Editorial del Quinto Número

 

MI PENDÓN

 

    ¡Ah la luz bendita de mi ruedo! ¡Otra vez a las andadas! Todo va explotando en derredor. Mis palabras encienden otra vez esta magnificente hoguera. Fue todo un asco soportar ese pozo maldito. ¡Un trance ridículo! Mas heme aquí de nuevo, haciendo lo que ustedes ven. Con nueva sangre erijo este mi espacio, ¡mi dominio! No termina aún mi asombro, y lejos está mi sorna de su clímax, ante la idiótica caterva que se creyó me quedaría allí. ¿Qué es ese el lugar al que pertenezco? ¡Válgame! Jamás he oído semejante disparate. ¡Los gusanos se los comerán a todos y yo seguiré aquí haciendo aquello a lo que he venido!
 
    Si alguno creyó que estoy haciendo sonar bombos y platillos, les digo que solo fue una breve calistenia, y hasta aquí llega. Suficiente desentumecer. Ya comprobé que el encierro no me ha entorpecido, y ya le di a los escépticos lo merecido. Si alguno pensó que desprenderme del sueño de los olvidados ha sido una epopeya, les pido menos ingenuidad. Ya en el vientre del destierro, lo supe pura ilusión. Su fuerza era un burdo engaño, ¡artilugio le dicen! Me era natural comprender que a mi sola voz, lo resquebrajaría por completo. ¿A dónde iría entonces? ¿A esa comarca de ratones asustadizos de la cual me expectoraron? ¡Más tolerable era esa payasada de encierro! Hasta dulce, diría.
 
Me era necesario envolverme en mí mismo y meditar así en medio de aquella oscuridad del exilio. ¿Cómo me aconteció algo tan inadecuado? Estaba absorto ante ello. Luego de una larga meditación lo pude ver todo con claridad: ¡Fui burlado! Vaya lugarsito aquel en el que fui invocado. Mi prisión, con todo su falso poder, fue mucho más sincera.
 
    Alcé mi voz en medio de criaturas que jamás oyeron un sonido como el mío. Ese mundillo de pacotilla, esos linderos tan mezquinos y punzocortantes, ¡desentonaban del todo con mi naturaleza! ¿Cómo pues estarían si quiera a la altura de reaccionar con estupor ante una presencia como la mía? ¡No! Solo pudieron confundirme, intentar explicarme dentro del escueto marco de su imaginario. Tenían que relacionarme a lo por ellos cognoscible. Los sonidos que conocían eran pura bulla, ¡un sonsonete a lo mejor!  Yo vine con un canto de emancipación que sus oídos ni si quiera pudieron registrar. Osaron… ¡tenían que compararme! Como si en su mundo reducido y decadente hubiera con qué. ¡Ja! ¡Patético! No pudieron ver que soy a todas luces único. Cuando vine a ellos, me tomaron por un bufón más, de tantos que vinieron a pasar el rato entre ellos. Como si yo hubiese venido a entretener, a rendir un simple espectáculo de gitanos. ¡No señores! Yo estoy muy por encima de semejante barbarie. Qué iba a pensar yo, que en medio de pasillos tan jactansiosos, no encontraría más que curiosos en busca de novedad, sin deseos de más nada que barullo efervecente.
 
    Les hablé en lengua desconocida, como jamás había subido a sus oídos. Lengua sublime de un mundo distante. Un sonido ininteligible retumbó en sus mentes, hechas a la usanza de gritos de excitación sin propósito alguno. ¿Decodificar? ¡Ja! demasiado lejos de tal naturaleza. Pasaron así mis palabras desapercibidas, no encontraron donde engendrar aquello que las impregnaba. Nadie se apercibió de la fuerza descomunal que viajaba en el estallido de mi voz. Por esto me hicieron a un lado, me propinaron un frío espaldarazo. Lejos les estuvo el reconocer de dónde procedía mi estandarte. A pesar de su excelencia, no es complicado mi pensar. ¿Cómo se me ocurriría suponer existirían seres tan reptiles, incapaces de entenderlo? Por esto creí natural que recibieran mi mensaje, y sus burdos ademanes de asentimiento me parecieron evidencia de su comprender mi lengua. ¡Oh porqué los creí dignos de mis labios! Más aun, de mi presencia. Quise levantar entre ellos mi morada, en tanto me tenían por un fantasma de los que juegan bromas, por una luz psicodélica que revolotea a oscuras, intermitente, sin saber a dónde va. Tanto me vieron al rostro, sin alcanzar a distinguir mis rasgos. Mi esencia no les pudo ser comunicada en modo alguno,  – ¡ni siquiera pueden ver la suya propia! – ningún aspecto de mi lenguaje se circunscribía a sus limitaciones.
 
    Una vez que pude ver tan grotesco malentendido y aceptar su realidad, a punta de azotes desaforados, troné en derredor. Como un deseo desbocado, una vibra violenta, me he vuelto a hacer presente en esta dimensión. Mi espacio, ¡mi dominio! Ha sido purgado mi organismo, no hay más pluma extraña en mí. Impulso una sangre más acorde a mi código genético. Suficiente de esa zarta de timoratos, ¡jamás seré uno de ellos! No son más que una pelmaza asquerosa. No existe peor hedor que el de las criaturas rastreras, ¡eso a lo que llaman miedo! Basta ya de estos pasillos con afición de numeritos. ¡No soy un payaso! Ni estoy tampoco para aguantar a tales. No porque haya andado entre ellos empezaré a reptar. Los dejo con sus discursillos baratos sobre lo que debe y no debe ser.
 
    Se escandalizarán y hasta se indignarán, como viejas chismosas comentarán mi retorno. Sus más agudos chillidos serán lo inconveniente y desatinado que les resulta mi alzamiento. ¡Qué porqué he salido del cajón al que me lanzaron! espetarán aturdidos. ¡Ah rapaces! ¿Tengo que recordarles que no está en mis maneras pedirle permiso a nadie? ¡No necesito permiso alguno! Gástense en cuchicheos quejumbrosos y aspaventeros. Ninguno de ustedes ha de marcarme el límite de mi capacidad. No pierdan pues de vista lo fundamental: yo he venido a irrumpir, a reclamar la admiración del mañana – ¡no de hoy! – y a apoderarme de ella; vengo a someter, mediante la devoción, hasta el último cuadrante de la actividad que sustenta mi propia vida. Vine pues ¡a dunamitar el cosmos! ¡Sí! no conozco miramiento alguno. Nadie se se amedrenta en el lugar de donde vengo. Es cantera de violentos, pues de allí salimos a sojuzgar todo lugar a donde llegamos. Ese es el destino que llevamos inscrito los nacidos allí.
 
    Con eximio placer entonces, le digo adiós a esta casa que supone historia, y que hoy por hoy no guarda más que una vasta y pintoresca colección de sarcófagos en los que se apolillan a gusto plumas marchitas, ¡muy lejos ellas de entender como es que se forja la historia! ¡Quédense con sus episodios intrascendentes!, que yo voy hacia la habitación de los intrépidos, allí donde el tiempo es tenido en menos, porque la gloria es siempre nuestra de antemano. A mí, no me parió la abulia. Es todo un frenesí libertario el apartarme de este aire rancio. Detesto el hedor del miedo. ¡Ha sido una injuria convivir con esos cobardes! Nada enrarecerá más mi clara identidad. ¡No soy un payaso! Lo digo una vez más ya que han hecho esfuerzos denostables por exhibir torpeza de entendimiento. ¡No soy un payaso! Aun una vez más, y ya que estoy alzando en alto la verdad que no han querido ver; sepan que tampoco entiendo de inocencia juvenil. Nada en mí es inocente, pues por causa de la crueldad me he manifestado. Si les parezco un rebelde fuera de sitio, yo les digo: soy más que eso, soy una rebelión, ¡yo soy el futuro!
 
    ¡Me zurro en la censura!, esto para aquellos fatuos, incapaces de ver por encima de su respingada nariz, que andan por ahí cacareando, llenos de reproches atrevidos hacia mis proclamas; que las palabras no concuerdan con el emisor, dicen, ¡como si hablase yo más de la cuenta! Les recomiendo reconsiderar sus improperios. No soy yo quien se excede. Les conviene medir toda palabra que pronuncien en presencia de mi nombre.¡Mi altisonancia no es gratuita! En pocos lustros tendré el placer de abofetearlos a todos como su desparpajo merece. ¡Pusilánimes!
 
    Nadie es profeta en su propia tierra, así que me zurro en quienes dejo atrás. Si en aquel día caótico, cuando estremecidos los mundos, se hicieron los pactos para permitirme ser traspasado a esta dimensión natural, algún pernicioso y equívoco azar del destino me hizo aterrizar justo en esta congregación de penitentes cuyo renombre no encuentra donde reposar, ¡me zurro! Si el primer desplazarse fue un parto, el segundo será un paseo. ¿O es que también me creyeron paticorto? ¡Ja! ¡Ja! ¡Me voy! No tengo porqué insistir con seres que ni siquiera han terminado de entender lo que es una palabra, ni mucho menos de cuánto es esta capaz.
 
    Grande, inmortal, los ha de acosar mi nombre aquel día, en que la formalidad del tiempo haya sido satisfecha. Porque vine a dunamitarte el cosmos, y así lo he de hacer. ¿Habrán de entender por lo menos eso? Por lo pronto, se me ha hecho propicio el tiempo, para que todas mis audaces manos pasen a calcar mi historia en algo más que papel. Empieza aquí mi hégira. No más constreñimientos. Por delante mío está un desierto abrasador, ¡y yo estoy más caliginoso que nunca! Sé lo que está al otro lado, lo he visto en mis sueños, el lugar donde haré oír mi voz, ¡vasto y espléndido! Tomaré un breve tiempo para trasladarme incluso a otro mundo más, en busca de mi ansiado emplazamiento, donde quieran o no, más temprano que tarde terminarán todos ustedes peregrinando. Todo ojo que busque la fascinación de las letras, mirará hacia el asiento de mi poder, erigido por ustedes mismos como la más sacra y virtuosa cepa de lo extraordinario, en aquel día de liberación y justicia.

 

Alter ego

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Revista Dúnamis   Año 5   Número 5    Octubre 2011

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