la locura, o sea, entre las ganas de irme ya a dormir o salir de aquí y comerme al mundo. Sin embargo, heme aquí, con este mequetrefe, ¿de qué rayos estará hablando este tipo?
“Había un negro, el negro Arana, terrible hijo de puta. Desde que llegué a la institución me tuvo envidia: me miraba feo, se robaba mis chimpunes, mis casetes de salsa, y hasta se atrevía a llamarme cholo creído…” Hago una mueca indignada, un mohín de pena, de lamento y de complicidad con mi nuevo amigo. Siento que debo hacerlo, siento que lo que dice apunta a granjear rictus de camaradería. “Yo lo banqueé al negro. El negro era el nueve titular, pero cuando yo llegué el profe al toque me puso en el equipo, y mandé derechito a la banca al negro. Por eso me odiaba, y por eso hizo lo que hizo…”
La cama, opto por mi cama y tomar una siesta de sus bien ganadas doce horas. Me voy, me quiero ir. ¿Cómo se lo digo?, odio no ser lo suficientemente malcriado como para largarme sin mayores rodeos. La educación, pues, la buena crianza de mis señores padres no me permiten irme como un enajenado vulgar.
“Sí, firme que lo mandé a la banca. Por eso en un partido de práctica, antes de ir a enfrentar al Ciclista Lima, me acuerdo; mientras jugábamos los titulares contra los suplentes, me tocó disputar una bola dividida. Yo, has de saber, soy de ir al choque, partidario total del cuerpo a cuerpo; y al otro lado del balón ya te imaginarás quién estaba… sí, pues, él mismo, el negro Arana jijuna la gran puta… Fuimos ambos al choque, pero el muy desleal me alzó la pata y, en vez de ir a la bola, a mi canilla fue, y entonces me torció la pierna de apoyo y me la quebró hacia atrás…”
Pobre hombre éste, se nota que ha sufrido. ¿Le dolerá si le digo que me voy, que ya nos vemos, que gracias por el cinzano? Saliendo de acá me voy a los bares de Dasso, ya lo decidí, mejor así, muy aburrido irme a dormir, ya dormiré cuando sea viejo, por ahora es mejor aprovechar la juventud.
“Tres meses y medio estuve hospitalizado. Enyesado toda la pata, doble fractura; comiendo lentejas frías y las gelatinas agrias que ofrecen en el Sabogal. Qué hospital para más mierda, ese”. Dile adiós, nos vemos. No, no, parece que ya va a terminar. Me va a ahorrar la tediosa despedida. En cualquier caso, agradece el trago barato y sales como un caballero.
“De ahí nunca fui el mismo. La pierna no reaccionó, que va, no volvió a ser lo que era. Los años se me vinieron todititos encima, engordé, saqué panza, tuve a mis cinco hijos con la Delcy, mi señora, y ya, mi carrera de crack se fue derechito a la mismísima, a la gran… Bretaña…”
Levanto los hombros, como sintiéndolo, como diciendo ¡qué mierda que es la vida! Bueno, es hora de despedirse, hora de decir adiós…
“Eso sí, ni creas que dejé las canchas, ¡eso sí que no, ah! Me llamaron para jugar en un club de segunda en Trujillo, porque yo ya no era lo que era, es cierto, pero algo era aún. Todavía me gustaba corretear la pelota, ser un carrilero empeñoso, un cabeceador maldito, un mete-codo bravo. Así que me convocaron de los Diablos Rojos de Churín, el equipo más bravo del norte. ¡Ah, carajo…!, ese equipo lleno de forajas estaba: ex presidiarios, gente del hampa, gente del Alto Churín. Habían querido formar un dream team de temer, un All Star de bravos, y ahí estaba yo, el nueve, metiendo pata y apoyando en cuanta bronca se formaba”.
Ya no lo miro más. Desgraciado, mal educado. ¿Qué no ve lo mucho que me importuna? Ni la mirada le regalo a este rapaz. Cuánto borracho en esta cantina, como cancha, a granel, y de todos a mí me tiene que venir a aburrir con su plúmbeo novelón. Malvado.
“Recuerdo la final de la Copa Interclubes que jugamos en el Complejo Chicago… ¿No te aburro, no?… ¡Perfecto, correcto!, sigo entonces… Contra el Juventus Virú jugamos, unos zambos así de grandes, unos cholones así de macetas. No te imaginas. Al final empatamos, nos fuimos a la tanda de penales, y con gol de este humilde servidor se pudo ganar la contienda. Ya de ahí se armó el deshueve, el bolondrón, ¡una sacadera de mierda…!, para qué te cuento”.
Todos los borrachines han volteado a ver a mi interlocutor. Cada una de las miradas achinadas son para él y para sus gestos toscos, y su voz resonante, que se exacerban mientras va contando lo que cuenta, lo que inventa, lo que vivió, o, si acaso, lo que quisiera vivir.
“A dos grandazos me tumbé, a dos a punta de puñete en la ñanga y patada limpia. Y por eso yo alcé la copa; una copa linda era, de oro de fantasía, linda”.
Ya basta con esto. ¡Mírate! La gente te observa, te creen un loco desgraciado, un loco menor que se desvive haciéndole caso a un loco de mierda como éste. Cada vez es más tarde, cualquier plan será ya imposible. Nos vamos o nos vamos: “Gran historia, míster, pero…”
“¿Me esperas un ratito, sobrino?, quiero ir a meterme una achicadita brava… Mozo, un Capitán para mi compañero…Ya regreso, tómate un traguito por la espera”.
Sin decir palabra alguna, el cuenta cuentos se marcha arrastrando los pies, desorientado hasta perderse entre los cuerpos ventrudos del lugar. Solo un instante después, el camarero me toca el hombro y “su trago, joven”.  Empuño el vaso lleno de líquido claroscuro, con hielitos flotando como peces en el agua, nadando por ahí, haciendo del vaso uno gélido, uno glacial.
Tomo un sorbo, uno más; un trago avezado, uno aún peor, luego un seco y volteado. Y así, como quién no quiere la cosa, me he bajado el trago que me ha invitado el gentuza éste que, a propósito, ¿dónde rayos se ha metido?, ¿quince minutos en un achique? O es uno muy bravo, o este me ha timado, me ha visto la cara, y seguramente ha granjeado una historia más para su porvenir.
Viene el mozo, que si me quiero servir algo más, que la cuenta, que son tres Capitanes más ocho cinzanos que se ha tomado mi acompañante. “Valgame Dios, yo estoy en calidad de invitado, a mí no me cobre nada”. Que vio a mi acompañante salir y perderse en la calle, que piña, legal nomás, paga, chino, paga y no llores, paga que aquí los traferos se van bien desmejorados, bien sacadita la mierda.
Te dije, te dije vamos ya. ¿Ya ves?, ahora, pues, ahora saca a relucir tus buenos modales y tu mesura para no herir los sentimientos del primer bicharajo que te cuenta la vida. Ahora, pues. Mientras corres como un enajenado, con tres zambos atrás persiguiéndote, piensa en la cordura, en ser un buen oyente, en cómo se referirá de ti el rapaz en sus historias futuras.
 
Julio Fernández-Meza
 
 
Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011
                                         Páginas 7-11

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