Almita

 

Almita
 

¡Ya basta, a terminar!, se sacudió Facundo, ya no voy a pensar en la desalmada de la Alma, ni más, que se friegue, no me merece, no merece mi sufrimiento. Se puso de pié de un brinco y salió de su habitación dejando tras de él una cama a medio tender. Al compás de su caminar se revisó los bolsillos, confirmó que traía consigo las llaves, la billetera y los cigarrillos, y sintiendo que tenía los secuaces perfectos se apuró a las frías calles de Magdalena.
Ya había avanzado bastante cuando se percató de que no había dejado de pensar en Alma ni por un segundo. Alma lo seguía como su sombra, o, si acaso, él la seguía a ella como tal. Lo encolerizó un sentimiento de derrota, de verse vapuleado una vez más por los tristes recuerdos de una dama dicién- dole que no, que no sentía nada por él, que ni de broma estar como enamorados. Aventó el cigarrillo al asfalto, aún a medio usar, y lo pisoteo como viendo en él las ingratas memorias, como intentando desbaratar las aciagas palabras de su otrora amada y  ahora odiada.
Sin haberlo planeado cruzó la Avenida Sucre y se dio de frente con la chingana Cachito, adonde solían aterrizar la vejez pícara y viciosa del lugar y la juventud aprendiz y agrandada. Facundo había asistido en varias oportunidades con la collera de siempre, la camada juvenil del barrio, los chicos del parque que ya no jugaban a la pelota ni a las escondidas, sino que más bien buscaban sentirse avezados bajándose un par de tragos con sujetos ventrudos y acriollados en la chingana.
Era viernes y de noche, el cariz que indicaba que sus amigos estarían allí, aguantando las bromas de los mayores, contando chismes de las chicas de San Miguel,  jugando al seco y volteado. Trató de pasar asolapado, caminando con la cabeza hundida en el pecho por la acera de en frente. Sin embargo, la puerta de la chingana era inmensa, reveladora, y los parroquianos siempre estaban atentos a los rostros que pululaban por el lugar, prestos a mirar mal cuando pasaba algún sapo, y atentos a mirar relamiéndose la boca y lanzado improperios para cuando transitaba alguna fémina. Por eso, cuando trató de pasar asolapado, Pedrito, uno de loslo reconoció y gritó descubriéndolo: “oye, flaco Facu, vente, ¿adónde te habías metido?”.

Sin decir palabra alguna, Facundo cruzó la pista aún con las manos en los bolsillos, cabizbajo, meditabundo, pensando aún en la Almita. Repartió algunas venias como saludando a los ventrudos de siempre, que se secaban vaso tras vaso de cerveza cristal, a veces helada, a veces al tiempo, según el pre- supuesto, dado que la cerveza helada era más cara. Luego pasó a la mesa del medio, donde estaban acomodados a la prepo casi todos los chiquillos de la cuadra, repartiéndose la última ronda de cerveza, lo que indicaba que ya debían  estar  estragados de alcohol.
Los amigos lo saludaron sin muchos aspavientos, hasta Pedrito le cedió la mano así nomás, como quién no quiere la cosa, y luego retomaron el hilo de su conversación. “Bueno, yo digo que esa fiesta será el deshueve total, la Carina me ha dicho que ha invitado a todas sus amigas de San Miguel, que  no ha invitado a los chicos porque son unos mañosos, y que quiere que yo lleve a mis amigos, que los de Magdalena somos más decentes”, argumentó Cabeza, el mayor del grupo, un efebo que a los dieciocho tenía un cráneo prominente, tumefacto quizá, anómalo y característico, a tal punto que esa extremidad le había birlado protagonismo a su nombre en sí, pasando a ser conocido por todos como Cabeza, a secas.
Los chicos comentaron entre sí, algunos daban fe del testimonio de Cabeza, le creían a ciegas. Otros, más desconfiados, decían que no, ni hablar, demasiado bueno para ser verdad. Un vaso lleno de cerveza llegó a las manos de Facundo. Aceptó con una sonrisa cómplice, le echó un vistazo, tenía una hormiga muerta dentro, flotando. Vio en derredor, nadie lo miraba, todos habían tomado del mismo vaso y ninguno se quejó, él no podía ser el excéntrico. Empuñó el vaso con fuerza, apretó la garganta y engulló a la carrera la cerveza tibiona y la hormiga finada.

Pedrito, haciendo un carraspeo, pidió la palabra, “la Carina es tremenda mentirosa, además ella es pataza de los achorados de San miguel y de los del colegio nacionalón del Callao, esa gente de hecho que va a la fiesta, y si nos ven rondando a las chicas nos van a querer hacer la cagada”. Todos le dieron la razón, incluso Facundo, que en su mente solo pensaba en los estragos a su salud que le causaría el consumo de una hormiga. “Más respeto con la Carina, te olvidas que me la estoy afanando, que en la última fiesta terminamos besándonos ahí en el malecón, es casi mi hembrita, refiérete bonito a ella”, increpó Cabeza, notablemente consternado por las afirmaciones inocuas de Pedrito. Facundo repartió miradas entre el grupo, al negro Felix, al loco Aldemur, al cholo Josefo, a Pezuña, a Juancho, atento a sus reacciones, sintiendo que el clima se ponía tenso. Pero a él nadie lo miró, los chicos comentaron un par de cosas, Pedrito, siempre histriónico, se disculpó con un par de halagos a Carina, el loco Aldemur empezó a pasar mano diciendo que debía salir una chancha para comprar una ronda más de cervezas.
De la billetera gastada, Facundo sacó el único billete que tenía, uno de diez. Las huevas, a qué me he metido acá, me quedo sin plata por chupar con estos idiotas, y yo que quería ir a la licorería a comprar un capitán para tomarlo en la casa, escuchando música, tramando la mejor forma de ven-garme de la Almita, la loca esa.
Al poco rato el mesero, un tipo con una camisa percudida y un bigotín gracioso, arrastró hacia la mesa de los chiquillos una caja de cerveza. “Sale la caja, servido”, dijo mientras la ponía sobre la mesa de madera. Algunos parroquianos voltearon la mirada hacia el círculo de jóvenes que rodeaba la caja de cristales al tiempo, esbozando sonrisas y alzando sus vasos en clara señal de un salud. El cholo Josefo agarró la primera botella y la destapó con los dientes. “Estás cagado para hacer eso”, dijo Juancho, “acá tengo destapador, pide, vas a terminar desmuelado”. “En realidad se dice desdentado, mi querido”, lo corrigió Pezuña. “Tú anda lávate las patas, oye”, contestó Juancho.
La ronda de tragos arrancó, uno a uno los muchachos secaba su vaso lleno y lo pasaba al del costado. Facundo se sintió aliviado al ver que en las rondas que devinieron el vaso se encontraba exento de hormigas y cualquier otro insecto inoportuno. Aún así, tomaba en silencio e interviniendo de manera comedida en las discusiones, diciendo formalidades, un sí, un no, un qué sé yo.
En otra oportunidad, Pedrito secó su vaso y se lo pasó a Facundo, quien   por estar distraído rumiando amarguras amorosas no se percató de la cordialidad de su amigo, dejándolo con el brazo y el vaso extendidos. El negro Felix, conocido por ser el que mejor peleaba de la collera y el que por su aspecto duro y belicoso siempre impartía el orden y las reglas del juego, alzó la voz y dijo “oye, flaco Facu, desahuévate pues, hace rato estás en la luna, apura, recibe el vaso”. Facundo, de un respingo, recogió el vaso de mano de Pedrito y se disculpó con una sonrisa, temiendo por dentro que el negro Felix se aloque y le propine uno de sus temidos lapos. “¿Qué pasa, compadre, no me digas que la Almita es la que te tiene así?, ¿es eso?”, preguntó Cabeza, haciendo un receso al tema conspicuo que era la fiesta de Carina. “No, mi vieja que jode otra vez con que busque trabajo, lo mismo de siempre”, mintió Facundo, apresurándose a terminar el vaso, a que la conversación no se desvíe, a que no le pregunten por Alma, porque ellos no entienden nada, nada de nada.

 

 

“¿Qué, sigues detrás de la Almita?, ¡no jodas!”, se sorprendió Pezuña, soltando luego una carcajada burlona. “Suave”, intervino Pedrito. “Qué Almita ni que ocho cuartos, ya les dije que mi vieja está que jode”, se defendió Facundo. Los demás chicos se rieron incrédulos. “Si la cosa es plata puedes trabajar para mi viejo, en  el almacén, te pagan  una huevada pero algo es algo”, comentó Juancho. “Lo tendré en cuenta, voy a ver qué sale”, respondió Facundo, sin muchas muestras de agradecimiento. “Este pata no quiere chamba, lo que quiere es que la Almita le dé el sí”, bromeó el loco Aldemur, mientras se gastaba en gestos obscenos haciendo alusión al sexo. Todos volvieron a reír, Facundo solo supo guardar silencio.
“Ya, bueno, a callar”, pidió Pedrito, “dejen de batir al hombre, su roche es su roche”, lo defendió. Los demás comprendieron la petición y en sus rostros se notaba una condescendencia para con el pedido de Pedrito, sin embargo, cuando iban a retomar el tema de la fiesta, el negro Felix espetó una bombarda que incrementó el fuego de la sorna para con Facundo: “su roche es que, de todos nosotros, es el  único invicto”. Los chicos se miraron, algunos reprimieron las carcajadas, otros, como Pezuña y el cholo Josefo se explayaron en risotadas, y el negro Felix, que estaba claramente alcoholizado y con ganas de joder, se ufanó de ser el verdugo del inocentón del grupo.
“¡Ya!, ¿firme que sigues invicto, compadre?”, preguntó Cabeza, haciéndose el serio. “Cero quilómetros”, dijo por ahí el loco Aldemur. “Piticlín Sánchez”, dijo Juancho. “Como salidito de fábrica”, añadió el cholo Josefo. “¿Yo?, ¡estás loco!”, se defendía Facundo, “las huevas”, “hace tiem- po que no”, “estrené hace rato”. Pedrito, algo conmovido, con extrañas ganas de defender a Facundo, quizá por haber sido él quien lo convocó, quizá porque las cervezas lo ponían melancólico, dijo “Fue, pues, para mi es una mariconada andar preguntando si ya tiró o no, ese es asunto suyo, depende de él si lo quiere contar, es su opción”. Estas declaraciones sonaron para la manada como más carne para la merienda, y soltaron a reír asumiendo que el comentario vestía sutilmente a Facundo de marica. Pedrito se odió por sus infaustas declaraciones, pero finalmente, contagiado de las risotadas, se dejó llevar  y  acompañó  a  los demás en  la  burla  masiva.
La ronda de libamiento seguía, aún quedaban varias botellas en la caja, y ahora el tema de discusión a tratar era la castidad de Facundo, aunque, a decir verdad, más que un tópico de debate era uno de chacota y diversión, que hacía  al  grupo  reírse  hasta  las  lágrimas,  hasta  el  dolor  abdominal.
“¡Ya, carajo, ya les dije que no tengo nada de pito!”, se desesperó de pronto Facundo. Los muchachos guardaron abrupto silencio, asombrados por la convicción que acompañó al flaco Facu en su declaración. A punto estaban de darle crédito a sus palabras, cuando otra vez el negro Felix arremetió y dejó caer una pregunta sañosa: “¿y se puede saber con quién?”
Los rumores se reiniciaron, ahora hasta algunos parroquianos de la chingana se habían prendido de la discusión de los jóvenes, la cual atraía miradas y  risas cómplices de los ventrudos asistentes.
Sin muchas ideas en la cabeza y con todas las miradas de los presentes cayendo sobre sus narices, Facundo divagó un poco, acorralado por la pregunta, reducido por el negro Felix, sintiendo que le sudaban las manos y el bozo, y entonces, con la mayor veracidad de la que era capaz, contestó: “con la  Almita,  pues,  con  quién  más”.
Los muchachos se miraron entre sí, sorprendidos, conmocionados por la noticia, por la revelación, por la relevancia de esa verdad o hasta por la intrepidez de tamaña invención. Todos empezaron felicitar a Facundo, a lanzar arengas a su favor, a palmotearle la espalda y, a su vez, a preguntarle “¿con la Almita que todos conocemos?”, “¿con la Almita Quiroz de San Miguel?”. Facundo, puesto a vivir de su falacia, respondía que obvio, que con ella misma, que se hacía la estrecha pero que a las finales terrible había resultado la zamba”. Los brindis no se hicieron esperar, Facundo había pasado de ser presa a ser el rey de la selva, ahora se vanagloriaba y dejaba complacido que la collera lo glorifique. Hasta el Negro Felix, que se había mostrado insolente y hostigador con él, ahora se deshacía en encomios y frases plausibles, haciendo referencia a la correcta masculinidad de su amigo  calificándolo  como  goleador.

Cuando el cholo Josefo se disponía a abrir la sétima botella colocando e l pico entre sus dientes amarillentos, uno de los parroquianos, calvo, ventrudo, de lentes y  camisa abierta mostrando pelo en pecho, se acercó a la colle-ra empuñando su vaso y, en tono amical dejó oír su gruesa voz diciendo: ¿hacemos un brindis, muchachos?, ¡por las nuevas juventudes en las instalaciones de la chingana Cachito!”. Los muchachos alzaron sus vasos y dieron un “¡salud!” al unísono, y entre tanto Cabeza musitó para el loco Aldemur: “este viene a gorrear trago, carajo, si esto no está lleno de gorriones”.
El ventrudo caballero se incorporó por arte de birlibirloque a la collera, penetró en el círculo como un espectro que, de buenas a primeras, ya estaba libando y gastándose bromas con los mozalbetes del barrio, dándoles palmadas en la espalda, diciendo “un salud por la amistad”, y luego “un salud por mi señor padre, que en paz descanse”, y también “un salud por el mozo, para que de vez en cuando lave la camisa”, y por último “un salud por las chiquillas, que por ahí los escuché hablando de sus polvitos”. Este último brindis fue el que se respondió con más bríos al unísono, y dedicado con las miradas a Facundo, quien fue señalado como el hombre del momento, porque había contado que tuvo su affair con la Almita.
El calvo celebró de sobremanera la revelación, y tras guiñarle un ojo a Facundo, auscultó cómplice: “¿y qué tal?, ¿qué tal estaba la hembrita?, ¿de dónde la sacaste?”. Facundo se sintió altivo porque uno de los viejos parroquianos se interesaba en su historia e incluso le preguntaba por detalles, algo que nunca había logrado algún otro chiquillo de la collera, pues lo  usual era que ellos formen solo parte presencial de las pláticas de los viejos. Por esto mismo, los demás muchachos miraban a Facundo sorprendidos, minimizados, atendiéndolo como si él fuese un viejo más en aquella chingana.
Facundo no escatimó detalles, su mente afiebrada había soñado cientos de veces con un encuentro amoroso con Almita, tenía miles de historias bien argumentadas que contar, las cuales había urdido con tiempo en el pasado, cada vez que se inspiraba en la misma chica para descender una mano aca- riciante al sur de su abdomen. Así le contó al calvo como se había hecho hombre, y de paso había hecho mujer, a una tal Almita del colegio fiscal de mujeres de San Miguel, del cuarto año de secundaria, tiernita nomás, buenas patas, linda carita, pelo ensortijado, en determinado punto de la historia pasó a referirse a ella como Almita la zambita. Culminó con detalles lujuriosos, que dejaban al descubierto las aficiones secretas de aquella señorita que sus amigos pensaban por fin había logrado conquistar, y que el calvo ventrudo pudo imaginar a la perfección.
Exageradamente mareados, la collera y el calvo secaban los vasos de una de las últimas rondas. Facundo seguía siendo el héroe, nadie le hablaba si no era para felicitarlo, halagarlo, hacerle un brindis o decirle maestro. Pedrito y  Cabeza discutían con argumentos poderosos, pero con una calma extraña,  abrazados ambos, de si la Carina era o no una mentirosa de temer. El cholo Josefo se quejaba de que le había salido sangre abriendo una de las botellas con la boca. El loco Aldemur y Pezuña habían empezado a contar chistes rojos. Juancho y el negro Felix hacían chancha para ver si se compraba más trago. El Calvo terminaba su vaso meditabundo, con un brillo extraño en los ojos.
A paso errante y, sin embargo, otra vez como un espectro, el calvo se acercó a Facundo y, para variar, lo saludó una vez más y le revolvió un poco el cabello, en un ardid que Facundo tomó como tosco y poco educado, pero que, finalmente, agradeció con una sonrisa. El calvo le propuso hacer un brindis, pero Facundo se disculpó porque ya había terminado la cerveza que tenía en el vaso. El calvo lo miró ladino y le preguntó “¿me aceptas una botella de cristal, maestro?, para concretar bonito el brindis”. Facundo, más orgulloso que nunca, porque uno de los viejos parroquianos ahora le ofrecía un trago, situación que solo la gozaban los grandes patanes, los ganadores de mechas, y los mejores contadores de chistes, aceptó encantado y caminó junto al calvo hacia el bar, junto a la puerta. Antes de acomodar los brazos en la estantería donde estaba la caja y disponerse a que su acompañante pida la cerveza ofrecida, Facundo sintió que el calvo lo agarraba del cuello y, acercándose a su oreja, le musitaba: “acompáñame afuera”.

Caminando a pasos torpes, el joven sintiendo que algo iba mal, que se le revolvía el estómago, que a dónde lo llevaban; y el viejo mirando en derredor, confirmando que no estaba haciendo una alharaca, ambos salieron de la chingana y penetraron en la oscura calle de Magdalena, que a esas horas de  la madrugada sólo ofrecía un lugar desértico, oscuro y frío. El calvo arreció la fuerza con la que agarraba del cuello a Facundo y luego, en un movimiento inesperado, le dio la vuelta y le encajó un cachetazo que mandó al joven hasta el asfalto. “Así que maestro eres tú, vivo eres tú, tirador eres tú”, exclamaba el calvo, bramando cada palabra con un aire liberador a todo el odio que contenía. Facundo, en el piso, tratando de levantarse y confundido al mismo tiempo, se gastaba inútilmente diciendo: “pero yo…”, “¿qué hice?”, “usted es el maestro, usted, usted”. El calvo, sin compasión alguna, interrumpió la recompostura de Facundo y le propinó una severa patada en el estómago, otra en el hombro, y una final en la entrepierna. “Mal parido, maestro me dices, ¿tú sabes quién soy yo?, ¿sabes maricón?”, increpaba el calvo, evidentemente más colérico que al comienzo, “yo soy el papá de la Alma, maricón, su papá soy. A ver vuelve a referirte a mi hija, so cojudo, vuelve a referirte…” Facundo entonces sintió ganas de llorar, se supo perdido, abandonado a su suerte, una suerte que estaba echada y que tenía que ver con una descomunal paliza. Atinó entonces a deshacerse en perdones, en que todo era mentira, en pedir piedad y misericordia, pero su voz sólo lograba crispar más a su agresor y por eso el gordo remató su venganza pateando en el piso a Facundo, golpeándolo como si fuese un costal de basura lleno de malos recuerdos.
Cuando el calvo se cansó de desahogarse, miró a su víctima acurrucado en el asfalto y le propinó un ruidoso escupitajo. “Te vuelvo a ver por acá y no la cuentas, so zonzo, y ni qué decir si te le acercas a la Almita, porque no paro hasta verte muerto, ¿escuchaste?”, y tras la amenaza dio media vuelta y re- gresó a la chingana, mientras se secaba el sudor de la frente y se acomodaba la camisa.
Facundo quedó tendido buen rato, echado en medio de la pista, mirando las tres o cuatro estrellas que se dejaban ver en el cielo opaco. Rumiando sus últimas fuerzas logró ponerse de pie, le dolía todo el cuerpo, todo, hasta partes que él pensó no podrían producir dolor. Ninguno de sus amigos había salido a buscarlo, nadie sospechaba, y si sospechaban no importaba, estaban  en  medio  de  una  chupadera de  esas  que terminaban  con  el  alba.
Tomándose un costado de la barriga y apoyándose en lo que le saltara al paso, Facundo se encaminó rumbo a casa, prometiéndose jamás regresar a esa chingana, y agradecido finalmente porque, aunque por las malas, ahora sí,  de verdad, palabra  que  ya  nunca  iba  a  pensar  en  la  Almita.

Julio Fernández-Meza

 

Revista Dúnamis   Año 5   Número 4    Septiembre 2011

.                                 Páginas 19-27

Comments

comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *